Posts Tagged ‘MIEDO’

Aquiescencia

agosto 16, 2009

Dedicado a Fermín de Pas

Palabras:

aquiescencia
miedo
nuevo
nalga
boca
oscuro
ámbito
muerte
lecho
único
permiso
ambivalente
mirarte
línea
agua
abrazo

Cuento:

En otro tiempo se habría entretenido en averiguar el significado de la palabra « aquiescencia ». O bien la habría rodeado con otras muchas, sitiándola día y noche para entender su propósito, convocar sus significados y tratar de derrotarla. Lo más probable, en aquel tiempo, era que ni siquiera llegara a cruzarla.

Pero esta vez dejó de lado su cortesía literaria, alegoría del miedo a lo nuevo, y pensó en sus nalgas, luego en su boca, y cerrando los ojos se aventuró en el ámbito de la muerte : el sexo.

« Este lecho ha sido puesto únicamente para tí », le susurró el guardián acercando mucho los labios a su oído. Era un guardián alto y temible, de grandes brazos capaces de triturar una tibia sin esfuerzo. Por un momento sintió el mismo calor apresurado de antaño, el temor de no tener el permiso de arrojar en la cama todo su deseo. Se balanceó en el borde mismo de la sábana durante un buen rato, perdido, ardiendo. Hasta que, desde el otro lado de la cama, ella le devolvió la mirada. El peso de sus ojos inclinó la balanza y, ya sin resistencia, cruzó la linea y abrazó sus aguas.

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La noche de los truenos rotos

abril 7, 2009

Dedicado a Jesús Bravo

La tormenta y la tierra tenían un pacto. La tormenta siempre avisaría de su llegada con relámpagos y truenos. A cambio, la tierra se abriría para recibir su furia y transformarla en calma. Mantuvieron el trato durante mucho tiempo, siendo ajenos a él los seres humanos, que consideraban los rayos del cielo un presagio de muerte y no de vida.

Solo unos pocos sabios tenían el entendimiento de la relación entre el cielo y la tierra. Ellos sabían que el primero era el alma y el segundo el cuerpo de todos los seres. Sabían que era la luz rugiente de la tormenta la que abría las puertas del espíritu para que pudiera trascender la materia. Comprendían que, de alguna manera, todas las manifestaciones externas lo eran también del espíritu humano. El hombre corriente, sin embargo, se refugiaba y rezaba para que la tierra no le entregara al castigo divino.

En una ocasión el cielo escuchó los rezos de los humanos y compasivo deseó para ellos una tormenta pacífica y silenciosa. Una tormenta que no se advirtiera ni asustara, que transformara sin ser notada. En consecuencia, una noche llegó a las puertas de la tierra sin avisar. No hubo rayos, ni luces, ni truenos. Descargó su fuerza sin hacer el menor ruido. Los habitantes de la región salieron sin miedo de sus casas y se sentaron en los porches a contemplar la tranquila lluvia.

Sin embargo la tierra estaba desprevenida y no se abrió para recibirla. El agua resbalaba sobre los terrenos como lo hiciera sobre las rocas y pronto se formaron gigantescos ríos que buscaban el camino al mar. Los campos se anegaron y las cosechas se malograron. Una gran inundación asoló la tierra y muy pocos sobrevivieron.

Los hombres lloraban y elevaron sus quejas a la pachamama y al padre cielo por igual. “¿Por qué ahora la muerte no es anunciada?”, preguntaron. La tierra y el cierlo tuvieron una agria discusión matrimonial: “El cielo ha roto su pacto y ahora me oculta sus intenciones”. El cielo, con un brevísimo relámpago replicó: “Son tus hijos los que me han rogado. Hazles tú entender que no hay vida sin destrucción”.

Cielo y tierra son una familia antigua y sabia, solo se discuten para encontrar una solución. Al cabo de la noche el cielo reunió todas sus fuerzas y lanzó un poderoso rayo que abrió una profunda zanja en la tierra. Todo el agua se precipitó en ella, devolviendo a sus hijos el sustento para sus pies.

Desde entonces, en esta tierra, la tormenta avisa a la tierra con sus rugidos y la tierra a los hombres con sus heridas.

La alfombra voladora

enero 19, 2007

Dedicado a Mile

(En caravana parece que viajaban tus palabras)

De miedo estaba la alfombra hecha. Tenía la textura de la lana, era agradable al tacto con los pies, pero temblaba toda. Una no podía estar simplemente en ella sentada y esperar que no pasara nada. Al contrario, ¡todo pasaba! Una casa volando, otro árbol que la roza, y todo ese viento!

