Posts Tagged ‘locura’

Mañana en el desierto

enero 15, 2010

Dedicado a Teresa

Palabras:

locura
sol
canela
moldear
piel
excelencia
fluir
abrazos
descalza
pupilas
gracias

Corría en círculos, descalza sobre la llanura. El sol la bañaba por completo, inundando sus pupilas, abrazando cada rincón de su piel color de canela. Las plantas de sus pies también podían sentir el calor que la tierra almacenaba a medida que la bóveda celeste peregrinaba de este a oeste. Extendía los brazos para capturar incluso las minúsculas briznas de aire que todavía fluían entre los matorrales.

De lejos, su hermano la miraba y pensaba: “Está loca”. Ella, que tenía una atención especial a las vibraciones de su pensamiento, se respondió: “Necio, lo que estoy es agradecida”.

La playa

enero 16, 2007

Era una playa que tenía dos orillas, de un lado le venían olas de mar en calma, suaves, redondas, tendiendo espuma blanca. Del otro lado le venían rudas, ásperas, escapaban de un océano en llamas.

La playa mantenía un digno equilibrio entre las dos. Bueno, más que digno, era titánico. Tenía las dunas mareadas. ‘¡Más a la derecha!’, les gritaba, ‘¡No! Reagruparos a la izquierda !”. Pero es que todas las olas, vinieran de donde vinieran, eran caprichosas.

Consciente de su situación la playa se preguntaba para qué servía. Primero pensó que servía para separar el mar del océano. Pero se dijo que si el océano quería adueñarse del mar podía hacerlo, porque de todos era el más grande.

Luego creyó que quizá estaba allí para unirlos, desapareciendo, soltando cada vez un poquito más de arena. Se imaginó uniendo al océano y al mar como un hermoso sacrificio. Pero en esto se le derrumbó una duna y dijo a ambos lados con un gran grito: “¡No me toquéis la duna! Os dejo acercaros, pero no para que me robéis la arena, sino para que vosotros yo tome lo que quiera. Está clarito?”
Y dicho esto la playa se sumió de nuevo en sus hermosos sueños bañados de luna.

La leñadora

enero 16, 2007

Dedicado a Lizarock

Tu cuento es un camino en un bosque. Es un camino delgado, sinuoso, como el acorde de una guitarra eléctrica: tenso, estridente a veces, oscuro y salpicado de afiladas piedras. Tus pasos son descalzos o como mucho de alpargata. No sabes qué te acecha a los lados, en la espesura, y por eso sigues el hilo de sendero casi de puntillas. Leñadora, aunque delicada. Con el hacha en la mano abres caminos que nadie habría inventado. El filo mellado, rudo incluso, abre brechas entre los miedos densos. No serán vías perfectas, no serán ideales ni trazarán un mapa de carreteras romano, pero adentras la luna en cada centímetro robado al bosque. Y he aquí algo que no sabes: que todo bosque desea ser conquistado y toda bestia domada por su legítima Señora, y si el ramaje se abalanza de nuevo sobre tus espaldas no es para cerrarte el paso o dificultar tu trabajo, sino para seguirte con todo el amor que se le pueda suponer a las zarzas.

La trapecista hipersensible

diciembre 11, 2004

Cuando de niña se la llevó el circo una de las primeras cosas que hizo fue visitar a la Madame Adivina. Encerrada dentro de su máquina de cristal, comunicada con el exterior exclusivamente a través de una ranura para monedas, la Madame Adivina tenía muchas ganas de que una niña le pidiera un deseo. Por eso, aunque Rosanna no tuviera monedas escuchó atentamente lo que su ánimo pedía.
A la mañana siguiente ya era una niña hipersensible. Todo la emocionaba: el roce de una sábana, la humedad de la mañana, una brizna de hierba entre los dedos, cada paso, cada gesto, cada sonido del universo. Pasó años viviendo un estado tan tremendo de exaltación. La hacía muy feliz pero al mismo tiempo la desesperaba. Como si un rey midas fuera, no podía tocar nada sin que la removiera en lo más hondo. Estaba muy cansada. ¿Qué tal un poco de silencio?
Pero incluso el silencio la embriagaba y en el circo todos la conocían por los tumbos que daba.
Se hizo trapecista para atenuar tantos estímulos. El aire ofrecía poca resitencia y los segundos que pasaba suspendida en él eran los más pacíficos del mundo. No tenía miedo al aire, porque la mera idea de navegar durante unos instantes por el espacio la llenaba de gozo, con lo que se hizo una extraordinaria trapecista.
Empezó a pasar cada vez más tiempo en el trapecio y menos en el suelo. Tanta sensibilidad le dolía. Ingenió mil excusas para no bajarse nunca. Tuvieron que trasladar el circo sin desmontar la carpa porque ella insistía en que su próximo número requería mucho entrenamiento. Cada vez la conocían menos. Y al final se olvidaron de ella.
Las funciones continuaban, pero ya ni siquiera anunciaban su número. Ella iba y venía de trapecio en trapecio y el público de vez en cuando creía ver una sombra furtiva cruzar bajo el techo de la carpa. Pero como ya no apuntaban los focos, todo quedaba en nada.
Una noche, desesperada, la trapecista Rosanna buscó un poco más de silencio. Dio cinco volteretas mortales y todavía tuvo tiempo de un medio giro antes de golpearse duramente contra el suelo. ‘Este dolor que siento’, pensó, ‘es por todo el que me he ahorrado’. Y sonrió dulcemente antes de perder el sentido del tiempo.