Posts Tagged ‘MÚSICA’

Brenda

abril 6, 2009

Dedicado a Jesús Bravo


La nota se prendió de un hilo y comenzó a volar con él. Pronto advirtió que el hilo viajaba en un grupo de cinco y que sujetas a ellos iban otras notas como ella. Se le parecían bastante y, aunque algunas eran tricornias o bicéfalas, concluyó que pertenecían a su misma familia.

Los hilos estaban electrificados y cada cierto tiempo la nota era sacudida por un chispazo que la hacía vibrar. A ella y a todas las que estaban a su altura. Parecía ocurrir cíclicamente y en orden. Es decir, las notas que se encontraban al principio de lo hilos sonaban primero y a continuación las demás, de forma ordenada y por turno de llegada. La nota sabía cuándo iba a sentir el chispazo porque la vecina más cercana le avisaba.

“Ahí viene la melodia”.

Lo cierto es que ese chispazo era agradable. Era más bien como una sacudida que la dejaba temblando de gusto un buen rato. El narrador omnisciente lo describiría como un orgasmo.

No había ni punto de comparación entre su existencia silenciosa y su vida ahora, a lomos del hilo volador. Sin embargo, la nota seguía sintiendo que le faltaba algo. No estaba segura de sonar todo lo bien que podría, y creía que otras notas sonaban mejor. Pensó que estaba allí por casualidad y que si se movía un poco, si buscaba un rincón mejor, cuando llegara la melodía saldría todo su potencial a la luz. Así que comenzó a desplazarse adelante y atrás, saltando incluso de hilo en hilo, probando a escucharse aquí o un poquito más allá.

En su periplo conoció a muchas otras notas de todas las especies: Síes, Laes, Does… Con todas esperaba la llegada de la melodía, que solía acudir al alba. Algunas veces la vibración era buena. Otras veces esperpéntica.

“¿cómo sonaré hoy?”, se preguntaba la nota que buscaba su lugar en el pentagrama.

Una mañana la melodía le sorprendió cuando pasaba distraídamente junto a un si bemol que colgaba discreto del último cordel. La vibración fue tan alta que todo se paró. Por unos instantes flotó en silencio y, al tiempo que se daba la vuelta para ver al sí bemol, la melodía las volvió a juntar. Parecía contenta la melodía, pues una y otra vez las hizo sonar, hasta que quedaron unidas.

Unisonaron a la perfección por mucho tiempo, pero su vocación era el camino, y llegó el día que debía continuar. La melodía, generosa, la dejó marchar. Ahora la nota sabia moverse con total libertad. Conocía los hilos, las vibraciones, los ritmos. Saltaba de un lado al otro, improvisando con la melodía.
Una noche que iba deambulando se encontró casualmente de regreso en su primer hogar, justo en la punta del hilo inferior. Lo encontró como lo había dejado: vacío. Se alegró de que nadie lo hubiera ocupado y tomó asiento.
Con el pie colgando del hilo miró a oriente y vio las primeras luces del amanecer. “La melodía no tardará en llegar”.

Hormigas, matemáticas, universo

enero 16, 2007

Era una fila de hormigas que transportaba el universo. Desde hacía generaciones lo cargaban en pequeñas dosis a sus espaldas y se lo llevaban a su profundo hormiguero.

Un día se preguntaron, agotadas por el esfuerzo, ‘¿Ya cabrá todo el universo en este hormiguero?’ Y entonces la Hormiga Reina sacudió sus antenas y les dijo: “El Universo, amigas, no es grande ni pequeño, y bien puede caber entero entre vuestras mandíbulas”. Luego siguieron arrastrando migas de universo y acomodándolas en las galerías oscuras de su castillo de arena.

Las hormigas obedecían con devoción a la reina madre, pero no dejaban de hacerse preguntas, siempre inquietas. “¿Y cuando lo hayamos reunido qué? ¿No tendremos que volver a ponerlo donde estaba?”. Y una vez más, la sabiduría de la Reina habló y les dijo:”El Universo no tiene hogar ni lugar, sino que existe donde se le experimenta”.

La fila interminable de hormigas trabajaba sin descanso y de nuevo volvió a tener una pregunta importante que hacer: “El Universo es infinito, ¿Cuándo vamos a terminar nuestra tarea?” Y por tercera vez, la Reina, levantó sus gigantescas antenas con dulzura, hizo silbar sus mandíbulas y por todas las galerías del hormiguero pudo oírse su respuesta: “Podéis terminarla ahora, si queréis. Pero si el Universo se detiene, ¿dónde tendrá lugar la experiencia?”