De terror estaba hecha la alfombra voladora. Si se caía, se mataba. Además que no había cómo pararla. No conocía su idioma. Como era mora! Inshaalá se pare el miedo!
Aunque en verdad no sabía que le daba más miedo: si volar en la alfombra sin dominarla o volver a la tierra. Aunque la alfombra a ras de suelo y despacio bajara, a ella le daría la sensación de que se hubiera estrellado. Imagínate, renunciar a los baños de nubes, a las carreras con gaviotas, a trascender las tormentas y a miles de cosas que se hacen sobre una alfombra voladora. Así que era dar un paso y acabar con los deseos más profundos. Porque, ¿y si la alfombra se iba volando? ¿y si no volvía? ¿Quién le aseguraba que era de ella? Al fin y al cabo se la había encontrado un día y en unos segundos ya estaba volando. A lo mejor pertenecía a alguien y ella se la había llevado por error. Quizá debería devolverla.

Se dejó caer de culo sobre la alfombra mientras sobrevolaba la riviera maya. El viento era frío a aquella altura y estaba atravesando una nube húmeda. Bajo sus manos la piel de la alfombra se enervaba, temblaba como un haz de neutrones sometidos a una presión extrema. Los sentía chillar bajo su piel. La alfombra estaba histérica de miedo. Quizá ella también temía por su destino. Quién sabe de dónde habría venido. Quizá perteneció a alguien que no hizo buen uso de ella, quizá estaba mejor ahora. Quizá simplemente se muera si no transporta a nadie.
Pero un día tuvo que decidirse y volver a tierra. La alfombra voladora pareció comprender lo que pasaba y no se resistió en absoluto. Envueltas en un triste silencio descendieron lentamente hasta el suelo. Estaban a un centímetro de separarse. Entonces la alfombra se posó en tierra y en cuanto la tocó estalló en un ramillete de perlas blancas que volaron por todas partes. Algunas se metieron en las plantas, otras se fueron hacia los animales, otra se metió en una escoba y en los vendavales, en los pensamientos alegres, en algunos oscuros… No podía creérselo, había visto desaparecer a la alfombra mágica, volatilizarse! De pronto le embargó la pena, era como haberla visto morir.

Comenzó a caminar descalza sobre el camino de tierra. Ahora todo en su vida iría mucho más despacio. Y ya no sería mágico.

Cuán equivocada estaba: a la vuelta de un pino se le apareció un duende, y junto a las peñas le saludaron varias hadas; antes de llegar al pueblo tuvo un encuentro con trasgos y se tuvo que desacer de varios ogros. Muchos peligros tuvo que enfrentar a partir de aquel día, pero por suerte siempre encontraría algún objeto mágico que la salvara. Un día en una escoba salía volando, otro recuperaba sus fuerzas con una planta, otro día hablaba con el río para que no la ahogara, y en una ocasión cruzó el desierto sana y salva.

Y es que por doquiera que pisaba podía encontrar las hebras de su querida alfombra mágica, que hacía volar todo cuanto tocaba.

La soñadora profesional

enero 16, 2006

Dedicado a Isa

Tenía una de esas profesiones que la Seguridad Social no contempla. A cambio, el Universo le pagaba con creces en especias (el amor, la fortuna, la vida, que son especias caras y cada vez más demandadas). Era, con todo, un trabajo aparentemente simple. Su oficina era una colina de hierba larga cerca del mar que a pocos metros se enredaba con la arena. Sentada con los brazos alrededor de las rodillas miraba el cielo sin intenciones, permitiendo a las nubes que fueran lo que les daba la gana sin imponerles ninguna fantasía propia.

Pero he aquí que algunas veces una tormenta arreciaba, las nubes se apretujaban y no era difícil imaginar que estaban muy enfadadas. Cualquier otra persona se habría alejado corriendo de la playa, pero ella era una soñadora profesional. Su trabajo consistía en cerrar los ojos y llevarse dentro la tormenta. Entonces dormía y se ponía a soñarla. En sus sueños la tormenta siempre descargaba contra el mar toda la ira que llevaba. Y el mar llevaba la ira a la playa y en la playa la ira era espuma que la arena amorosamente desmenuzaba.

Cuando por fin abría los ojos la tormenta ya se había liberado y la playa moteada dejaba que el mar, poco a poco, se llevara de nuevo el agua al agua.

“Por fin, la calma”, decían los primeros paseantes de la costa cuando salía el sol. “Y aquella joven”, decían al verla a lo lejos, “Siempre parece que esté en las nubes. Cualquier día una tormenta la arrastra!”.

“No creo”, decía una viejecita que la conocía bien, “Las tormentas solo la buscan para que las ame con todo el alma”.