Posts Tagged ‘risa’

Una tarde de otoño

enero 16, 2007

Sus ojos dejaban caer sonrisas como hojas lanzadas al viento. La joven temía a veces quedarse desierta, imaginarse como un árbol de ramas secas. Y sin embargo era mucha la abundancia. Eran perennes sus ganas. Además que le gustaba. Perder sonrisas no es como perder cabello. Se decoran los caminos por los que se pasa. Se tiende un manto de simpatías y algunas sonrisas se disparan.

Si Gustavo Adolfo Bécker hubiera pasado a su lado, sumido sombríamente en sus desamores, a su mente habría venido volando una de sus sonrisas y este poema habría inventado:

“Mi vida es un edén, flor que toco que florece, que en mi camino fetén, voy sembrando el bien, para quien lo merece.”

Sin embargo, por su naturaleza generosa y otoñal, no dejaba de acompañarla nunca cierta nostalgia. Trataba de identificarla, pero no sabía qué podía ser. ¿Ir por ahí perdiendo sonrisas la hacía sentir más pobre? ¿Se hacía mayor su alegría? ¿Falta de vitalidad, nivel bajo de hematocontentos? Era por eso que, aunque la hacía feliz desprenderse de sonrisas allí donde iba y hacía felices a muchos transeúntes, estaba triste.

Un día en un camino se cruzó con un campesino que con un rastrillo agrupaba hojas en varias montañas. Como era de esperar, la joven comenzó a dejar el suelo perdido de sonrisas. Las sonrisas, mezcladas con las hojas, provocaron un remolino y las montañas del campesino se hicieron montecillos.

– Disculpe, fue sin querer, se disculpó la joven al ver al atribulado campesino llevarse las manos a la cabeza.

– Ja ja, respondió él, no se preocupe. Parece que las hojas y sus sonrisas se han enamorado! Están retozando por todo el campo!

Era verdad. A lomos de unas hojas de castaño un par de sonrisas se daban un beso. Bajo una de olmo, otra son (partía de) risa.

Aquello la sorprendió de veras. Normalmente confundía derramar sonrisas con estar llorando. Pero el revuelo con las hojas era todo lo contrario.

– Pensaba que mis sonrisas se morían cuando llegaban al suelo, dijo ella estornudando una carcajada.

– Pues ya ve que no señorita, dijo el campesino, que usté no pierde sonrisas, sino que las está sembrando!

El gusano

enero 16, 2006

El gusano iba labrando en la tierra un espinazo. Luego un intestino delgado, y a continuación uno grueso, con galerías de hierro, claraboyas de colores y días de lluvia alternados. Luego labró un estómago, donde invitaba a pasar la tarde a los alimentos. Más abajo escarbó unos órganos y más arriba comenzó a preparar el campo. De todo lo que comía, el gusano expulsaba un cuarto, que utilizaba de abono para sembrar el campo. Era un campo bajo tierra, que de la luz sólo conocía lo que le podía contar el agua. Un campo que se alimentaba de lo que sus raíces podían encontrar.
El gusano lo había dispuesto todo para que la semilla llegara al campo. Desde lo más hondo de la tierra, la semilla recorría las galerías y los pasillos, los canales y las zanjas que con esfuerzo había abierto el invertebrado. Poco a poco la semilla llegó a la médula espinal: una avenida neogótica con columnas de cristal. El brillo de los minerales decoraba su camino y millones de leucocitos la vinieron a saludar. Ya veía la semilla a lo lejos, su lecho de algodón, el trono de una reina y un bastón. El trayecto a lo largo de la médula la hizo olvidar de todo lo que dejó atrás. Había llegado donde tenía que llegar. Y tomó asiento en su nuevo hogar. Allí es donde tenía que morir para volver a brotar.

La semilla dio fruto. Un fruto rotundo que trajo consigo un enorme frutal del que se sostuvo hasta madurar. El sol calentaba la fruta. Y dentro de la fruta el gusano quiso comprobar si era posible saltar de la tierra al cielo sin más. Comiendo el dulce manjar se abrió paso y el gusano no necesitó ojos cuando, al asomarse fuera, la luz como un chorro lo vino a buscar.

Historia de una ráfaga de aire

septiembre 13, 2005

Como un pájaro descolgándose de la manada, la ráfaga de aire aprovechó la inercia del tornado para arrojarse lejos donde no pudiera acosarla misión alguna. O al menos ninguna en particular.

Al principio, la ráfaga recorrió cientos de kilómetros sin esfuerzo alguno, dejándose llevar por corrientes más poderosas que la conducían de norte a este y de este a oeste, turnándose unas con otras. Su cuerpo de ráfaga era tan sutil y ligero que podía acomodarse tranquilamente en un viento de poniente sin hacer el menor ruido ni llamar la atención para nada. Luego se pasaba a una tramontana y conocía las costas de una península. Viajaba así la corriente, cómoda y gratis, libre de programas, funciones y razones. Libre como quien se ha librado de ir a la guerra.
Su libertad la aprovechaba la ráfaga para hacerle el amor al mundo. Ora se enrollaba a un tronco de cedro, ora se dejaba degustar por las copas de los pinos. Cuando quería tomaba altura y se arrojaba contra las colinas de césped, o se paseba por las cumbres y se acurrucaba bajo un inmenso glaciar.

Una noche la ráfaga vagaba sin rumbo entre las ramas de un bosque. Llegó a un claro y decidió rodearlo para adquirir una experiencia acerca de su tamaño. Era un claro enorme. La rágafa percibió un calor que provenía del claro. Como narrador omnisciente revelaré que se trataba de una hoguera. Las ráfagas de viento no entienden la realidad como la nosotros, de manera que su experiencia de una hoguera pasaba por entrar en contacto con ella. La ráfaga se lanzó hacia la hoguera y pasó silbando entre los troncos de madera que la sostenían. Ambos, hoguera y ráfaga, notaron al mismo tiempo el efecto de su encuentro. Estaban hechos el uno para el otro. Volvió la ráfaga a lanzarse contra el fuego, pero esta vez se detuvo a danzar con él, cuyas brasas se abrían gozosas y ardientes para iluminar su llegada. Fuego y aire danzaron aquella noche y la ráfaga conoció el sexo.

Tiempo más tarde la misma ráfaga volvió a percibir calor cerca de ella y corrió a lanzarse de cabeza para avivarlo. Sin embargo, por extraño que parezca, esta vez el calor se extinguió en vez de excitarse. Como narrador omnisciente revelaré que esta vez el fuego provenía de una vela y que aquella noche la ráfaga conoció la muerte.