Posts Tagged ‘libertad’

Mi tiempo es mi realidad

marzo 23, 2009

Estoy comprobando que es fundamental para ser feliz estar en el tiempo de uno todo el tiempo. Cuál es ese tiempo? El presente. El aquí quiero hacer esto y ahora. La libertad. Dejarse ser. Entonces me estoy entrenando para salir de los otros tiempos. El tiempo de las noticias, el de la política -cada vez están más locos, no tienen ni puta idea de lo que hacer-, el del reloj del ordenador o del móvil, el tiempo del trabajo y de los impuestos, de las deudas con el banco y de los plazos. Quiero sacudirme todos esos tiempos de encima y quedarme con uno: el mío. Fuera los tiempos ajenos, los tiempos de planes para mañana y para dentro de un año, los tiempos escurridizos y apresurados -son una plaga-, fuera los tiempos ajustados y los demasiado holgados que nunca llegan. Hola presente, hola desde hoy haré solo lo que me de la gana, hola me desenchufo y me voy por mi camino.

Ergo, ahora que estoy escribiendo es el momento más feliz de mi vida. Porque estoy haciendo justo lo que deseo. Sin ninguna presión ni problema de nada. Mi realidad es que soy un escritor libre, que escribe al viento y que nunca publicará un libro, si no es que requiere un soporte impreso, a menos que cambie de opinión, que puede ser. En todo caso, lo que siento es que salgo de una burbuja ficticia para entrar de pleno en el mundo.

Una de las primeras consecuencias de este cambio es que hay que soltar cosas. El trabajo por ejemplo. Yo no puedo estar en dos tiempos al mismo tiempo. Estoy totalmente comprometido con mi tiempo, no puedo ocuparlo trabajando en lo que no quiero. Ni quiero entrar en el sistema. Para cobrar 200 euros tienes que pagar autónomos por valor de 250, luego haz una declaración del IVA, otra de la renta, paga el autobús, yo que se. No puedes. Legalmente claro, en este pésimo sistema que un patanatas ha inventado y todos por pereza hemos seguido. Cuanto más ganas, más atado estás al sistema, a los bancos, al coche, a la casa, a la relación de pareja, a los hijos… A los bancos sobre todo. Entiendes que tu vida consiste en pasarlo bien con tu familia o amigos, pero que el coste son 8 horas diarias de curro cinco días a la semana. Te queda un fin de semanita, que uno te lo bebes y otro te lo duermes. Estás en la mitad del podio, porque tienes trabajo, coche e hipoteca. Sueñas con ganar más y tener todo lo mismo pero más grande -lo que no se puede agrandar no se puede-, sueñas con que te enamoras de nuevo de tu mujer o de otra. Llegarás a ser más feliz. Entonces entiendes que depende de tí y te esfuerzas más en el trabajo, pero ya ves que tomará años. Puede que vayas escalando y mejorando tu nivel de vida, y te separes de los que tienen que asegurarse el salario, los que van justos de dinero o los que nunca han viajado a Nueva York.
Cuando después de mucho viaje y trabajo llegas a ese lugar, te pones las zapatillas y te dices: bueno, ha llegado la hora de disfrutar de mi libertad. Me la he ganado. Te pones tus pantuflas y zas. Enciendes la tele.
O sea. Has estado remando durante años para darle tu dinero a alguien y lo que recibes a cambio son anuncios y programas de entretenimiento. O sea, para entretenerte o tenerte distraído. Vas a pasarte el resto de tu vida haciendo zapping o, con suerte, despidiéndote de los lugares donde nunca estuviste. Te mueres y listo, me traigan otra gallina al gallinero. Te reemplazan. Puede que lo hagan antes, cogiéndote desprevenido. Hay tantas maneras como granjas.
Pero resulta que estamos de suerte. Seguimos siendo humanos. Tenemos un gran poder para cambiar las cosas y sólo tenemos que despertarlo. El sistema se ha asegurado de que ese poder permanezca oculto, anulado. Está tan bien montado, con una tecnología espiritual tan buena, que el sistema te va implementando en el cerebro desde niño una serie de mensajes, que previamente ya han aceptado tus papás y los papás de tus papás. Luego alimentan esos mensajes con publicidad, propaganda, etc.. No dejan de insultarte para que aspires a ser otra cosa de lo que eres. Para que no te aceptes como eres, para que no seas tú. En la medida que puedan tenerte deseando ser otro, no serás tú. Así de simple. Estarás como una marioneta en manos de las campañas de cremas para la vejez. Tú sigues esas corrientes o te resistes. Puedes ser de las presumidas o de las hippies que renuncian por despecho. En cualquier caso vas a favor o en contra, y eso en el lenguaje tirititero es pie arriba, pie abajo. No nos preguntamos a dónde nos lleva determinado ideal. Y sobre todo, quién nos lleva. La belleza es hermosa y valiosa. Pero viene un tipo corta un cacho que le parece bien y la etiqueta: cocacola. Eso no es belleza simplemente porque la tapa un logo. Entonces, ¿quién conduce el coche? Si lo conduces tú, márcate tus propios ideales y persíguelos. Si dejas que conduzca otro, ya puedes cerrar los ojos y dormir tranquilamente el resto del viaje.
Si es que no te despierta la sacudida de un terremoto. Porque la crisis arrecia y sirve para despertar a los dormidos. Sacarlos de sus casas, ponerse las pilas y cambiar el mundo en el que se han instalado. Y recuperar, de paso, su amor propio y libertad.

