Posts Tagged ‘lluvia’

Tarde de lluvia

abril 7, 2009

Un caminante venía de lejos. De tan lejos que ni siquiera recordaba su origen. Con el tiempo que había pasado caminando, incluso olvidó a dónde iba. Llegó a un cruce y, con él, a la obligación de decidir. ¿Derecha? ¿Izquierda? ¿Avanzar? ¿Retroceder? Quedó parado durante mucho rato bajo una lluvia que recién comenzaba a caer. Y mientras se mojaba y se hacía más imperativa su elección, el caminante se miró los pies. “Aquí”, dijo, y entonces supo que nunca más se volvería a perder.

Las dos caras de la luna

enero 16, 2006

Dedicado a Clara Torres

El mar les separaba. El mar les unía. El mar les separaba.
Sentada en la orilla, cada lengua de espuma que se le acercaba le traía un recuerdo y luego se lo llevaba. “Los recuerdos serán efímeros”, pensaba, “pero vienen a todas horas”.
Hubo un tiempo no muy lejano en que los dos estuvieron en la misma orilla. Siempre pensó que el mar les contemplaba dichoso y por eso, cuando tuvieron que separarse, fue el mar quien se encargó de traer y llevar mensajes entre los amantes. El mar era un mesajero caprichoso: tendía su mensaje con insistencia, pero nunca lo entregaba. O bien ella no era capaz de tomarlo con las manos y llevárselo. ¿Por qué las grandes cosas a penas pueden abarcarse? ¿Por qué ni siquiera pueden tocarse?
Estaba segura de que al otro lado del océano él también estaba sentado en una playa y que le mandaba las olas que luego ella le devolvía. Era un diálogo silencioso y lleno de amor, pero solitario.
“Soy como la luna”, se decía cuando permanecía toda la noche en la arena, “A veces está llena, a veces vacía, pero siempre está sola. Si yo no puedo hacerme con el mar, él tampoco podrá alcanzar la luna”.
Como la luna, tenia dos caras. En una era una mujer observadora y no le disgustaba invertir mucho tiempo en pensar las cosas. Tenía una poderosa mente que se hacía todas las preguntas: ¿Qué es verdaderamente lo que nos separa?, pensaba. ¿Es el mar? ¿Es la distancia que hay hasta la luna? ¿O acaso será la pretensión de tocar con las manos lo inalcanzable?
“Cuando abro los ojos veo un mar tan grande que me parece imposible que no nos aparte”.
Pero luego la luna menguaba hasta ser tan delgada como un paréntesis. Y llegaba la noche en que éste caía y dejaba al descubierto un cielo infinito sin límites ni puntos de mira. Entonces emergía su cara oculta, un rostro invisible y silencioso donde no se interponía nada. Sin soñar, sin dormir siquiera, podía sentir que habían pisadas en la luna oculta y que el océano sin vigilancia se abría para permitir el encuentro entre los dos amantes.

