Posts Tagged ‘VOLAR’

Historia de ‘H’

enero 16, 2006

Dedicado a Esther

¿Para qué proteger lo que no tiene sonido?, se preguntaban unas letras a otras cuando una mañana vieron a la H parapetada dentro de un paréntesis.
“Seguramente se protege de la C”, dijeron las vocales, “Nos consta que alguna vez han tenido choques”.
“Quizá no le guste que la utilicen”, replicaron las consonantes, “Las vocales siempre la estáis manipulando”.
“Yo creo que es para no hacer daño”, opinaba una E que estaba acostumbrada a las fórmulas químicas. “Según con quién se junte se vuelve explosiva”.
“Para mí que se está promocionando”, dijo la A con sorna, “Debe estar harta de no significar, ni oler ni saber a nada. Y mira que le he dado oportunidades”.
Todos especulaban sobre el extraño despertar de la H. Pero la H no decía nada.

Al día siguiente la (H) seguía dentro del paréntesis, pero esta vez no tocaba el suelo de la página. Flotaba como si estuviera dentro de una burbuja.
“Mírala qué lista!”, dijeron las oclusivas, “lo que quería era elevarse por encima de nosotras. Claro, ¡como no pesa nada!”
“Seguro que pretende llegar a la luna o algo. Ya verás como reviente!”, dijo la C, muy dominante, “Caerá y caerá hasta chafarse”.
Pero la H no decía nada.

Un día más tarde la (H) estaba tan arriba que a penas se la veía. Comenzaron a echarla de menos. “Con lo flexible que era!”, decían algunas. “El buen servicio que nos hacía. El pasado ya no será nunca lo mismo”.

Estaban todas las letras revueltas con la desaparición de la H cuando, de pronto, la vieron bajar con una “O” hermosa y perfecta del brazo y un 2 colgando entre ambos: H2O
“Aire”, dijo, “Tan sólo necesitaba aire”.

El camino del Loco

enero 16, 2006

Dedicado a Raquel

Tiene el tarot una carta especial por dos motivos. Una porque no tiene número y no responde a ningún orden, aunque suele situarse al principio de la baraja. El otro motivo es que es pura energía y la contagia a las demás cartas.
En cualquier camino el Loco encuentra un destino y si cambia el rumbo también lo hace su sino. Es por eso que el camino del loco es simplemente creativo.
El Loco no se sitúa ni se ubica, tanto le da el mar como la montaña. El loco no mira donde pisa, sino que vuela mientras la tierra corre a sostenerle. “No soy yo quien anda, sino el mundo el que viene a mi encuentro”, diría.
También es una carta de principios, de inicios, y quien la lleva encima no conoce jamás el final de la historia porque antes de que la alcance ya ha empezado otra.
El camino del Loco comienza con un nombre que en seguida se desprende, como la memoria y las intenciones. Cuesta seguir a quien no tiene otro propósito que nacer de nuevo con cada amanecer.
El camino del loco no conoce el desaliento, porque incluso los espejismos sirvieron para llevarle lejos. El camino del loco tiene vida propia y se estira y se acorta, se retrasa, se acelera, serpentea bajo cada paso que el caminante pone en el suelo. El camino del loco desaparece tras sus pasos y no existe por delante. El camino del loco, tiene vida propia y busca quien le un sentido por el mero hecho de ser andado.
El loco y su camino han hecho un trato: el loco ama su camino, aunque no lo mira, porque confía. Y el camino ama al loco, porque cada pie que pone sobre su tierra es una semilla que le siembra.

El termómetro

enero 16, 2006

De pronto el planeta entero se contuvo. La inocente exploración de un niño en el jardín de su casa había dado con el agujero más profundo jamás descubierto. “No sabemos lo que se esconde ahí abajo”, dijo el General Tomas Hawks, responsable de las unidades de asalto de Minessota, “pero de una cosa sí estamos seguros: es de este mundo”.
En seguida los equipos de Seguridad Nacional se encargaron de establecer un perímetro de seguridad alrededor de la casita familiar y una corte de científicos aislados en sus trajes especiales empezó a hacer estragos en la cocina. “Es que este trabajo da mucha sed”, decían para justificar que no dejaban lata de cocacola con chispa de vida.
“Los análisis demuestran que nos encontamos ante un termómetro terrestre”, declaró a la TV el jefe de investigaciones. “Parece ser que hay una sustancia palpitando ahí abajo que responde a unos estimulos que no hemos identificado. Hemos detectado que dicha sustancia asciende cada vez a mayor velocidad hacia la superficie. America debe prepararse para lo peor”.
¿Será que la tierra tiene fiebre? ¿Será una amenaza? ¿Un volcán de cuello estrechísimo en medio de una urbanización rosada? Los medios de comunicación se encargaban de propagar un mensaje de inseguridad nacional. “Debemos estar todos acojonados”, se justificaba el director de Informativos, “porque si ocurre algo malo mejor estar protegidos que expuestos”.
Algunas voces civiles y científicas propusieron tapar el agujerito. Si es una mierdecilla de diez centímetros, decían. A eso se le mete un buen corcho y listo.
Pero uno de esos científicos borrachos que en las películas no tienen más remedio que ir a rescatar del desierto, dijo: “No recomiendo taparlo con corcho. Sin la ventilación adecuada la sustancia podría implosionar y provocar un desastre de consecuencias incalculables”.
¿Y qué sugieres que hagamos, listo?, le dijeron los demás.
“Hagamos lo único que podemos hacer como científicos”, respondió muy tranquilo. “Tomar la temperatura y punto”. Y dicho esto se bebió la última cocacola que quedaba en la nevera.

