Posts Tagged ‘felicidad’

Las dos caras de la luna

enero 16, 2006

Dedicado a Clara Torres

El mar les separaba. El mar les unía. El mar les separaba.
Sentada en la orilla, cada lengua de espuma que se le acercaba le traía un recuerdo y luego se lo llevaba. “Los recuerdos serán efímeros”, pensaba, “pero vienen a todas horas”.
Hubo un tiempo no muy lejano en que los dos estuvieron en la misma orilla. Siempre pensó que el mar les contemplaba dichoso y por eso, cuando tuvieron que separarse, fue el mar quien se encargó de traer y llevar mensajes entre los amantes. El mar era un mesajero caprichoso: tendía su mensaje con insistencia, pero nunca lo entregaba. O bien ella no era capaz de tomarlo con las manos y llevárselo. ¿Por qué las grandes cosas a penas pueden abarcarse? ¿Por qué ni siquiera pueden tocarse?
Estaba segura de que al otro lado del océano él también estaba sentado en una playa y que le mandaba las olas que luego ella le devolvía. Era un diálogo silencioso y lleno de amor, pero solitario.
“Soy como la luna”, se decía cuando permanecía toda la noche en la arena, “A veces está llena, a veces vacía, pero siempre está sola. Si yo no puedo hacerme con el mar, él tampoco podrá alcanzar la luna”.
Como la luna, tenia dos caras. En una era una mujer observadora y no le disgustaba invertir mucho tiempo en pensar las cosas. Tenía una poderosa mente que se hacía todas las preguntas: ¿Qué es verdaderamente lo que nos separa?, pensaba. ¿Es el mar? ¿Es la distancia que hay hasta la luna? ¿O acaso será la pretensión de tocar con las manos lo inalcanzable?
“Cuando abro los ojos veo un mar tan grande que me parece imposible que no nos aparte”.
Pero luego la luna menguaba hasta ser tan delgada como un paréntesis. Y llegaba la noche en que éste caía y dejaba al descubierto un cielo infinito sin límites ni puntos de mira. Entonces emergía su cara oculta, un rostro invisible y silencioso donde no se interponía nada. Sin soñar, sin dormir siquiera, podía sentir que habían pisadas en la luna oculta y que el océano sin vigilancia se abría para permitir el encuentro entre los dos amantes.

El pedestal (version II)

enero 16, 2006

Cada noche el sultán daba su paseo por los jardines del Alcázar, y cada noche su recorrido azaroso se detenía frente a la estatua majestuosa de la reina. Apretaba las manos justo debajo de la espalda y suspiraba profundamente. Su mirada era un baño de néctar amoroso que recorría el marfil de la figura de punta a punta. El sultán se sabía débil cuando permanecía inmóvil frente a la estatua. Cualquiera hubiera podido hundirle un puñal y él ni siquiera se habría quejado. Ni siquiera se habría sentido digno de defenderse. Frente a la belleza de la reina, y a sus pies, todo eran burdas anécdotas de la condición humana. El mármol blanco desplegaba haces de luz de luna sobre el estanque y el trazo limpio y dulce de las formas grabadas contorneaba el alma del sultán hasta convertirlo en un muchacho deslumbrado.

Pero lo más maravilloso era la altura de la figura, que se erguía solemne sobre el pedestal de oro. Lo había mandado fabricar él mismo, siguiendo sus estrictas indicaciones y supervisando cada etapa del proceso. Los mejores orfebres y artistas del reino prestaron sus servicios para crear el pedestal más bello jamás diseñado. Y sobre aquella base dorada, ornamentada con finas cenefas, se levantaba la figura de su maravillosa reina, su amada esposa. No había lugar más digno para ella en todo el reino. Era además, el pedestal donde el sultán había puesto todo su corazón. Ni un palmo de más ni de menos. Su corazón abarcaba toda la pieza de oro. Era la manera que tenía el noble de elevar las cosas sagradas.
Por eso, cuando la escultura fue destruida tras la traición de la reina, el pedestal dorado quedó libre y el sultan pudo encumbrar en él el resto de las cosas que le parecía bellas.

Historia de una ráfaga de aire

septiembre 13, 2005

Como un pájaro descolgándose de la manada, la ráfaga de aire aprovechó la inercia del tornado para arrojarse lejos donde no pudiera acosarla misión alguna. O al menos ninguna en particular.

Al principio, la ráfaga recorrió cientos de kilómetros sin esfuerzo alguno, dejándose llevar por corrientes más poderosas que la conducían de norte a este y de este a oeste, turnándose unas con otras. Su cuerpo de ráfaga era tan sutil y ligero que podía acomodarse tranquilamente en un viento de poniente sin hacer el menor ruido ni llamar la atención para nada. Luego se pasaba a una tramontana y conocía las costas de una península. Viajaba así la corriente, cómoda y gratis, libre de programas, funciones y razones. Libre como quien se ha librado de ir a la guerra.
Su libertad la aprovechaba la ráfaga para hacerle el amor al mundo. Ora se enrollaba a un tronco de cedro, ora se dejaba degustar por las copas de los pinos. Cuando quería tomaba altura y se arrojaba contra las colinas de césped, o se paseba por las cumbres y se acurrucaba bajo un inmenso glaciar.

Una noche la ráfaga vagaba sin rumbo entre las ramas de un bosque. Llegó a un claro y decidió rodearlo para adquirir una experiencia acerca de su tamaño. Era un claro enorme. La rágafa percibió un calor que provenía del claro. Como narrador omnisciente revelaré que se trataba de una hoguera. Las ráfagas de viento no entienden la realidad como la nosotros, de manera que su experiencia de una hoguera pasaba por entrar en contacto con ella. La ráfaga se lanzó hacia la hoguera y pasó silbando entre los troncos de madera que la sostenían. Ambos, hoguera y ráfaga, notaron al mismo tiempo el efecto de su encuentro. Estaban hechos el uno para el otro. Volvió la ráfaga a lanzarse contra el fuego, pero esta vez se detuvo a danzar con él, cuyas brasas se abrían gozosas y ardientes para iluminar su llegada. Fuego y aire danzaron aquella noche y la ráfaga conoció el sexo.

Tiempo más tarde la misma ráfaga volvió a percibir calor cerca de ella y corrió a lanzarse de cabeza para avivarlo. Sin embargo, por extraño que parezca, esta vez el calor se extinguió en vez de excitarse. Como narrador omnisciente revelaré que esta vez el fuego provenía de una vela y que aquella noche la ráfaga conoció la muerte.