Posts Tagged ‘soledad’

La noche de los truenos rotos

abril 7, 2009

Dedicado a Jesús Bravo

La tormenta y la tierra tenían un pacto. La tormenta siempre avisaría de su llegada con relámpagos y truenos. A cambio, la tierra se abriría para recibir su furia y transformarla en calma. Mantuvieron el trato durante mucho tiempo, siendo ajenos a él los seres humanos, que consideraban los rayos del cielo un presagio de muerte y no de vida.

Solo unos pocos sabios tenían el entendimiento de la relación entre el cielo y la tierra. Ellos sabían que el primero era el alma y el segundo el cuerpo de todos los seres. Sabían que era la luz rugiente de la tormenta la que abría las puertas del espíritu para que pudiera trascender la materia. Comprendían que, de alguna manera, todas las manifestaciones externas lo eran también del espíritu humano. El hombre corriente, sin embargo, se refugiaba y rezaba para que la tierra no le entregara al castigo divino.

En una ocasión el cielo escuchó los rezos de los humanos y compasivo deseó para ellos una tormenta pacífica y silenciosa. Una tormenta que no se advirtiera ni asustara, que transformara sin ser notada. En consecuencia, una noche llegó a las puertas de la tierra sin avisar. No hubo rayos, ni luces, ni truenos. Descargó su fuerza sin hacer el menor ruido. Los habitantes de la región salieron sin miedo de sus casas y se sentaron en los porches a contemplar la tranquila lluvia.

Sin embargo la tierra estaba desprevenida y no se abrió para recibirla. El agua resbalaba sobre los terrenos como lo hiciera sobre las rocas y pronto se formaron gigantescos ríos que buscaban el camino al mar. Los campos se anegaron y las cosechas se malograron. Una gran inundación asoló la tierra y muy pocos sobrevivieron.

Los hombres lloraban y elevaron sus quejas a la pachamama y al padre cielo por igual. “¿Por qué ahora la muerte no es anunciada?”, preguntaron. La tierra y el cierlo tuvieron una agria discusión matrimonial: “El cielo ha roto su pacto y ahora me oculta sus intenciones”. El cielo, con un brevísimo relámpago replicó: “Son tus hijos los que me han rogado. Hazles tú entender que no hay vida sin destrucción”.

Cielo y tierra son una familia antigua y sabia, solo se discuten para encontrar una solución. Al cabo de la noche el cielo reunió todas sus fuerzas y lanzó un poderoso rayo que abrió una profunda zanja en la tierra. Todo el agua se precipitó en ella, devolviendo a sus hijos el sustento para sus pies.

Desde entonces, en esta tierra, la tormenta avisa a la tierra con sus rugidos y la tierra a los hombres con sus heridas.

