Posts Tagged ‘ternura’

Encefalograma

abril 24, 2009

Para mi querida Mónica

El primer beep anunció que estaba viva. Con entusiasmo trepó por la señal, maravillándose del verde púrpura que dejaba tras de sí. Su mirada era cada vez más elevada y en la inocencia de su trayecto no imaginaba que existiera un límite. Pero lo había. Sintió una profunda frustración cuando sintió decaer su energía y se deslizó sin remedio línea abajo, abandonando toda fuerza e intención. Su vida había sido corta, a penas un leve pitido, y cuando ya estaba dispuesta a aceptar la recta final, sonó otro beep. Lanzada como una llama volvió a emprender la subida, convencida de que todo había sido un error y que dependía de ella y de nada más continuar creciendo hasta el cielo y más allá. Sin embargo, volvió a suceder. Y con el tiempo comprobó que el ciclo de subidas y bajadas se repetía de forma regular.

Un día se detuvo para reflexionar. Durante unos segundos el puntito verde discurrió en perfecta horizontal, dándose la oportunidad de mirar atrás. A sus espaldas había dibujado un hermoso trayecto, constante y luminoso, donde las caídas eran el perfecto reflejo de las alturas alcanzadas.

Un cambio de conciencia aconteció y se dio cuenta de que el viaje no era hacia arriba o hacia abajo, sino adelante sin más. Que cada latido eléctrico era el regalo de una montaña más. Así, alternando su luz y su sombra, su vida y su muerte, su ying y su yang, se relajó por completo y se dejó llevar.

El pedestal (version II)

enero 16, 2006

Cada noche el sultán daba su paseo por los jardines del Alcázar, y cada noche su recorrido azaroso se detenía frente a la estatua majestuosa de la reina. Apretaba las manos justo debajo de la espalda y suspiraba profundamente. Su mirada era un baño de néctar amoroso que recorría el marfil de la figura de punta a punta. El sultán se sabía débil cuando permanecía inmóvil frente a la estatua. Cualquiera hubiera podido hundirle un puñal y él ni siquiera se habría quejado. Ni siquiera se habría sentido digno de defenderse. Frente a la belleza de la reina, y a sus pies, todo eran burdas anécdotas de la condición humana. El mármol blanco desplegaba haces de luz de luna sobre el estanque y el trazo limpio y dulce de las formas grabadas contorneaba el alma del sultán hasta convertirlo en un muchacho deslumbrado.

Pero lo más maravilloso era la altura de la figura, que se erguía solemne sobre el pedestal de oro. Lo había mandado fabricar él mismo, siguiendo sus estrictas indicaciones y supervisando cada etapa del proceso. Los mejores orfebres y artistas del reino prestaron sus servicios para crear el pedestal más bello jamás diseñado. Y sobre aquella base dorada, ornamentada con finas cenefas, se levantaba la figura de su maravillosa reina, su amada esposa. No había lugar más digno para ella en todo el reino. Era además, el pedestal donde el sultán había puesto todo su corazón. Ni un palmo de más ni de menos. Su corazón abarcaba toda la pieza de oro. Era la manera que tenía el noble de elevar las cosas sagradas.
Por eso, cuando la escultura fue destruida tras la traición de la reina, el pedestal dorado quedó libre y el sultan pudo encumbrar en él el resto de las cosas que le parecía bellas.