Posts Tagged ‘luna’

Morfeo, Luna, Sarampión

abril 20, 2007

Las tres venían colgadas de un hilo, que colgaba de un tejido, que colgaba de un fraile que entraba en la ciudad.
Así que cuando le abrieron las puertas al fraile, las tres se balancearon dentro con él.

Era la primera vez que ellas visitaban una ciudad.
Al principio se columpiaban y abrían mucho los ojos para no perderse detalle.
Pero pronto se soltaron del hilo y dejaron al fraile.

Una se deslizó entre la gente y les infundió sueño.

Otra se alzó sobre sus cabezas como un gran bonete y trajo la noche

Y la tercera, la tercera estornudó y todo el mundo fue preso de una extraña afección.

Por separado, las tres eran capaces de grandes prodigios.
Por parejas, o eran calmas o eran explosivas.
Pero las tres juntas eran un viaje al interior.

El sueño, la noche, lo desconocido. Intrusos que sin violencia y con sigilo penetraron la pétrea muralla.

Por suerte para todos quienes sufieron pesadillas aquella noche, el fraile se encontraba en la ciudad. Y la recorrió
de punta a punta, subiendo a las torres y bajando a las calles, sujetándose la falda deshilachada con la mano que no tenía
puesta sobre los demás. El pueblo entero cayó enfermo y se sumió en una tiniebla oscura donde conocieron el dolor.
Pero el sufrimiento se desvaneció. La debilidad extrema les impedía resistirse y sus mentes dejaron de sufrir.
Sucedieron muchos prodigios aquella noche, pero pertenecen a la intimidad de cada cual. Sin embargo hay un hecho que
merece la pena relatar. Y es que, en el camino que hizo cada uno, resolvieron un misterio y derrotaron a su dragón;
separaron a la luz de la luna; y de un sueño largo, antiguo y profundo, por fin lograron despertar.

La leñadora

enero 16, 2007

Dedicado a Lizarock

Tu cuento es un camino en un bosque. Es un camino delgado, sinuoso, como el acorde de una guitarra eléctrica: tenso, estridente a veces, oscuro y salpicado de afiladas piedras. Tus pasos son descalzos o como mucho de alpargata. No sabes qué te acecha a los lados, en la espesura, y por eso sigues el hilo de sendero casi de puntillas. Leñadora, aunque delicada. Con el hacha en la mano abres caminos que nadie habría inventado. El filo mellado, rudo incluso, abre brechas entre los miedos densos. No serán vías perfectas, no serán ideales ni trazarán un mapa de carreteras romano, pero adentras la luna en cada centímetro robado al bosque. Y he aquí algo que no sabes: que todo bosque desea ser conquistado y toda bestia domada por su legítima Señora, y si el ramaje se abalanza de nuevo sobre tus espaldas no es para cerrarte el paso o dificultar tu trabajo, sino para seguirte con todo el amor que se le pueda suponer a las zarzas.

Las dos caras de la luna

enero 16, 2006

Dedicado a Clara Torres

El mar les separaba. El mar les unía. El mar les separaba.
Sentada en la orilla, cada lengua de espuma que se le acercaba le traía un recuerdo y luego se lo llevaba. “Los recuerdos serán efímeros”, pensaba, “pero vienen a todas horas”.
Hubo un tiempo no muy lejano en que los dos estuvieron en la misma orilla. Siempre pensó que el mar les contemplaba dichoso y por eso, cuando tuvieron que separarse, fue el mar quien se encargó de traer y llevar mensajes entre los amantes. El mar era un mesajero caprichoso: tendía su mensaje con insistencia, pero nunca lo entregaba. O bien ella no era capaz de tomarlo con las manos y llevárselo. ¿Por qué las grandes cosas a penas pueden abarcarse? ¿Por qué ni siquiera pueden tocarse?
Estaba segura de que al otro lado del océano él también estaba sentado en una playa y que le mandaba las olas que luego ella le devolvía. Era un diálogo silencioso y lleno de amor, pero solitario.
“Soy como la luna”, se decía cuando permanecía toda la noche en la arena, “A veces está llena, a veces vacía, pero siempre está sola. Si yo no puedo hacerme con el mar, él tampoco podrá alcanzar la luna”.
Como la luna, tenia dos caras. En una era una mujer observadora y no le disgustaba invertir mucho tiempo en pensar las cosas. Tenía una poderosa mente que se hacía todas las preguntas: ¿Qué es verdaderamente lo que nos separa?, pensaba. ¿Es el mar? ¿Es la distancia que hay hasta la luna? ¿O acaso será la pretensión de tocar con las manos lo inalcanzable?
“Cuando abro los ojos veo un mar tan grande que me parece imposible que no nos aparte”.
Pero luego la luna menguaba hasta ser tan delgada como un paréntesis. Y llegaba la noche en que éste caía y dejaba al descubierto un cielo infinito sin límites ni puntos de mira. Entonces emergía su cara oculta, un rostro invisible y silencioso donde no se interponía nada. Sin soñar, sin dormir siquiera, podía sentir que habían pisadas en la luna oculta y que el océano sin vigilancia se abría para permitir el encuentro entre los dos amantes.