Dos ramas

enero 16, 2007

¿Por qué no un árbol con una sola rama? O mejor dicho, con todas las ramas en una? Crecería recto, firme, seguro, de punto a punto. Y sería vertiginoso. Pero no, tenía que dividirse. Tanto trecho juntos, tanto ser la misma cosa cuando empezamos, la misma semilla, para tener que dividirnos ahora. Y tú ser rama y yo ser rama. Y cada uno con sus propias hojas. ¡Que es el colmo! Entiendo que para dar fruto tengamos que dividirnos, que así cubriremos más territorio, tendremos más experiencia, pero coño, ¿no podríamos entrelazarnos?
‘Ya lo hacemos’, me contestas, serena. ‘Cuando el viento sopla fuerte nos besamos’

La escalera de caracol

enero 16, 2007

Dedicado a Tomás el Incrédulo

Al pie de la oscuridad das el primer paso. Atrás has dejado el camino largo del páramo. Palpas el muro cubierto de yeso para emprender los peldaños y en tu mano brilla tenue el polvo blanco. Durante mucho rato subes pegado a la pared, los pies enzarzados en su lucha contra los peldaños estrechos. Dentro del muro la oscuridad es absoluta, pero te empeñas en abrir los ojos y afilarlos al máximo como si fuera posible distinguir algo. No te sirven los ojos, tienes que fiarte de tus pies y de tus manos que reconstruyen para tí el universo conocido. Estás ascendiendo, eso lo sabes, pero darías todo cuanto tienes por encontrar una simple brecha desde la que contemplar la luna o una estrella o la colina fresca que dejaste atrás.

Darías lo que fuera por saber si estás muy arriba o a penas te has alzado sobre el nivel del mar. Siempre es de noche en esta larga escalera de caracol y todas las curvas parecen iguales. Pero decidiste entrar y ahora, en el límite de lo soportable, piensas que si renuncias y decides bajar volverás a perder la noción de la distancia y del tiempo y bajarás y bajarás hasta que creas que no hay un final y sientas miedo y quieras volver a subir. Así que en estas ocasiones respiras una mezcla de salitre y de yeso húmedo y arañas la pared para dejar una marca con la que esperas no volver a encontrarte.

Y he aquí que en el momento menos esperado llegas arriba y descubres que eres farero y que tu primera misión para el mundo consiste en prender la luz que guíe a los barcos. ¿A que no era tan complicado?

El hada Agnóstica

enero 16, 2006

Dedicado a Vanessa

Pasó tanto tiempo desde que los hombres abandonaron los bosques para sumergirse en los hollines de la civilización que algunas creencias decayeron. La creencia en las hadas, por ejemplo, fue una de las más abandonadas, incluso por las propias hadas, que también emigraron a las ciudades. Algunas olvidaron por completo su naturaleza, pero otras se quedaron en agnósticas.
“¿Me lo creo o no me lo creo?”, se preguntaba la protagonista de nuestro cuento. Y prefería quedarse en medio a tirar la fantasía por la borda o pasar por loca.
De pequeña se acostumbró a que la tomaran en serio y su magia se reflejaba en todos los espejos. Pero con el tiempo dejaron de animarla y pensó que su tiempo había pasado.
Sin embargo, a veces, sin saber por qué, la música de un violín anónimo le despertaba un enjambre de sensaciones; o una lluvia menuda y una ligera brisa vaciaban de golpe su mente y la fantasía se abría paso; o bien sentía como por azar un calor en el vientre que trepaba hasta sus pechos y los sonrojaba. El hada agnóstica se dejaba disfrutar de estas emociones, pero no las compartía con nadie. Prefería guardar silencio para mantenerse a salvo de los incrédulos (no hay nada más destructivo para un hada agnóstica que la incredulidad ajena).
Por eso permanecía en ese limbo, equilibrio de fuerzas, entre el ser o no ser mágica.
Durante un tiempo anduvo con los pies en el suelo. No estaba acostumbrada y los pies le dolieron. “¿Vuelo o no vuelo?”, decía cuando navegaba por los mares de las dudas.
Y lo cierto es que estuvo a punto de renegar de todo y quedarse en tierra.
Pero había noches en que los sueños llamaban con fuerza a su puerta y no podía evitar recuperar la fe en la magia. Era una fe repentina e incontrolable que la tomaba por los hombros y la elevaba. El calor recorría su cuerpo y el sudor se le antojaba una lluvia excitante de verano. A veces la vergüenza podía con ella y apretaba los muslos con fuerza. Pero otras veces se dejaba embriagar y bailaba desnuda ritmos africanos o gritaba su nombre en lo alto de una montaña, donde se inventaba un rito chamánico. Sólo las hadas saben lo que es estallar en luces y ver signos en todas las cosas. Sólo las hadas saben lo que es elevarse a reinos donde las imágenes se sienten y la música puede tocarse. Sólo ellas saben lo que es tener un séptimo sentido además del femenino.
Pero luego la música se desvanecía, el calor se disipaba y la lluvia se interrumpía. Toda sensación mágica se apagaba y se decía a sí misma: “La magia va y viene, pero a mí no quiere llevarme”. Entonces volvía a su postura agnóstica y salía del cuento por donde había entrado.
El hada agnóstica estaba harta de este sinvivir que era ser y no ser al mismo tiempo. Pero pasó otro invierno y cuando la primavera se presentó tuvo este sueño: Era una oruga corriente y moliente, que prefería no elevarse mucho del suelo. Llegaba el invierno y se fabricaba un nido y se encerraba en él. Se sumía en un profundo letargo y tenía otro sueño como el del hada agnóstica. Y la oruga de ese sueño hacía lo mismo y también soñaba consigo misma. Así sucesivamente. Al final, la última oruga en soñar soñaba que el capullo se abría y ella salía desplegando unas enormes alas de fe renovada. Y de pronto todas las orugas de todos los sueños se transformaban y abrían sus alas al mismo tiempo.
El hada se despertó sobresaltada. El agnosticismo se estaba abriendo.

