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El camino del Loco

enero 16, 2006

Dedicado a Raquel

Tiene el tarot una carta especial por dos motivos. Una porque no tiene número y no responde a ningún orden, aunque suele situarse al principio de la baraja. El otro motivo es que es pura energía y la contagia a las demás cartas.
En cualquier camino el Loco encuentra un destino y si cambia el rumbo también lo hace su sino. Es por eso que el camino del loco es simplemente creativo.
El Loco no se sitúa ni se ubica, tanto le da el mar como la montaña. El loco no mira donde pisa, sino que vuela mientras la tierra corre a sostenerle. “No soy yo quien anda, sino el mundo el que viene a mi encuentro”, diría.
También es una carta de principios, de inicios, y quien la lleva encima no conoce jamás el final de la historia porque antes de que la alcance ya ha empezado otra.
El camino del Loco comienza con un nombre que en seguida se desprende, como la memoria y las intenciones. Cuesta seguir a quien no tiene otro propósito que nacer de nuevo con cada amanecer.
El camino del loco no conoce el desaliento, porque incluso los espejismos sirvieron para llevarle lejos. El camino del loco tiene vida propia y se estira y se acorta, se retrasa, se acelera, serpentea bajo cada paso que el caminante pone en el suelo. El camino del loco desaparece tras sus pasos y no existe por delante. El camino del loco, tiene vida propia y busca quien le un sentido por el mero hecho de ser andado.
El loco y su camino han hecho un trato: el loco ama su camino, aunque no lo mira, porque confía. Y el camino ama al loco, porque cada pie que pone sobre su tierra es una semilla que le siembra.

El termómetro

enero 16, 2006

De pronto el planeta entero se contuvo. La inocente exploración de un niño en el jardín de su casa había dado con el agujero más profundo jamás descubierto. “No sabemos lo que se esconde ahí abajo”, dijo el General Tomas Hawks, responsable de las unidades de asalto de Minessota, “pero de una cosa sí estamos seguros: es de este mundo”.
En seguida los equipos de Seguridad Nacional se encargaron de establecer un perímetro de seguridad alrededor de la casita familiar y una corte de científicos aislados en sus trajes especiales empezó a hacer estragos en la cocina. “Es que este trabajo da mucha sed”, decían para justificar que no dejaban lata de cocacola con chispa de vida.
“Los análisis demuestran que nos encontamos ante un termómetro terrestre”, declaró a la TV el jefe de investigaciones. “Parece ser que hay una sustancia palpitando ahí abajo que responde a unos estimulos que no hemos identificado. Hemos detectado que dicha sustancia asciende cada vez a mayor velocidad hacia la superficie. America debe prepararse para lo peor”.
¿Será que la tierra tiene fiebre? ¿Será una amenaza? ¿Un volcán de cuello estrechísimo en medio de una urbanización rosada? Los medios de comunicación se encargaban de propagar un mensaje de inseguridad nacional. “Debemos estar todos acojonados”, se justificaba el director de Informativos, “porque si ocurre algo malo mejor estar protegidos que expuestos”.
Algunas voces civiles y científicas propusieron tapar el agujerito. Si es una mierdecilla de diez centímetros, decían. A eso se le mete un buen corcho y listo.
Pero uno de esos científicos borrachos que en las películas no tienen más remedio que ir a rescatar del desierto, dijo: “No recomiendo taparlo con corcho. Sin la ventilación adecuada la sustancia podría implosionar y provocar un desastre de consecuencias incalculables”.
¿Y qué sugieres que hagamos, listo?, le dijeron los demás.
“Hagamos lo único que podemos hacer como científicos”, respondió muy tranquilo. “Tomar la temperatura y punto”. Y dicho esto se bebió la última cocacola que quedaba en la nevera.

El barril

diciembre 7, 2005

Empezó siendo un tubo de ensayo, ligero de cristal. Contuvo algún líquido extraño que con el aire empezó a reaccionar. Inquieto ante los posibles desperfectos el tubo se hizo de metal. Poco a poco el líquido se volvía a transformar, y de tubo paso a cubo y de cubo a barril de madera sin tratar.
El barril se propuso todo aquel líquido fermentar. Lo guardaba en unas condiciones propias de una mamá. Sólo había una cosa ante lo que el líquido reaccionaba mal: los clavos de hierro que en él se venían a mojar. Así que uno a uno los fue a quitar. Cambió los puntos por las comas y a veces por un espacio sin más.
Libres de clavos los tablones aguantaron un poco más, pero al final cedieron y todo el líquido se empezó a desparramar.
Tendido en el suelo, el barril despojado volvió a ser tubo de cristal, y agonizando pensaba si lo que había ocurrido estaba bien o estaba mal. Temió que de pronto todo fuera a estallar.
Pero el líquido era agua. Sin más.
Los clavos, descolocados, se comenzaron a oxidar. Habían estado vigilando algo que no se tenía que guardar. Pronto los demás clavos los comenzaron a imitar. Saltaron los clavos de los cuadros y de las vigas de metal. Saltaron los de las sillas y las mesas, los de los mapas y las herramientas. Saltaron también los que servían para grabar en las piedras la ley natural. Todos llovieron sobre el tubito de cristal, pero protegido por el agua que le rodeaba no lo pudieron tocar.
Sin clavos la madera volvió a echar raíces y los paisajes de los cuadros se fueron a mezclar. En el suelo el agua era como el alta mar.
Y como un barquito flotaba en ella un pequeño tubo de cristal.