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El trayecto de la lagartija

diciembre 13, 2005

Se diría que la lagartija es un animal que se mueve rápido. Nada más lejos de la verdad. Una lagartija no se mueve en absoluto. Puede decirse, en todo caso, que la lagartija se traslada a toda velocidad de quietud en quietud, de silencio en silencio, de impermanencia en impermanencia. Un animal con necesidad de desplazarse podría hacerlo con suma lentitud cuando no encuentre ningún motivo para la prisa. La lagartija, sin embargo, no tiene esa necesidad. Si por ella fuera permanecería inmóvil, sustentada por sus dedos prensiles a una larga pared de yeso expuesta a la luz del sol.
Es un animal observador. Quizá esa sea su máxima función. Tan sólo la obliga su sentido de la supervivencia (no ignora que habita un mundo depredador) y un azaroso impulso por cambiar de vez en cuando su punto de vista sobre la realidad que contempla. A diferencia de otras especies para quienes la inmovilidad es una defensa, para la lagartija es un estado natural. Como especie contemplativa que es, deja que el mundo transite libremente ante su mirada, que no busca ni desea.

Se ha hablado y escrito mucho acerca de las pequeñas y frecuentes realizaciones de la lagartija. Son momentos luminosos en su existencia en los que de pronto, fruto de su contemplación, comprende algo en su más íntima esencia. Esto suele suscitar un nuevo desplazamiento o, en algunos casos, un rotundo cambio de piel. De esto podría deducirse que este ser evoluciona y sigue, por tanto, alguna suerte de proceso o camino espiritual. De nuevo debemos matizar mucho la manera en que esto sucede.

Una lagartija, por su comportamiento, carece de trayectoria. Ni siquiera reúne inteligencia para establecer la diferencia temporal y espacial entre un punto A y un punto B. No la necesita. Tampoco necesita analizar lo que ve ni juzgarlo. Le basta con mirar. Al no hacer distinción entre un lugar y otro ni considerarse nunca más cerca o más lejos de una meta, puede afirmarse que la lagartija permanece ‘fija’ en un infinito donde las coordenadas son indiferentes. De la misma manera que no importa el lugar que ocupe un punto dentro de una línea, que no deja de ser por ello fundamental para que la línea exista.

Pero si hay algo realmente interesante en el comportamiento de un ser tan ascético es que le gusta mostrarse a nuestros ojos. Existe algo mágico y poético en su exhibición de fragilidad. Sin miedo, su débil constitución se muestra y se deja examinar, a veces incluso atrapar. Y en estas ocasiones, escasas, en las que una caza de lagartijas ha dado su fruto, se produce un fenómeno que no es ni extraño ni poco extraordinario: somos testigos de su capacidad de desapego cuando sacrifica su cola para desaparecer sin dejar huella entre la maleza.

Lo cierto es que todas sus desapariciones las vive el observador espontáneo como una pérdida. No sin pesar se queda frustrado con una cola entre sus dedos cuando lo único que quería era sostenerla un rato. Entonces, al sentimiento de pérdida se le une otro de culpa.

Sin embargo, la lagartija, que es una seductora nata, nunca deja rastro cuando se marcha. Sin huellas no puede trazarse una línea ni un camino, no hay origen ni destino, no existe otro tiempo que el presente. Si la lagartija encontrara sus propias huellas las seguiría y viviría en círculos por el resto de su vida. En cuanto al Hombre al que sedujo, por un lado borra el sentimiento de pérdida al entregarle una parte de sí misma y por el otro borra el sentimiento de culpa al darle a entender que volverá a crecerle otra cola.