Posts Tagged ‘muerte’

Ante el Sexo (adaptación libre de un relato de Kafka)

agosto 17, 2009

Un hombre llega caminando de muy lejos a las puertas del sexo. Frente a la puerta hay un guardián. Es alto y fuerte y bien podría matar al hombre de un solo golpe. El hombre se detiene ante el guardián y, mirándolo con temor, piensa que no le dejará pasar. Se sienta, por tanto, en una baldosa junto a la puerta del sexo a esperar que venga alguien y reclame entrar. De esta manera espera durante mucho tiempo. Años incluso. Pero nadie más llega.

El hombre se acostumbra a la presencia del guardia, y con el tiempo lo sigue viendo temible pero ya se atreve a dirigirse a él. Pretende entablar pequeñas conversaciones, pero el guardián se limita a cumplir con su deber.

« ¿Qué hay más allá? », le pregunta el hombre al guardián. « Más allá hay otros guardianes, cada cual más grande y fuerte que el anterior, apostados frente a las puertas secretas del sexo»

El hombre se vuelve a tumbar en la baldosa y medita que aunque lograra vencer al guardián las dificultades no harían más que crecer.Desiste por tanto de toda fantasía acerca de cruzar la puerta y se dedica a esperar en paz.

Un día, cuando el hombre ya es tan mayor que está por morir, le pide al guardián que se acerque porque quiere preguntarle algo. El guardián accede por compasión y se inclina mucho para escuchar la débil voz del anciano. « ¿Por qué en todo este tiempo nadie más que yo ha querido cruzar esta puerta? » El guardián acerca sus labios a la oreja del anciano y le dice con claridad : « Porque esta puerta estaba abierta sólo para tí. Ahora voy a cerrarla»

Aquiescencia

agosto 16, 2009

Dedicado a Fermín de Pas

Palabras:

aquiescencia
miedo
nuevo
nalga
boca
oscuro
ámbito
muerte
lecho
único
permiso
ambivalente
mirarte
línea
agua
abrazo

Cuento:

En otro tiempo se habría entretenido en averiguar el significado de la palabra « aquiescencia ». O bien la habría rodeado con otras muchas, sitiándola día y noche para entender su propósito, convocar sus significados y tratar de derrotarla. Lo más probable, en aquel tiempo, era que ni siquiera llegara a cruzarla.

Pero esta vez dejó de lado su cortesía literaria, alegoría del miedo a lo nuevo, y pensó en sus nalgas, luego en su boca, y cerrando los ojos se aventuró en el ámbito de la muerte : el sexo.

« Este lecho ha sido puesto únicamente para tí », le susurró el guardián acercando mucho los labios a su oído. Era un guardián alto y temible, de grandes brazos capaces de triturar una tibia sin esfuerzo. Por un momento sintió el mismo calor apresurado de antaño, el temor de no tener el permiso de arrojar en la cama todo su deseo. Se balanceó en el borde mismo de la sábana durante un buen rato, perdido, ardiendo. Hasta que, desde el otro lado de la cama, ella le devolvió la mirada. El peso de sus ojos inclinó la balanza y, ya sin resistencia, cruzó la linea y abrazó sus aguas.

El apostador

abril 22, 2009

Dedicado a Javier

Nació con el don de apostarlo todo, siempre, a cada instante. Apostó su vida a que saldría del vientre de su madre, se jugó su futuro en los exámenes escolares, arriesgó su corazón con cada enlace amoroso y desafió a la muerte más de doce mil veces, es decir, cada día.

No le gustaban, sin embargo, los juegos de azar (“el azar es para quienes no dirigen su vida”, rezaba). No era un jugador, sino un apostador. Tomaba su existencia como una prueba continua de fuego, consciente de que una mañana cualquiera podría perder.

En consecuencia vivía una vida intensa y a ratos ansiosa que le empujaba hacia adelante como una explosión. Apenas tenía una pasión que le ayudaba a olvidarse de sus apuestas: las carreras de caballos.

En el hipódromo quien corría, quien competía y lo apostaba todo era el caballo, no él. Cuando los veía competir se relajaba y olvidaba los retos que la muerte sembraba a su paso cotidianamente.

Hay apostadores y apostadores, y también caballos y caballos. Él no podía tener cualquier favorito. De hecho, no confiaba en los ganadores. Eran previsibles. Conocía a fondo los participantes e invertía cantidades simbólicas en aquellos que le ofrecían un estímulo mayor. Caballos luchadores, para quienes llegar entre los cinco primeros era todo un logro. Tenía un favorito, “Lucho”, que no había ganado nunca una carrera y, sin embargo, era el más luchador de todos. En pocos años había escalado de la undécima posición a la sexta, y no prometía ir mucho más allá, pero en cada carrera lo daba todo.

