Posts Tagged ‘oscuridad’

El brindis

mayo 14, 2009

Dedicado a Anónimo

En el brindis se le rompió la copa. Todo el champán se derramó sobre su muñeca y resbaló por su brazo colándose en su vestido de boda. Algunas gotas se alojaron bajo la axila. En aquel momento lo apropiado era tomárselo a broma y alabar la fortaleza de la novia, pero ella sabía que no era un buen presagio.

Por eso, cuando diez años después su matrimonio se deshizo, se acordó de la fatídica señal. “Ya lo decía el brindis ya”.
En los siguientes años de divorciada se siguió acordando del brindis cuando dejó de encontrarse atractiva, cuando alcanzó los cuarenta, cuando le negaron el ansiado ascenso, cuando quiso ser madre y era tarde.

En su mente se rompían los mismos cristales que el día de su boda, porque una estridencia así en el día más importante de su vida tenía que reverberar para siempre, reproduciendo como en un lago las ondas de su infortunio.

Acudió desesperada a una chamana, que le confesó: “Los presagios, una vez se han visto, no se pueden deshacer. Pero se pueden reinterpretar”.

Entonces vio con claridad que su matrimonio había sido una farsa y que el brindis no había hecho más que anunciarlo.Que no era la copa, sino ella, la quebradiza, la que tenía todos los números para sucumbir a una crisis. Y así ocurrió, su vida se fracturó en mil pedazos, liberando de su prisión a todo el champán.

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La bibliotecaria

enero 16, 2007

La bibliotecaria recorría los estrechos pasillos de una gigantesca biblioteca de Babel. Había ido a buscar un libro que le habían pedido. Para encontrarlo tenía que subir cientos de escaleras, atravesar pasadizos, abrir puertas secretas que requerían paciencia y estudio. Las rutas eran complejas y nunca podía volver por el mismo camino. Lo único con lo que contaba era su pequeño farolillo de metal, con el que arrancaba luces a las sombras y a penas iluminaba los lomos de los libros. Cada paso que daba le descubría un mundo y le ocultaba otro y su corazón sentía al mismo tiempo la emoción del hallazgo y el peso de la renuncia inmediata.
Empleaba mucho tiempo y esfuerzo en dar con el libro preciso, tal era su deseo de ser eficiente en su trabajo. Quizás era por eso que no tenía muchos clientes la biblioteca, porque tenían que armarse de paciencia. Pero su verdadero dilema era por el camino encontraba muchos otros que le interesaban y a penas se daba el tiempo de mirarlos. Un título por aquí, el lomo desprendido de otro por allá. Y cuando terminaba con su encargo no recordaba nada. Desesperaba porque el celo en su trabajo la torturaba. “Si me detengo aquí pierdo el hilo de mi destino. Si me distraigo con estos estímulos podría olvidar el encargo y ¿Cómo volver con las manos vacías?”. Por eso en cada encargo que cumplía perdía mil mundos.
Un día un cliente le propuso un encargo extraño: “Quiero que me traiga el libro que más le guste. Escójalo con tiempo y no se preocupe por mí. Estaré esperando”. La bibliotecaria se esforzó en no poner cara de asombro, pero algo la removió por dentro. Salió del mostrador y se planto delante de los primeros veinte pasillos. Tendió el farolillo por encima de su frente y escogió uno al azar. Luego se detuvo frente a un título que le gustaba y comenzó a leerlo. Al principio se sentía preocupada. “No sé cuánto esperará ese señor tan raro”, se dijo. Pero poco a poco se dejó impresionar por la lectura y sin darse cuenta terminó leyéndolo entero. “Ha sido maravilloso”, sintió rejuveneciendo de pronto. “¿Pero cómo sé que no me gusta más otro?”. Y dicho esto emprendió un camino sin tiempo ni destino en busca de su propio libro.

El relojero

enero 16, 2007

Dedicado a Urko

Su noble oficio de relojero le traía últimamente algunos disgustos. Era un mecánico preciso y materialista para quien cada diente de cada rueda tenía una misión exacta que cumplir en un periodo de tiempo contado. ‘No hay cálculo infinitesimal que se me escape’, solía decirle a sus clientas más veteranas. ‘Yo sólo quiero que se me asome el cuco’, le contestaban.

Claro, claro, pensaba el relojero, pero para que el bicho aparezca tienen que suceder antes miles de cosas. Decenas de piezas tienen que danzar con precisión durante una eternidad de segundos para que el pajarito de la señora se pronuncie. ‘Nadie entiende que estamos hablando del tiempo!’, murmuraba con el ojo clavado en la lupa y el flexo de luz totalmente encorvado sobre sus pinzas.

Esta era su verdadero caballo de batalla. Para la mayoría de sus clientas los relojes servían para decirles cuándo debían tomarse la pastillita. Pero, para él, cada reloj era una trampa sabiamente labrada para capturar el tiempo, eterno fugitivo. ‘Un día le daré caza’, se decía hincando las pinzas en un mecanismo de cuarzo. ‘Y el tiempo será mío’.
Una tarde justo antes de cerrar, un cliente extraño le trajo algo desconcertante: un reloj de arena. ‘¿Pero cómo pretende que controle con exactitud la cantidad de granos de arena que caen por el agujero?’, le gritó a su gato cuando el cliente se hubo marchado. ‘¡Un reloj de arena! Menuda ocurrencia. Evolucionamos para que los relojes sean más precisos y me vienen con esta máquina rudimentaria’.

Pero no se dio por vencido. Desmontó el aparato y contó todos los granos. Eran 13.345.897 granos. Luego los pesó y los subdividió por densidad y composición mineral en ocho categorías. Su objetivo era distribuirlos en el recipiente de manera que gracias a la física elemental cayeran a un ritmo exacto que debía dar como resultado 32 minutos, 15 segundos y 27 décimas. Ni una más ni una menos.

Calculó también las distintas probabilidades de que el cliente girara mal el recipiente y diera al traste con sus previsiones. Pero no consiguió aislar ningún número primo. ‘Este reloj no lo puede usar cualquiera’, se dijo. ‘Es más, este reloj sólo puede usarse una vez. Con dos ya no sería exacto’.

Cuando por fin apareció el cliente el reloj estaba ya perfectamente montado, grano a grano, listo para que un gesto preciso de muñeca lo pusiera en marcha y corriera el tiempo calculado.

‘Verá señor’, le dijo el relojero a su cliente’, tendría que instruirle durante un tiempo para que de la vuelta como es debido a este reloj. Si no, no puedo garantizar que sea preciso’. Pero el cliente extraño, sin inmutarse, le dio un manotazo al reloj y lo tiró al suelo. La arena se desparramó por las baldosas de la relojería y el artesano, como loco, se lanzó al suelo para rescatar algunas décimas de segundo. ‘Pero qué hace hombre de Dios! ¡Con lo que me ha costado!’.
‘No importa’, dijo el hombre, ‘Me parece muy bien el esfuerzo que ha puesto en ello y le pagaré en consecuencia. Pero prefiero que mi tiempo continúe siendo libre’.