Posts Tagged ‘Te quiero’

Dos ramas

enero 16, 2007

¿Por qué no un árbol con una sola rama? O mejor dicho, con todas las ramas en una? Crecería recto, firme, seguro, de punto a punto. Y sería vertiginoso. Pero no, tenía que dividirse. Tanto trecho juntos, tanto ser la misma cosa cuando empezamos, la misma semilla, para tener que dividirnos ahora. Y tú ser rama y yo ser rama. Y cada uno con sus propias hojas. ¡Que es el colmo! Entiendo que para dar fruto tengamos que dividirnos, que así cubriremos más territorio, tendremos más experiencia, pero coño, ¿no podríamos entrelazarnos?
‘Ya lo hacemos’, me contestas, serena. ‘Cuando el viento sopla fuerte nos besamos’

El pedestal (version II)

enero 16, 2006

Cada noche el sultán daba su paseo por los jardines del Alcázar, y cada noche su recorrido azaroso se detenía frente a la estatua majestuosa de la reina. Apretaba las manos justo debajo de la espalda y suspiraba profundamente. Su mirada era un baño de néctar amoroso que recorría el marfil de la figura de punta a punta. El sultán se sabía débil cuando permanecía inmóvil frente a la estatua. Cualquiera hubiera podido hundirle un puñal y él ni siquiera se habría quejado. Ni siquiera se habría sentido digno de defenderse. Frente a la belleza de la reina, y a sus pies, todo eran burdas anécdotas de la condición humana. El mármol blanco desplegaba haces de luz de luna sobre el estanque y el trazo limpio y dulce de las formas grabadas contorneaba el alma del sultán hasta convertirlo en un muchacho deslumbrado.

Pero lo más maravilloso era la altura de la figura, que se erguía solemne sobre el pedestal de oro. Lo había mandado fabricar él mismo, siguiendo sus estrictas indicaciones y supervisando cada etapa del proceso. Los mejores orfebres y artistas del reino prestaron sus servicios para crear el pedestal más bello jamás diseñado. Y sobre aquella base dorada, ornamentada con finas cenefas, se levantaba la figura de su maravillosa reina, su amada esposa. No había lugar más digno para ella en todo el reino. Era además, el pedestal donde el sultán había puesto todo su corazón. Ni un palmo de más ni de menos. Su corazón abarcaba toda la pieza de oro. Era la manera que tenía el noble de elevar las cosas sagradas.
Por eso, cuando la escultura fue destruida tras la traición de la reina, el pedestal dorado quedó libre y el sultan pudo encumbrar en él el resto de las cosas que le parecía bellas.

Cuento del pirata

noviembre 15, 2005

Por más que lo intentaba, el pirata no podía nunca regresar.
Ni atracar en cualquier puerto, ni que fuera al azar.
Vivía de los barcos lujosos
que compartían generosos
su mercancía:
agua, comida o hermosa pedrería.

Ahora lleno, ahora vacío
su barco era como la mar
apenas llegaba a una orilla
ya se tenía que retirar.

Sus puertos eran, de momento,
las grandes ballenas, junto a las que se paraba a meditar;
eran los arrecifes de corales que bajaba a explorar;
eran los terrores de la noche y la tempestad;
era la dulce caricia de una sirena al pasar;

“¿Qué buscas en tierra”, le preguntaba el grumete al capitán
“Que no encuentres en la mar?”

De la mar yo conozco cuanto se puede averiguar
Tanto las olas que brotan de día
como los secretos de ultramar.
Nací en una playa,
donde la aprendí a amar
y ahora que soy pirata
es mi campo de arar.

Mar podría ser mi nombre
si no tuviera compostura que guardar.

Pero ay la tierra !,
por la tierra, quien más quien menos,
todos saben caminar,
en la tierra, quien más quien menos,
todos saben estar
Y yo no sé de ella,
más que la forma que el horizonte me quiere mostrar.
Envidio a las gaviotas, que ambos mundos pueden gozar”.

El capitán teme que su barco embarranque
cuando llegue la hora de zarpar,
que no alcance las botas y no se pueda marchar,
que confunda la hora y nunca la vuelva a encontrar,
el capitán teme que pisar la tierra le arranque del mar.