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Libro de magia

enero 16, 2006

Dedicado a Sombra

Capítulo 1: el obstáculo
Había un obstáculo que no se quitaba de enmedio. Todo el tiempo se lanzaba delante de un pié o de una cabeza para que se dieran un golpe con él. El obstáculo tenía vocación de subsistencia. Y era obstinado el tío. Aparecía en las conversaciones profundas para interrumpirlas, se intercalaba entre dos buenas razones para hacerlas malas, disimuladamente separaba el hambre de las ganas de comer, y en general causaba mucho estropicio en la cadena alimenticia.
Eso sí, el obstáculo tenía una identidad profunda y definida que se manifestaba repetidamente. Quiero decir que siempre tenía la misma forma: un punto y una coma, uno encima del otro, como en una actitud de burla. ¿Te paras o continúas?, parecía preguntar todo el tiempo. Y claro de tanto dudar uno se daba de tropezones todo el tiempo y al final acababa en trastazo: ¡zas,….(recorrido del individuo en el aire) amén! (exclamaban las viejas cuando oían el golpetazo). Era un obstáculo muy pesado.

Capítulo 2: el limbo
Algunos viajeros que tropezaron con el obstáculo cayeron en un limbo donde no existían las direcciones, sólo los círculos. Y como el ambiente ya hacía tiempo que estaba creado no resultaba difícil, en el fondo, sentirse cómodo, aunque el local fuera oscuro y borroso. Allí los viajeros, en plena parada técnica confiaban en que sus medios de transporte fueran arreglándose. Que se reparara el motor, que se reparara la abolladura, que arreglaran el espejo retrovisor o limpiaran el tubo de escape. Pero en el fondo no tenían la menor confianza en el taller, que por otro lado nunca habían visto. ‘Llegará mi turno’, decían como mucho entre copa y copa de vino.

Capítulo 3: se levanta el telón¿Has visto El discreto encanto de la Burguesía, película de Buñuel? Cuando se levanta el telón el susto no se lo lleva el público, sino los actores, que de pronto ven que habían estado existiendo en márgenes muy estrechos. La taberna de locos queda al descubierto y por un momento se miran entre ellos: las manos alzando las copas, la mirada perdida, una rima compleja, otra sencilla. De pronto se caen todos los nombres y los apellidos, por un instante todos ellos son el mismo. Han estado repitiéndose como el famoso obstáculo, insistiendo para ser vistos. Y ahora están a la vista de todo el mundo. Por fin todo su atrezzo cobra sentido pues tiene testigos. Y ahora que el actor ha transmitido su mensaje ya puede dejar la obra, dejar su ropa y cambiar de escenario. Porque los buenos actores usan el punto para representar a su personaje y la coma para abandonarlo.