“Los caballos son como yo”, solía decir, “no piensan en el dinero, ni en la gloria efímera de sus jinetes. Para ellos no importa cómo llegues, pues lo único que importa es llegar”.

La herida abierta

marzo 22, 2008

Diablo (así le llamaban aunque fuera humano) era especialmente sádico con su cuerpo. Por ejemplo, le gustaba llevar una herida abierta, de unos 5 centimetros de largo, que se había hecho a sí mismo con un cuchillo hace años. Nunca dejaba que se curara. Volvía a abrirla una y otra vez con cuchillos, cuchillas, cristales o cualquier cosa que cortara.

En una ocasión estuvo a punto de cicatrizar, pero sólo fue un respiro. Cuando más segura estaba la herida de que por fin se cerraría, Diablo la estaba esperando. Se ensañó especialmente con ella, arrancando el trabajo de su piel y musculatura a puntazos, y sellando después algunas zonas con un cigarrillo.

Tenía un arte inigualable para mantener abierta su herida sin que se infectara. A Diablo le hacían gracia los tatuajes. “Eso son heridas muertas”, decía. “Lo mío son heridas vivas”.

Diablo era un tipo duro y cada día se jugaba la vida. “Cuanto más al borde de la muerte te sitúas más se te acerca la vida”, solía decir. Pero hay un momento en que si te inclinas un poco más, la cagas”. De ahí que los bordes sanguinolentos de su herida le recordaran el filo de la navaja sobre la que caminaba.

Algunos consideraban que Diablo era un peligro y estaba al borde de la locura. Pero él siempre les contestaba: “Todo depende de una palabra y de una coma. Si te quedas corto no la alcanzas, pero si te pasas ya no regresas”.

“Por eso mantengo mi herida abierta, para que salga. Porque si la encierro, seguro que me come el alma. “

La cruz de San Andrés

septiembre 20, 2007

Cada vez eran más estrechas las callejuelas del cementerio que había creado en el jardín trasero de su casa. Había levantado tumbas de todas clases. Algunas eran sólo un montón de tierra; otras tenían bellos adornos o estaban escoltadas por ángeles; había una tumba que colgaba de un árbol con serpentinas; las había modestas, elaboradas, una colección de nichos y hasta un mausoleo.

Ésta era la más grande de todas las tumbas. Presidía el jardín desde su pleno centro, y entorno a él se articulaban las vías principales del cementerio. De cada una salían no menos de cinco callejuelas, algunas intrincadas, otras confusas o retorcidas, muchas sin salida. Bajo el mausoleo había incluso una cripta y la proximidad de un antiguo pozo hacía pensar a la propietaria que podría no tener fondo.

Ella solía mirarlas todos los días desde la ventana. Si bien no tenía por costumbre cuidar de ellas ni alimentarlas de flores. No era la beatitud un comportamiento que le gustara. Después de crearlas con el máximo cuidado, las dejaba reposar libremente entre su jardín y no se oponía a que las acosaran las enredaderas o las levantaran las raíces de los árboles.

De vez en cuando se olvidaba de su cementerio. Conocía a un hombre y se enamoraba de él locamente. Le dedicaba su vida. Pero luego alguien ejecutaba el programa fatal y ese buen chico la abandonaba. Entonces sólo tenía que darse la vuelta y allí le estaba esperando su cementerio, ofreciéndole a pesar de sus estrecheces un rincón donde enterrar al muchacho. No al ser humano mismo, claro, sólo su recuerdo.

Efectivamente, lector, todas las tumbas estaban vacías. La mujer las había ido levantando para enterrar allí sus pequeñas muertes. Aquella ocasión no era muy diferente de las otras. De hecho dudó si merecía la pena cavar la tumba. Pensó que bastaría con poner un par de ladrillos a modo de nicho y echar ahí algunas cenizas de emails impresos.

Mientras meditaba en ello comenzó a pasear por su cementerio. Eran decenas de tumbas que ya nunca visitaba. ¿Tanta gente la había matado? En cada lápida, o trozo de cartón o muro de piedra, ella había anotado a penas unas letras. Fechas y palabras. 4 de febrero, fin. 15 de agosto, desilusión. 13 de septiembre, sola. La mayoría no eran más que las fechas de caducidad de una experiencia vivida.