Anuncios

El largo corredor

enero 16, 2007

Cruzaba todo el palacio de extremo a extremo, de la cocina a los salones. Era un pasillo profundo, protegido del exterior por largos y pesados cortinajes. El pasillo en sí era tan estrecho que solo dejaba lugar para el cuerpo de un hombre delgado, pero luego se ensanchaba a medida que las paredes se extendían hacia los techos altos, casi escarpados. No había, pues, muebles a lo largo del longitudinal corredor, ni nada a lo que asirse, ni tampoco puertas que condujeran a alguna cámara de reposo. Solo enormes cuadros de marcos gigantescos cuyas telas a penas podían verse de tan angosto como resultaba el punto de mira.
Un mayordomo recorría el largo pasillo cada día varias veces. Prácticamente ese era su único trabajo. Portar la bandeja con el té, volver a por azúcar, cambiar las cucharillas, traer un tentempié, o un vaso de agua. Y en cada ocasión tardaba treinta y cinco largos minutos en completar el recorrido. No tenía, pues, tiempo en su día laboral para otra cosa, y considerando que la mayoría de las veces los Señores pedían un vaso de leche a medianoche, tampoco le quedaba mucho libre.
Había otros mayordomos y otras ocupaciones. Había oído decir que justo al otro lado de los muros de su pasillo se sucedían las salas nobles, salas de música, de pintura, de descanso, de recreo, cámaras secretas y cuartos de coser. A pesar del denso cortinaje su bandeja temblaba en ocasiones cuando creía recibir, del otro lado, un eco entrecortado de risas. O de llantos.
¿Y arriba? ¿Qué habría más allá de la oscuridad cenital apenas censurada por los ineficientes candelabros? ¿Luz, si acaso? ¿Era de esa remota ilusión que provenían los fugaces y misteriosos reflejos que a veces brotaban de la tetera de plata? ¿Y si ese no fuera el misterio? ¿Y si el misterio fuera que ese corredor, de tan largo, terminaba siendo curvo e incluso circular? ¿Podía asegurar que no estaba rodeando todo el palacio en vez de atravesarlo? Quizás la cocina estaba justo al lado de los salones y él estaba tomando el camino más largo.
En realidad nadie le había dado instrucciones para hacer su trabajo de mayordomo. Las había tenido que suponer todas.
Supuso que un gran palacio debía contar con un largo corredor oscuro lleno de cuadros, de techos altos, y que un buen mayordomo recorrería incesantemente ese pasillo transportando pequeñas cantidades de comida y bebida; supuso que debía evitar a toda costa hacer el menor ruido a pesar de que las alfombras y las cortinas lo amortiguaran; supuso que era normal no ver nunca a sus Señores y haberse acostumbrado a no oír tampoco la campanilla cuando le reclamaban: sencillamente suponía lo que era necesario hacer en cada momento.
Tenía todo el tiempo del mundo para hacer especulaciones. O al menos todo el tiempo que se le pueda suponer a un mayordomo medio ya entrado en años. Porque se supone que era el mayordomo, no?

Dos ramas

enero 16, 2007

¿Por qué no un árbol con una sola rama? O mejor dicho, con todas las ramas en una? Crecería recto, firme, seguro, de punto a punto. Y sería vertiginoso. Pero no, tenía que dividirse. Tanto trecho juntos, tanto ser la misma cosa cuando empezamos, la misma semilla, para tener que dividirnos ahora. Y tú ser rama y yo ser rama. Y cada uno con sus propias hojas. ¡Que es el colmo! Entiendo que para dar fruto tengamos que dividirnos, que así cubriremos más territorio, tendremos más experiencia, pero coño, ¿no podríamos entrelazarnos?
‘Ya lo hacemos’, me contestas, serena. ‘Cuando el viento sopla fuerte nos besamos’

La leñadora

enero 16, 2007

Dedicado a Lizarock

Tu cuento es un camino en un bosque. Es un camino delgado, sinuoso, como el acorde de una guitarra eléctrica: tenso, estridente a veces, oscuro y salpicado de afiladas piedras. Tus pasos son descalzos o como mucho de alpargata. No sabes qué te acecha a los lados, en la espesura, y por eso sigues el hilo de sendero casi de puntillas. Leñadora, aunque delicada. Con el hacha en la mano abres caminos que nadie habría inventado. El filo mellado, rudo incluso, abre brechas entre los miedos densos. No serán vías perfectas, no serán ideales ni trazarán un mapa de carreteras romano, pero adentras la luna en cada centímetro robado al bosque. Y he aquí algo que no sabes: que todo bosque desea ser conquistado y toda bestia domada por su legítima Señora, y si el ramaje se abalanza de nuevo sobre tus espaldas no es para cerrarte el paso o dificultar tu trabajo, sino para seguirte con todo el amor que se le pueda suponer a las zarzas.

El monolito

enero 16, 2006

Dedicado a Guillermo

Un flamante monolito estaba erguido en la sala principal de un museo de arte.

