Posts Tagged ‘mirada’

Encefalograma

abril 24, 2009

Para mi querida Mónica

El primer beep anunció que estaba viva. Con entusiasmo trepó por la señal, maravillándose del verde púrpura que dejaba tras de sí. Su mirada era cada vez más elevada y en la inocencia de su trayecto no imaginaba que existiera un límite. Pero lo había. Sintió una profunda frustración cuando sintió decaer su energía y se deslizó sin remedio línea abajo, abandonando toda fuerza e intención. Su vida había sido corta, a penas un leve pitido, y cuando ya estaba dispuesta a aceptar la recta final, sonó otro beep. Lanzada como una llama volvió a emprender la subida, convencida de que todo había sido un error y que dependía de ella y de nada más continuar creciendo hasta el cielo y más allá. Sin embargo, volvió a suceder. Y con el tiempo comprobó que el ciclo de subidas y bajadas se repetía de forma regular.

Un día se detuvo para reflexionar. Durante unos segundos el puntito verde discurrió en perfecta horizontal, dándose la oportunidad de mirar atrás. A sus espaldas había dibujado un hermoso trayecto, constante y luminoso, donde las caídas eran el perfecto reflejo de las alturas alcanzadas.

Un cambio de conciencia aconteció y se dio cuenta de que el viaje no era hacia arriba o hacia abajo, sino adelante sin más. Que cada latido eléctrico era el regalo de una montaña más. Así, alternando su luz y su sombra, su vida y su muerte, su ying y su yang, se relajó por completo y se dejó llevar.

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Brenda

abril 6, 2009

Dedicado a Jesús Bravo


La nota se prendió de un hilo y comenzó a volar con él. Pronto advirtió que el hilo viajaba en un grupo de cinco y que sujetas a ellos iban otras notas como ella. Se le parecían bastante y, aunque algunas eran tricornias o bicéfalas, concluyó que pertenecían a su misma familia.

Los hilos estaban electrificados y cada cierto tiempo la nota era sacudida por un chispazo que la hacía vibrar. A ella y a todas las que estaban a su altura. Parecía ocurrir cíclicamente y en orden. Es decir, las notas que se encontraban al principio de lo hilos sonaban primero y a continuación las demás, de forma ordenada y por turno de llegada. La nota sabía cuándo iba a sentir el chispazo porque la vecina más cercana le avisaba.

“Ahí viene la melodia”.

Lo cierto es que ese chispazo era agradable. Era más bien como una sacudida que la dejaba temblando de gusto un buen rato. El narrador omnisciente lo describiría como un orgasmo.

No había ni punto de comparación entre su existencia silenciosa y su vida ahora, a lomos del hilo volador. Sin embargo, la nota seguía sintiendo que le faltaba algo. No estaba segura de sonar todo lo bien que podría, y creía que otras notas sonaban mejor. Pensó que estaba allí por casualidad y que si se movía un poco, si buscaba un rincón mejor, cuando llegara la melodía saldría todo su potencial a la luz. Así que comenzó a desplazarse adelante y atrás, saltando incluso de hilo en hilo, probando a escucharse aquí o un poquito más allá.

En su periplo conoció a muchas otras notas de todas las especies: Síes, Laes, Does… Con todas esperaba la llegada de la melodía, que solía acudir al alba. Algunas veces la vibración era buena. Otras veces esperpéntica.

“¿cómo sonaré hoy?”, se preguntaba la nota que buscaba su lugar en el pentagrama.

Una mañana la melodía le sorprendió cuando pasaba distraídamente junto a un si bemol que colgaba discreto del último cordel. La vibración fue tan alta que todo se paró. Por unos instantes flotó en silencio y, al tiempo que se daba la vuelta para ver al sí bemol, la melodía las volvió a juntar. Parecía contenta la melodía, pues una y otra vez las hizo sonar, hasta que quedaron unidas.

Unisonaron a la perfección por mucho tiempo, pero su vocación era el camino, y llegó el día que debía continuar. La melodía, generosa, la dejó marchar. Ahora la nota sabia moverse con total libertad. Conocía los hilos, las vibraciones, los ritmos. Saltaba de un lado al otro, improvisando con la melodía.
Una noche que iba deambulando se encontró casualmente de regreso en su primer hogar, justo en la punta del hilo inferior. Lo encontró como lo había dejado: vacío. Se alegró de que nadie lo hubiera ocupado y tomó asiento.
Con el pie colgando del hilo miró a oriente y vio las primeras luces del amanecer. “La melodía no tardará en llegar”.

La playa

enero 16, 2007

Era una playa que tenía dos orillas, de un lado le venían olas de mar en calma, suaves, redondas, tendiendo espuma blanca. Del otro lado le venían rudas, ásperas, escapaban de un océano en llamas.

La playa mantenía un digno equilibrio entre las dos. Bueno, más que digno, era titánico. Tenía las dunas mareadas. ‘¡Más a la derecha!’, les gritaba, ‘¡No! Reagruparos a la izquierda !”. Pero es que todas las olas, vinieran de donde vinieran, eran caprichosas.

Consciente de su situación la playa se preguntaba para qué servía. Primero pensó que servía para separar el mar del océano. Pero se dijo que si el océano quería adueñarse del mar podía hacerlo, porque de todos era el más grande.

Luego creyó que quizá estaba allí para unirlos, desapareciendo, soltando cada vez un poquito más de arena. Se imaginó uniendo al océano y al mar como un hermoso sacrificio. Pero en esto se le derrumbó una duna y dijo a ambos lados con un gran grito: “¡No me toquéis la duna! Os dejo acercaros, pero no para que me robéis la arena, sino para que vosotros yo tome lo que quiera. Está clarito?”
Y dicho esto la playa se sumió de nuevo en sus hermosos sueños bañados de luna.

El pedestal (version II)

enero 16, 2006

Cada noche el sultán daba su paseo por los jardines del Alcázar, y cada noche su recorrido azaroso se detenía frente a la estatua majestuosa de la reina. Apretaba las manos justo debajo de la espalda y suspiraba profundamente. Su mirada era un baño de néctar amoroso que recorría el marfil de la figura de punta a punta. El sultán se sabía débil cuando permanecía inmóvil frente a la estatua. Cualquiera hubiera podido hundirle un puñal y él ni siquiera se habría quejado. Ni siquiera se habría sentido digno de defenderse. Frente a la belleza de la reina, y a sus pies, todo eran burdas anécdotas de la condición humana. El mármol blanco desplegaba haces de luz de luna sobre el estanque y el trazo limpio y dulce de las formas grabadas contorneaba el alma del sultán hasta convertirlo en un muchacho deslumbrado.

Pero lo más maravilloso era la altura de la figura, que se erguía solemne sobre el pedestal de oro. Lo había mandado fabricar él mismo, siguiendo sus estrictas indicaciones y supervisando cada etapa del proceso. Los mejores orfebres y artistas del reino prestaron sus servicios para crear el pedestal más bello jamás diseñado. Y sobre aquella base dorada, ornamentada con finas cenefas, se levantaba la figura de su maravillosa reina, su amada esposa. No había lugar más digno para ella en todo el reino. Era además, el pedestal donde el sultán había puesto todo su corazón. Ni un palmo de más ni de menos. Su corazón abarcaba toda la pieza de oro. Era la manera que tenía el noble de elevar las cosas sagradas.
Por eso, cuando la escultura fue destruida tras la traición de la reina, el pedestal dorado quedó libre y el sultan pudo encumbrar en él el resto de las cosas que le parecía bellas.