La soñadora profesional

enero 16, 2006

Dedicado a Isa

Tenía una de esas profesiones que la Seguridad Social no contempla. A cambio, el Universo le pagaba con creces en especias (el amor, la fortuna, la vida, que son especias caras y cada vez más demandadas). Era, con todo, un trabajo aparentemente simple. Su oficina era una colina de hierba larga cerca del mar que a pocos metros se enredaba con la arena. Sentada con los brazos alrededor de las rodillas miraba el cielo sin intenciones, permitiendo a las nubes que fueran lo que les daba la gana sin imponerles ninguna fantasía propia.

Pero he aquí que algunas veces una tormenta arreciaba, las nubes se apretujaban y no era difícil imaginar que estaban muy enfadadas. Cualquier otra persona se habría alejado corriendo de la playa, pero ella era una soñadora profesional. Su trabajo consistía en cerrar los ojos y llevarse dentro la tormenta. Entonces dormía y se ponía a soñarla. En sus sueños la tormenta siempre descargaba contra el mar toda la ira que llevaba. Y el mar llevaba la ira a la playa y en la playa la ira era espuma que la arena amorosamente desmenuzaba.

Cuando por fin abría los ojos la tormenta ya se había liberado y la playa moteada dejaba que el mar, poco a poco, se llevara de nuevo el agua al agua.

“Por fin, la calma”, decían los primeros paseantes de la costa cuando salía el sol. “Y aquella joven”, decían al verla a lo lejos, “Siempre parece que esté en las nubes. Cualquier día una tormenta la arrastra!”.

“No creo”, decía una viejecita que la conocía bien, “Las tormentas solo la buscan para que las ame con todo el alma”.

La flecha envenenada

enero 16, 2006

Dedicado a Scarlett

Las flechas surcaban el cielo durante la batalla. Al cielo sólo llegaban con el propósito de abandonarlo después de trazar su parábola. El cielo, como observador imparcial, se prestaba. “Yo ni entro ni salgo en el curso de la batalla”, decía el cielo mientras ofrecía sus nubes como descanso para los caídos.
Eran los tiempos en que las guerras se decidían según mandaban las estrellas. Ambos ejércitos sabían de antemano que la suerte estaba echada y aun conociendo su destino lo aceptaban. Los vencidos se entregaban a la muerte sin derramar una sola lágrima y habiendo guerreado con todas sus fuerzas y valentía. El destino no importaba, sólo la manera de llegar hasta él.
Pero en el ejército de los derrotados había un arquero que no se resignaba a su sino. Con el deseo de liberarse de su yugo, impregnó una de sus flechas con veneno y la disparó hacia el imparcial. Emponzoñado, el cielo, hasta entonces impasible, comenzó a revolverse de dolor, abriendo brechas por donde rayos y truenos se arrojaron indiscriminadamente contra ambos ejércitos.
La batalla se volvió sangrienta. Rotas las reglas del cielo, rota la harmonía, la confusión se instaló entre los guerreros. Muchos destinos se alteraron y la parca se dio festines inesperados. El cielo, herido, no distinguía el negro del blanco. El arquero de la flecha envenenada miraba con estupor desde las almenas la furia de los vientos y de los fuegos y se preguntaba si no habría sido preferible entregar libremente su cabeza a desatar una destructiva tormenta. Durante las horas que siguieron el arquero reflexionó con miedo sobre su acto de rebeldía y se subió a la torre más alta para ofrecer su vida al primer rayo que el cielo furioso quisiera enviarle.
Subido sobre la almena más alta, los brazos extendidos, el arquero arrepentido gritaba que le partiera un rayo. Pero todos pasaban de largo. Algunos derribaron muros, otros destruyeron maquinarias y la lluvia torrencial arrastró a las caballerías. Hasta que al fin cayó la noche y el cielo se retiró, agotado, para dar paso a una luna llena.
La luna alumbraba todo el campo de batalla. Ambos ejércitos yacían descoyuntados entre las colinas y las murallas del castillo. Ninguno había tomado la victoria por su mano.
Arrodillado sobre la almena, el arquero le preguntaba a la luna por qué no había recibido su castigo por alterar el destino de la batalla. La luna, tomando una nube delgada para vestir de dulzura sus palabras, le respondió: “¿Castigo? Querido amigo, ¿no tienes bastante con las consecuencias de lo que has causado? Sonríe, porque eres al mismo tiempo libre y esclavo, puesto que puedes hacer lo que te complazca y, sin embargo, no podrás evitar nunca los efectos de tus actos”.