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El largo corredor

enero 16, 2007

Cruzaba todo el palacio de extremo a extremo, de la cocina a los salones. Era un pasillo profundo, protegido del exterior por largos y pesados cortinajes. El pasillo en sí era tan estrecho que solo dejaba lugar para el cuerpo de un hombre delgado, pero luego se ensanchaba a medida que las paredes se extendían hacia los techos altos, casi escarpados. No había, pues, muebles a lo largo del longitudinal corredor, ni nada a lo que asirse, ni tampoco puertas que condujeran a alguna cámara de reposo. Solo enormes cuadros de marcos gigantescos cuyas telas a penas podían verse de tan angosto como resultaba el punto de mira.
Un mayordomo recorría el largo pasillo cada día varias veces. Prácticamente ese era su único trabajo. Portar la bandeja con el té, volver a por azúcar, cambiar las cucharillas, traer un tentempié, o un vaso de agua. Y en cada ocasión tardaba treinta y cinco largos minutos en completar el recorrido. No tenía, pues, tiempo en su día laboral para otra cosa, y considerando que la mayoría de las veces los Señores pedían un vaso de leche a medianoche, tampoco le quedaba mucho libre.
Había otros mayordomos y otras ocupaciones. Había oído decir que justo al otro lado de los muros de su pasillo se sucedían las salas nobles, salas de música, de pintura, de descanso, de recreo, cámaras secretas y cuartos de coser. A pesar del denso cortinaje su bandeja temblaba en ocasiones cuando creía recibir, del otro lado, un eco entrecortado de risas. O de llantos.
¿Y arriba? ¿Qué habría más allá de la oscuridad cenital apenas censurada por los ineficientes candelabros? ¿Luz, si acaso? ¿Era de esa remota ilusión que provenían los fugaces y misteriosos reflejos que a veces brotaban de la tetera de plata? ¿Y si ese no fuera el misterio? ¿Y si el misterio fuera que ese corredor, de tan largo, terminaba siendo curvo e incluso circular? ¿Podía asegurar que no estaba rodeando todo el palacio en vez de atravesarlo? Quizás la cocina estaba justo al lado de los salones y él estaba tomando el camino más largo.
En realidad nadie le había dado instrucciones para hacer su trabajo de mayordomo. Las había tenido que suponer todas.
Supuso que un gran palacio debía contar con un largo corredor oscuro lleno de cuadros, de techos altos, y que un buen mayordomo recorrería incesantemente ese pasillo transportando pequeñas cantidades de comida y bebida; supuso que debía evitar a toda costa hacer el menor ruido a pesar de que las alfombras y las cortinas lo amortiguaran; supuso que era normal no ver nunca a sus Señores y haberse acostumbrado a no oír tampoco la campanilla cuando le reclamaban: sencillamente suponía lo que era necesario hacer en cada momento.
Tenía todo el tiempo del mundo para hacer especulaciones. O al menos todo el tiempo que se le pueda suponer a un mayordomo medio ya entrado en años. Porque se supone que era el mayordomo, no?

El barril

diciembre 7, 2005

Empezó siendo un tubo de ensayo, ligero de cristal. Contuvo algún líquido extraño que con el aire empezó a reaccionar. Inquieto ante los posibles desperfectos el tubo se hizo de metal. Poco a poco el líquido se volvía a transformar, y de tubo paso a cubo y de cubo a barril de madera sin tratar.
El barril se propuso todo aquel líquido fermentar. Lo guardaba en unas condiciones propias de una mamá. Sólo había una cosa ante lo que el líquido reaccionaba mal: los clavos de hierro que en él se venían a mojar. Así que uno a uno los fue a quitar. Cambió los puntos por las comas y a veces por un espacio sin más.
Libres de clavos los tablones aguantaron un poco más, pero al final cedieron y todo el líquido se empezó a desparramar.
Tendido en el suelo, el barril despojado volvió a ser tubo de cristal, y agonizando pensaba si lo que había ocurrido estaba bien o estaba mal. Temió que de pronto todo fuera a estallar.
Pero el líquido era agua. Sin más.
Los clavos, descolocados, se comenzaron a oxidar. Habían estado vigilando algo que no se tenía que guardar. Pronto los demás clavos los comenzaron a imitar. Saltaron los clavos de los cuadros y de las vigas de metal. Saltaron los de las sillas y las mesas, los de los mapas y las herramientas. Saltaron también los que servían para grabar en las piedras la ley natural. Todos llovieron sobre el tubito de cristal, pero protegido por el agua que le rodeaba no lo pudieron tocar.
Sin clavos la madera volvió a echar raíces y los paisajes de los cuadros se fueron a mezclar. En el suelo el agua era como el alta mar.
Y como un barquito flotaba en ella un pequeño tubo de cristal.