La bailarina

diciembre 18, 2005

Sólo había tenido una sensación parecida en sus años de bailarina.
Podía ocurrir después de ejecutar un salto perfecto o de un minué o de algún gesto minúsculo con la barbilla.
Se elevaba sobre la punta de su zapatilla y giraba y giraba y volvía a girar con los brazos en arco y las yemas de los dedos acariciando el aire. Dentro del círculo no existía nada más. A los pocos segundos no oía los ruidos, al minuto y medio perdía de vista la luz, la sala, el público; y al cabo de un rato en su mente no había más que un silencio sin forma
y sin propósito.
Los pensamientos no la seguían a esa dimensión. Quedaban esparcidos como hojas arrancadas de una libreta sobre el escenario.
Los sentimientos tardaban más, pero uno a uno todos salían despedidos de la cintura de la bailarina.
Las emociones eran fieras y reclamaban su lugar, pero al final, incluso ellas eran mansos ríos que volvían a la mar.
Lo último que se perdía en los rizos de la danza era la carne. Como si de un reloj de arena se tratara, procedía a desemoronarse y a filtrarse por la ridícula ranura que quedaba entre el suelo y el pie.
Entonces quedaba desnuda. Ya no era una voz, ya no era un gesto, ya no era un modelo que se pudiera dibujar.
No era ni siquiera bailarina cuando se dejaba llevar.
Si acaso, un silencio prolongado, un hilo de aliento, el humo que se desvanece ya.
Pero aquello tenía su lugar. No era científico creer que aquel estado era natural. Más bien se debía a unas circunstancias
que sería tedioso relatar. En cualquier caso era un fenómeno con una explicación racional.
Y lo más importante: no era un fenómeno transportable. No se lo podía llevar cuando dejaba de girar.
Volvía sentir el cuerpo, primero desnudo, y luego apretado contra la tela ceñida y luego pesado y, entonces, una emoción.
A veces era el vértigo, a veces la risa, a veces una tristeza infinita. Y los sentimientos se desbordaban de nuevo y regaban al público que, de pronto, ella volvía a notar. Y un solo pensamiento se instalaba en su cabeza y ya no se lo podía quitar.
Practicó la odontología, pues era mucho más tangible, o mascable que diría en el ámbito profesional. Pero los dientes hacían un ruido muy desagradable cuando los tenía que juntar y había algo poco elegante en hacerlos rechinar.
Ni tan etéreo ni tan plástico, encontró una nueva profesión a la que poderse dedicar. Estudió psicología (entre otras cosas, para dar caza al pensamiento que no la dejaba volar) y devino una cazadora excepcional.
Buffy la cazapensamientos, la llamaban, y fue un hito subterráneo que muchos recordarán. Agazapada tras una sombra, o tendida sobre una urna de cristal, esperaba pacientemente ver pasar al pensamiento y le daba el final. Tuvo, claro, muchos pacientes que atrapados en viejas estructuras necesitaban quien los fuera a rescatar.
“Por favor, saque de la torre a una idea que me tiene secuestradas las ganas de vivir”, le solían decir.
Ella se armaba, nunca mejor dicho, con sus armas de mujer. Y como una fiera Amazona se lanzaba a recorrer valles deprimidos y bosques enredados, cuevas de dolores ocultos y picos de llenos de egos que la querían derrotar.
Sólo que había veces que ojalá supiera volar. Si tenía que atravesar las ciénagas de una mente descopuesta sentía el hedor del barro reptando por sus muslos, era sensible a la obscenidad, vulnerable al ardor del odio y víctima de la angustia vital. Era mortal.
Además los pensamientos, lejos de disminuir los hacía multiplicar, porque matándolos los dividía entre lo que está bien y lo que está mal.

Henchida, de tantos pensamientos que no había podido matar, un día cansada se dejó impregnar.
Bajada la guardia, estallaron en revuelta las ideas y la mente se puso a trabajar:
especuló del derecho y del revés, se encogió y se estiró hasta formar bucles infinitos, se complicó y se volvió a ordenar.
La veda estaba abierta para el ego de su majestad. Los pensamientos pronto saturaron el cerebro y comenzaron a invadir el resto de su cuerpo. Se acomodaban en sus caderas y en el trasero, en los antebrazos y los dedos de los pies. Con los años el cuerpo le fue pesando cada vez más y se hizo gorda gorda como una catedral. Aquello la hizo lenta, pesada y triste y estuvo a punto de abandonar.
Pero antes que amedrentarse, optó por la solución final. Si no podía gobernar los pensamientos al menos los haría reventar. Tomó a uno cualquiera por la cola y lo comenzó a hinchar. Sopló y sopló y de pronto lo hizo explotar.
Pasó un instante de silencio. Y explotó todo lo demás.
Fue entonces cuando lo volvió a sentir. O mejor dicho, dejó de sentirlo todo y echó a volar.