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Pequeña historia de una isla pequeña

agosto 19, 2009

Dedicado a Mayra Rivera

Palabras: lucha, honestidad, justicia, tristeza, preguntas, voluntad,frustracion, colonia,amanecer.

Cuento:

En una pequeña isla se apretujaban todas las cosas buenas y malas. Las virtudes se peleaban con los defectos y los errores daban codazos a los aciertos. Todas luchaban por colonizar la isla y, a causa de los empujones y de la estrechez, con frecuencia la orografía cambiaba.

Había temporadas de montañas altas y escarpadas, tan grandes que sus laderas sumergían las playas. Había épocas de serena calma y la tierra se volvía tan plana que nadie se perdía de vista.

Los habitantes de la isla recuerdan que hubo volcanes y que la lava arrastró montones de almas, que hubo huracanes que torcieron el espíritu de los niños y lluvias torrenciales de química infecta que arruinaron las cosechas.

Pero también se levantaron de la nada colinas de un verde vivo y ríos tropicales camparon a sus anchas portando en sus corrientes la música y la palabra.

Los científicos de la isla debatían las causas de tanta inestabilidad. « Son los vientos de poniente », decían algunos. « No, son los de oriente, que se suman al desplazamiento de placas », aseguraban otros con igual confianza.

Para los intelectuales era una cuestión pertinente al desarrollo de la base cognitiva que implicaba a los estamentos educativos y de gobierno. « Consideramos que harmonía se escribe con hache y que, mientras sigamos cediendo al imperialismo lingüístico no habrá paz en nuestra tierra »

Finalmente estaban los creyentes, que eran quienes creían que no podía hacerse nada.

En el centro de la isla, sin embargo, vivía una mujer que no era científica, ni intelectual ni creyente. En el mismo medio del caos desesperaba y se cuestionaba. A su alrededor veía como los honestos, los frustrados, los caciques y los ladrones borboteaban. Dentro de su isla lo único fijo era la falta de calma.

Y, sin embargo, cada mañana el sol salía por un extremo y se ponía por el otro como si nada. Admirada por tan bella constancia se sujetó a ella como un náufrago a una tabla, y día tras día alineaba su espíritu y su mente con el sencillo ciclo de la vida. Poco a poco se volvió relajada.

Nadie supo cómo ni por qué, pero un día un terremoto de sosiego sacudió la isla y arrastró el conflicto más allá de la playa. Científicos, intelectuales y creyentes coincidieron entonces en señalar que el epicentro del seísmo era la “harmonía” de una dama.

El largo corredor

enero 16, 2007

Cruzaba todo el palacio de extremo a extremo, de la cocina a los salones. Era un pasillo profundo, protegido del exterior por largos y pesados cortinajes. El pasillo en sí era tan estrecho que solo dejaba lugar para el cuerpo de un hombre delgado, pero luego se ensanchaba a medida que las paredes se extendían hacia los techos altos, casi escarpados. No había, pues, muebles a lo largo del longitudinal corredor, ni nada a lo que asirse, ni tampoco puertas que condujeran a alguna cámara de reposo. Solo enormes cuadros de marcos gigantescos cuyas telas a penas podían verse de tan angosto como resultaba el punto de mira.
Un mayordomo recorría el largo pasillo cada día varias veces. Prácticamente ese era su único trabajo. Portar la bandeja con el té, volver a por azúcar, cambiar las cucharillas, traer un tentempié, o un vaso de agua. Y en cada ocasión tardaba treinta y cinco largos minutos en completar el recorrido. No tenía, pues, tiempo en su día laboral para otra cosa, y considerando que la mayoría de las veces los Señores pedían un vaso de leche a medianoche, tampoco le quedaba mucho libre.
Había otros mayordomos y otras ocupaciones. Había oído decir que justo al otro lado de los muros de su pasillo se sucedían las salas nobles, salas de música, de pintura, de descanso, de recreo, cámaras secretas y cuartos de coser. A pesar del denso cortinaje su bandeja temblaba en ocasiones cuando creía recibir, del otro lado, un eco entrecortado de risas. O de llantos.
¿Y arriba? ¿Qué habría más allá de la oscuridad cenital apenas censurada por los ineficientes candelabros? ¿Luz, si acaso? ¿Era de esa remota ilusión que provenían los fugaces y misteriosos reflejos que a veces brotaban de la tetera de plata? ¿Y si ese no fuera el misterio? ¿Y si el misterio fuera que ese corredor, de tan largo, terminaba siendo curvo e incluso circular? ¿Podía asegurar que no estaba rodeando todo el palacio en vez de atravesarlo? Quizás la cocina estaba justo al lado de los salones y él estaba tomando el camino más largo.
En realidad nadie le había dado instrucciones para hacer su trabajo de mayordomo. Las había tenido que suponer todas.
Supuso que un gran palacio debía contar con un largo corredor oscuro lleno de cuadros, de techos altos, y que un buen mayordomo recorrería incesantemente ese pasillo transportando pequeñas cantidades de comida y bebida; supuso que debía evitar a toda costa hacer el menor ruido a pesar de que las alfombras y las cortinas lo amortiguaran; supuso que era normal no ver nunca a sus Señores y haberse acostumbrado a no oír tampoco la campanilla cuando le reclamaban: sencillamente suponía lo que era necesario hacer en cada momento.
Tenía todo el tiempo del mundo para hacer especulaciones. O al menos todo el tiempo que se le pueda suponer a un mayordomo medio ya entrado en años. Porque se supone que era el mayordomo, no?

El desván

diciembre 13, 2004

Cuando niña jugaba a esconderse en el desván que había en la casa de sus abuelos. Nunca la encontraban. Eso la ponía muy contenta, porque demostraba que sabía esconderse; pero también muy triste, porque pasaba mucho tiempo agazapada entre sombras y soledad. A veces veía subir a su abuelo trabajosamente al desván; asomaba la cabeza por la escalera y ella apretaba los puños muy excitada, deseando con todas sus fuerzas que la descubrieran. Pero el abuelo solía descartar ese escondite porque le parecía muy extraño que una niña quisiera meterse en un lugar tan oscuro. Lo peor era que cuando volvía a bajar apagaba la lucecita de la escalera y a ella le parecía que de pronto no sólo su escondite era oscuro, sino también el camino de regreso a la planta baja. Por eso se lo pensaba mucho antes de volver abajo y había veces que hasta el abuelo se cansaba de buscarla. Entonces, solo después de mucho tiempo, la niña se acercaba a la luminosa galería, donde su abuelo leía la prensa, con las manos en la espalda y una sonrisa forzada que decía: \’No me has encontrado, abuelo, no me has encontrado\’.