El hada Agnóstica

enero 16, 2006

Dedicado a Vanessa

Pasó tanto tiempo desde que los hombres abandonaron los bosques para sumergirse en los hollines de la civilización que algunas creencias decayeron. La creencia en las hadas, por ejemplo, fue una de las más abandonadas, incluso por las propias hadas, que también emigraron a las ciudades. Algunas olvidaron por completo su naturaleza, pero otras se quedaron en agnósticas.
“¿Me lo creo o no me lo creo?”, se preguntaba la protagonista de nuestro cuento. Y prefería quedarse en medio a tirar la fantasía por la borda o pasar por loca.
De pequeña se acostumbró a que la tomaran en serio y su magia se reflejaba en todos los espejos. Pero con el tiempo dejaron de animarla y pensó que su tiempo había pasado.
Sin embargo, a veces, sin saber por qué, la música de un violín anónimo le despertaba un enjambre de sensaciones; o una lluvia menuda y una ligera brisa vaciaban de golpe su mente y la fantasía se abría paso; o bien sentía como por azar un calor en el vientre que trepaba hasta sus pechos y los sonrojaba. El hada agnóstica se dejaba disfrutar de estas emociones, pero no las compartía con nadie. Prefería guardar silencio para mantenerse a salvo de los incrédulos (no hay nada más destructivo para un hada agnóstica que la incredulidad ajena).
Por eso permanecía en ese limbo, equilibrio de fuerzas, entre el ser o no ser mágica.
Durante un tiempo anduvo con los pies en el suelo. No estaba acostumbrada y los pies le dolieron. “¿Vuelo o no vuelo?”, decía cuando navegaba por los mares de las dudas.
Y lo cierto es que estuvo a punto de renegar de todo y quedarse en tierra.
Pero había noches en que los sueños llamaban con fuerza a su puerta y no podía evitar recuperar la fe en la magia. Era una fe repentina e incontrolable que la tomaba por los hombros y la elevaba. El calor recorría su cuerpo y el sudor se le antojaba una lluvia excitante de verano. A veces la vergüenza podía con ella y apretaba los muslos con fuerza. Pero otras veces se dejaba embriagar y bailaba desnuda ritmos africanos o gritaba su nombre en lo alto de una montaña, donde se inventaba un rito chamánico. Sólo las hadas saben lo que es estallar en luces y ver signos en todas las cosas. Sólo las hadas saben lo que es elevarse a reinos donde las imágenes se sienten y la música puede tocarse. Sólo ellas saben lo que es tener un séptimo sentido además del femenino.
Pero luego la música se desvanecía, el calor se disipaba y la lluvia se interrumpía. Toda sensación mágica se apagaba y se decía a sí misma: “La magia va y viene, pero a mí no quiere llevarme”. Entonces volvía a su postura agnóstica y salía del cuento por donde había entrado.
El hada agnóstica estaba harta de este sinvivir que era ser y no ser al mismo tiempo. Pero pasó otro invierno y cuando la primavera se presentó tuvo este sueño: Era una oruga corriente y moliente, que prefería no elevarse mucho del suelo. Llegaba el invierno y se fabricaba un nido y se encerraba en él. Se sumía en un profundo letargo y tenía otro sueño como el del hada agnóstica. Y la oruga de ese sueño hacía lo mismo y también soñaba consigo misma. Así sucesivamente. Al final, la última oruga en soñar soñaba que el capullo se abría y ella salía desplegando unas enormes alas de fe renovada. Y de pronto todas las orugas de todos los sueños se transformaban y abrían sus alas al mismo tiempo.
El hada se despertó sobresaltada. El agnosticismo se estaba abriendo.

Cuento del pirata

noviembre 15, 2005

Por más que lo intentaba, el pirata no podía nunca regresar.
Ni atracar en cualquier puerto, ni que fuera al azar.
Vivía de los barcos lujosos
que compartían generosos
su mercancía:
agua, comida o hermosa pedrería.

Ahora lleno, ahora vacío
su barco era como la mar
apenas llegaba a una orilla
ya se tenía que retirar.

Sus puertos eran, de momento,
las grandes ballenas, junto a las que se paraba a meditar;
eran los arrecifes de corales que bajaba a explorar;
eran los terrores de la noche y la tempestad;
era la dulce caricia de una sirena al pasar;

“¿Qué buscas en tierra”, le preguntaba el grumete al capitán
“Que no encuentres en la mar?”

De la mar yo conozco cuanto se puede averiguar
Tanto las olas que brotan de día
como los secretos de ultramar.
Nací en una playa,
donde la aprendí a amar
y ahora que soy pirata
es mi campo de arar.

Mar podría ser mi nombre
si no tuviera compostura que guardar.

Pero ay la tierra !,
por la tierra, quien más quien menos,
todos saben caminar,
en la tierra, quien más quien menos,
todos saben estar
Y yo no sé de ella,
más que la forma que el horizonte me quiere mostrar.
Envidio a las gaviotas, que ambos mundos pueden gozar”.

El capitán teme que su barco embarranque
cuando llegue la hora de zarpar,
que no alcance las botas y no se pueda marchar,
que confunda la hora y nunca la vuelva a encontrar,
el capitán teme que pisar la tierra le arranque del mar.