La fecha más grande y también la más antigua era un 22 de junio. La había tallado en el frontispicio del mausoleo. Su siniestra verja de hierro con pinchos y cadenas se alzaba amenazante varios palmos sobre su cabeza. Se agarró de los barrotes y traspasó con su nariz la verja. Delante suyo todo era oscuro. Podía oler la humedad que venía de la cripta y, quién sabe, quizá del pozo sin fondo. El corazón se le encogía y pensaba que no existía tumba lo bastante grande para albergar el dolor que le había dejado su primer amor. Olía los hongos en las paredes de la cripta y se imaginaba precipitándose por accidente en ese inmenso mausoleo vacío y cayendo sin remedio hacia las simas profundas. Por suerte le había echado un candado y esa clase de accidentes no podían producirse. Pero si el mausoleo parecía la puerta a los infiernos, también era al mismo tiempo una frontera para el amor. Después de aquella vez, ningún otro había sido tan intenso ni, por supuesto, le había hecho tanto daño. De ahí que las tumbas fueran cada vez más pequeñas, menos elaboradas, más suscintas y ya sin ganas. Como mucho una sepultura con una cruz y basta.

Alejándose del mausoleo y contemplando su evidente poder, la mujer tomó una ramita del suelo. Se detuvo en seco en el primer rincón de tierra que vio libre y trazó con rapidez y frialdad una cruz en el suelo. Iba a ser cristiana y cuadrada, pero al hacerla medio girada quedó como una cruz de San Andrés, con forma de X. Visto sin cuidado no era más que un tachón en la tierra. Entonces ocurrió algo.

Se dio cuenta. Sería por lo simple que había llegado a ser dejar atrás una experiencia amorosa, sería porque ya no elevaba grandes panteones ni tallaba angelitos de madera. Sería porque se había hartado, pero en aquel momento vio la tumba más sencilla que había hecho nunca. Era tan simple que era plana y ni un milímetro de su corazón cabía en ella. En cierto modo, era la que más alegría daba de ver. Porque a penas contenía dolor, a penas una molestia.

Cuando volvió a mirar el cementerio desde su ventana, aquella noche, la mujer pensó en hacerse con una pala. Había mucho amor propio que exhumar por la mañana.

La flecha envenenada

enero 16, 2006

Dedicado a Scarlett

Las flechas surcaban el cielo durante la batalla. Al cielo sólo llegaban con el propósito de abandonarlo después de trazar su parábola. El cielo, como observador imparcial, se prestaba. “Yo ni entro ni salgo en el curso de la batalla”, decía el cielo mientras ofrecía sus nubes como descanso para los caídos.
Eran los tiempos en que las guerras se decidían según mandaban las estrellas. Ambos ejércitos sabían de antemano que la suerte estaba echada y aun conociendo su destino lo aceptaban. Los vencidos se entregaban a la muerte sin derramar una sola lágrima y habiendo guerreado con todas sus fuerzas y valentía. El destino no importaba, sólo la manera de llegar hasta él.
Pero en el ejército de los derrotados había un arquero que no se resignaba a su sino. Con el deseo de liberarse de su yugo, impregnó una de sus flechas con veneno y la disparó hacia el imparcial. Emponzoñado, el cielo, hasta entonces impasible, comenzó a revolverse de dolor, abriendo brechas por donde rayos y truenos se arrojaron indiscriminadamente contra ambos ejércitos.
La batalla se volvió sangrienta. Rotas las reglas del cielo, rota la harmonía, la confusión se instaló entre los guerreros. Muchos destinos se alteraron y la parca se dio festines inesperados. El cielo, herido, no distinguía el negro del blanco. El arquero de la flecha envenenada miraba con estupor desde las almenas la furia de los vientos y de los fuegos y se preguntaba si no habría sido preferible entregar libremente su cabeza a desatar una destructiva tormenta. Durante las horas que siguieron el arquero reflexionó con miedo sobre su acto de rebeldía y se subió a la torre más alta para ofrecer su vida al primer rayo que el cielo furioso quisiera enviarle.
Subido sobre la almena más alta, los brazos extendidos, el arquero arrepentido gritaba que le partiera un rayo. Pero todos pasaban de largo. Algunos derribaron muros, otros destruyeron maquinarias y la lluvia torrencial arrastró a las caballerías. Hasta que al fin cayó la noche y el cielo se retiró, agotado, para dar paso a una luna llena.
La luna alumbraba todo el campo de batalla. Ambos ejércitos yacían descoyuntados entre las colinas y las murallas del castillo. Ninguno había tomado la victoria por su mano.
Arrodillado sobre la almena, el arquero le preguntaba a la luna por qué no había recibido su castigo por alterar el destino de la batalla. La luna, tomando una nube delgada para vestir de dulzura sus palabras, le respondió: “¿Castigo? Querido amigo, ¿no tienes bastante con las consecuencias de lo que has causado? Sonríe, porque eres al mismo tiempo libre y esclavo, puesto que puedes hacer lo que te complazca y, sin embargo, no podrás evitar nunca los efectos de tus actos”.