El camino del Loco

enero 16, 2006

Dedicado a Raquel

Tiene el tarot una carta especial por dos motivos. Una porque no tiene número y no responde a ningún orden, aunque suele situarse al principio de la baraja. El otro motivo es que es pura energía y la contagia a las demás cartas.
En cualquier camino el Loco encuentra un destino y si cambia el rumbo también lo hace su sino. Es por eso que el camino del loco es simplemente creativo.
El Loco no se sitúa ni se ubica, tanto le da el mar como la montaña. El loco no mira donde pisa, sino que vuela mientras la tierra corre a sostenerle. “No soy yo quien anda, sino el mundo el que viene a mi encuentro”, diría.
También es una carta de principios, de inicios, y quien la lleva encima no conoce jamás el final de la historia porque antes de que la alcance ya ha empezado otra.
El camino del Loco comienza con un nombre que en seguida se desprende, como la memoria y las intenciones. Cuesta seguir a quien no tiene otro propósito que nacer de nuevo con cada amanecer.
El camino del loco no conoce el desaliento, porque incluso los espejismos sirvieron para llevarle lejos. El camino del loco tiene vida propia y se estira y se acorta, se retrasa, se acelera, serpentea bajo cada paso que el caminante pone en el suelo. El camino del loco desaparece tras sus pasos y no existe por delante. El camino del loco, tiene vida propia y busca quien le un sentido por el mero hecho de ser andado.
El loco y su camino han hecho un trato: el loco ama su camino, aunque no lo mira, porque confía. Y el camino ama al loco, porque cada pie que pone sobre su tierra es una semilla que le siembra.

El termómetro

enero 16, 2006

De pronto el planeta entero se contuvo. La inocente exploración de un niño en el jardín de su casa había dado con el agujero más profundo jamás descubierto. “No sabemos lo que se esconde ahí abajo”, dijo el General Tomas Hawks, responsable de las unidades de asalto de Minessota, “pero de una cosa sí estamos seguros: es de este mundo”.
En seguida los equipos de Seguridad Nacional se encargaron de establecer un perímetro de seguridad alrededor de la casita familiar y una corte de científicos aislados en sus trajes especiales empezó a hacer estragos en la cocina. “Es que este trabajo da mucha sed”, decían para justificar que no dejaban lata de cocacola con chispa de vida.
“Los análisis demuestran que nos encontamos ante un termómetro terrestre”, declaró a la TV el jefe de investigaciones. “Parece ser que hay una sustancia palpitando ahí abajo que responde a unos estimulos que no hemos identificado. Hemos detectado que dicha sustancia asciende cada vez a mayor velocidad hacia la superficie. America debe prepararse para lo peor”.
¿Será que la tierra tiene fiebre? ¿Será una amenaza? ¿Un volcán de cuello estrechísimo en medio de una urbanización rosada? Los medios de comunicación se encargaban de propagar un mensaje de inseguridad nacional. “Debemos estar todos acojonados”, se justificaba el director de Informativos, “porque si ocurre algo malo mejor estar protegidos que expuestos”.
Algunas voces civiles y científicas propusieron tapar el agujerito. Si es una mierdecilla de diez centímetros, decían. A eso se le mete un buen corcho y listo.
Pero uno de esos científicos borrachos que en las películas no tienen más remedio que ir a rescatar del desierto, dijo: “No recomiendo taparlo con corcho. Sin la ventilación adecuada la sustancia podría implosionar y provocar un desastre de consecuencias incalculables”.
¿Y qué sugieres que hagamos, listo?, le dijeron los demás.
“Hagamos lo único que podemos hacer como científicos”, respondió muy tranquilo. “Tomar la temperatura y punto”. Y dicho esto se bebió la última cocacola que quedaba en la nevera.