“La gente me ve como una pieza de piedra”, decía el monolito. “Pero dentro de mí han habido muchas cosas. Yo he sido adorado, venerado, devocionado. Ante mí se han cometido sacrificios y se han castigado pecados, he sido testigo de ceremonias secretas sólo para iniciados. He sido parte de la tierra y del cielo, cuando estaba a solas. También me han fotografiado, medido, calculado; conmigo han especulado y me he convertido en oro. He sido transportado (por una vez permanecí tumbado, aunque un poco incómodo), clasificado y almacenado. En el almacén no era nada. De pronto me he visto en esta sala de un museo, próximo a otros monolitos, aunque ninguno es tan grande como yo. Desde entonces nunca soy el mismo. Un día un joven me hace pasar por su padre, otro una señora por su anhelado amante, ayer el vigilante me miraba con miedo. Me pregunto si realmente soy sólido como el granito, o estoy hecho de una materia que penetran todas las cosas”.

Las dos caras de la luna

enero 16, 2006

Dedicado a Clara Torres

El mar les separaba. El mar les unía. El mar les separaba.
Sentada en la orilla, cada lengua de espuma que se le acercaba le traía un recuerdo y luego se lo llevaba. “Los recuerdos serán efímeros”, pensaba, “pero vienen a todas horas”.
Hubo un tiempo no muy lejano en que los dos estuvieron en la misma orilla. Siempre pensó que el mar les contemplaba dichoso y por eso, cuando tuvieron que separarse, fue el mar quien se encargó de traer y llevar mensajes entre los amantes. El mar era un mesajero caprichoso: tendía su mensaje con insistencia, pero nunca lo entregaba. O bien ella no era capaz de tomarlo con las manos y llevárselo. ¿Por qué las grandes cosas a penas pueden abarcarse? ¿Por qué ni siquiera pueden tocarse?
Estaba segura de que al otro lado del océano él también estaba sentado en una playa y que le mandaba las olas que luego ella le devolvía. Era un diálogo silencioso y lleno de amor, pero solitario.
“Soy como la luna”, se decía cuando permanecía toda la noche en la arena, “A veces está llena, a veces vacía, pero siempre está sola. Si yo no puedo hacerme con el mar, él tampoco podrá alcanzar la luna”.
Como la luna, tenia dos caras. En una era una mujer observadora y no le disgustaba invertir mucho tiempo en pensar las cosas. Tenía una poderosa mente que se hacía todas las preguntas: ¿Qué es verdaderamente lo que nos separa?, pensaba. ¿Es el mar? ¿Es la distancia que hay hasta la luna? ¿O acaso será la pretensión de tocar con las manos lo inalcanzable?
“Cuando abro los ojos veo un mar tan grande que me parece imposible que no nos aparte”.
Pero luego la luna menguaba hasta ser tan delgada como un paréntesis. Y llegaba la noche en que éste caía y dejaba al descubierto un cielo infinito sin límites ni puntos de mira. Entonces emergía su cara oculta, un rostro invisible y silencioso donde no se interponía nada. Sin soñar, sin dormir siquiera, podía sentir que habían pisadas en la luna oculta y que el océano sin vigilancia se abría para permitir el encuentro entre los dos amantes.

El desván

diciembre 13, 2004

Cuando niña jugaba a esconderse en el desván que había en la casa de sus abuelos. Nunca la encontraban. Eso la ponía muy contenta, porque demostraba que sabía esconderse; pero también muy triste, porque pasaba mucho tiempo agazapada entre sombras y soledad. A veces veía subir a su abuelo trabajosamente al desván; asomaba la cabeza por la escalera y ella apretaba los puños muy excitada, deseando con todas sus fuerzas que la descubrieran. Pero el abuelo solía descartar ese escondite porque le parecía muy extraño que una niña quisiera meterse en un lugar tan oscuro. Lo peor era que cuando volvía a bajar apagaba la lucecita de la escalera y a ella le parecía que de pronto no sólo su escondite era oscuro, sino también el camino de regreso a la planta baja. Por eso se lo pensaba mucho antes de volver abajo y había veces que hasta el abuelo se cansaba de buscarla. Entonces, solo después de mucho tiempo, la niña se acercaba a la luminosa galería, donde su abuelo leía la prensa, con las manos en la espalda y una sonrisa forzada que decía: \’No me has encontrado, abuelo, no me has encontrado\’.