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El Maestro del Ying y del Yang

noviembre 8, 2007

En el japón medieval (por lo menos) habían magos que se dedicaban a mantener el equilibrio entre las fuerzas del bien y del mal. Utilizaban sus profundos conocimientos del Ying y del Yang para armonizar energías, repatriar espíritus, obturar puertas dimensionales y calmar los ánimos de algún asustadizo.

Uno de sus más grandes maestros era Seimei, autor de grandes prodigios y hombre de exquisita delicadeza. Seimei tenía un discípulo, Hiromasa, a quien apreciaba por su gran corazón.

“Es inaudito”, le dijo Hiromasa a Seimei en una ocasión, “que el corazón pueda volverse maligno”.

“Ciertamente”, respondió Seimei, “un hombre como tú no conoce la malicia”.

En una ocasión un mago presuntuoso empleó todo su poder en romper el sagrado equilibrio entre el Ying y el Yang. Con objeto de demostrar su poder lanzó un conjuro de tal magnitud que ambas fuerzas comenzaron a repelerse.

Primero fueron sus grandes masas las que comenzaron a rectificar su curvatura.

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Durante el proceso todo lo existente reaccionó como si fueran el resultado de un reflejo. El bien y el mal se posicionaron frente a frente, arrasando con todos los matices. Muchos tuvieron que decidir en aquel mismo momento de qué lado estaban. Los que no lograron dar el paso a tiempo se quedaron atrapados en una dolorosa forma de esquizofrenia.

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Al cabo de un tiempo sólo quedaban en pie Seimei y el Brujo, pisando sus opuestos a modo de punta de pie sobre el umbral de lo desconocido. Así estuvieron un rato, colgando cual estrechos balcones sobre el abismo. Era un abrazo, cada vez más estrecho y resbaladizo, cada vez más inclinado a la tragedia.

Para Seimei sería fatídico el día en que el Ying y el Yang se separa, quedando así:

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El vacío y la plenitud divididos significaban la esterilidad del mundo y de la belleza. Nada podía ser creado ni destruído. Literalmente se detendría el mundo.

Menos Seimei, claro. Y el Brujo que lo había provocado.

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Seimei era el vigilante natural del Ying y del Yang. Su ser también se comportaba como un espejo del sagrado equilibrio, pero a diferencia del resto de las personas, Seimei tenía el poder de influir en las sagradas energías. Su evolución espiritual era tan fuerte que no había diferencia entre las fuerzas naturales y él mismo. Sin embargo, y a pesar de que gracias a esta ventaja mantenía el equilibrio, el conjuro ya estaba manifestando consecuencias desastrosas.

Los primeros en sentirlo eran los animales, luego las personas y finalmente una larga escala de cosas. En todas las especies se escindieron: machos o hembras, reptiles o cuadrúpedos, terrestres o acuáticos, carnívoros o herbívoros. Toda evolución quedó detenida y los indecisos desaparecieron.

En cuanto a las personas, primero fueron sus cualidades internas las que se alteraron. La ira se separó del miedo, el miedo a su vez se apartó del sufrimiento, y éste del amor. Pronto los individuos encadenaban demostraciones extremas y espontáneas de rabia o de risa, sin saber por qué ni en qué momento. Toda inhibición había desaparecido. Todos se volvieron locos, porque incluso la mente se separó del alma.

Mientras todo esto sucedía Seimei tomó a Hiromasa bajo su protección y lo entrenó para que no sucumbiera en la dualidad. Fue así como Hiromasa, futuro cronista de Seimei, fue testigo del prodigio más grande jamás realizado por un maestro del Ying y del Yang.

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Seimei estaba tranquilo. Sólo un hombre elevado como él podría mantener la calma en una situación tan crítica. Incluso parecía que sonreía. Frente a tantos y tan numerosos desastres causados por la alteración del Ying y del Yang no mostraba la menor aflicción. Es más, sabía que los planes del brujo no terminaban aquí. La división entre el Ying y el Yang no era más que un pretexto para su verdadera misión: hacer triunfar la oscuridad sobre la luz. El Brujo soñaba con algo así:

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Para de un simple golpe terminar conquistando todo el Yin:

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Pero el Brujo era muy iluso si realmente creía que Seimei era fácil de vencer.

Seimei se sentó y cerró los ojos. La alta magia era un arte que se disputaba en la consciencia, no en el mundo.

Lentamente, Seimei convirtió su mente en un espejo del Ying y del Yang actuales. Permitió que sus emociones se radicalizasen hasta quedar fracturadas en dos opuestos. Se dejó dividir hasta la frontera misma de la locura.

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Pero al final logró aquietar su mente.

En ese instante estaba tan identificado con el Ying y el Yang que el menor gesto suyo se reproduciría en todo el universo.

Cuando llegó el momento de que su última célula se decidiera por el Ying o por el Yang y quedara partido para siempre, Seimei hizo un gesto.

Trazó con el dedo una espiral en el aire.

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En ese momento todo el poder de Seimei quedó de manifiesto. Su astuta estratagema le habría permitido en ese mismo instante arrinconar al Yang del Brujo.

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Pero Seimei, además de poderoso, era inteligente. Su responsabilidad era mantener el equilibrio entre Ying y Yang, jamás caería en la tentación de apoderarse del Universo. De manera que tras la primera oleada se contrajo y maniobró para devolver todo a su sitio.

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Como frente a un espejo, todas las cosas recuperaron su estado.

Seimei permaneció vigilante en el seno de las sombras y el Brujo quedó atrapado (y protegido) en un páramo de luz.

Seimei abrió los ojos. Lo primero que vio fue a su buen amigo Hiromasa, que se frotaba los ojos incrédulo.

“¿Cómo es posible?”, dijo Hiromasa, “no puedo creer que el universo entero estuviera a punto de sucumbir”.

“Ha ha ha”, rió Seimei. “Por eso, porque tú no puedes creerlo, es imposible que suceda. En verdad eres un buen hombre, Hiromasa”.

Y ambos rieron a gusto mientras el Hada de Seimei les servía el té.

La leñadora

enero 16, 2007

Dedicado a Lizarock

Tu cuento es un camino en un bosque. Es un camino delgado, sinuoso, como el acorde de una guitarra eléctrica: tenso, estridente a veces, oscuro y salpicado de afiladas piedras. Tus pasos son descalzos o como mucho de alpargata. No sabes qué te acecha a los lados, en la espesura, y por eso sigues el hilo de sendero casi de puntillas. Leñadora, aunque delicada. Con el hacha en la mano abres caminos que nadie habría inventado. El filo mellado, rudo incluso, abre brechas entre los miedos densos. No serán vías perfectas, no serán ideales ni trazarán un mapa de carreteras romano, pero adentras la luna en cada centímetro robado al bosque. Y he aquí algo que no sabes: que todo bosque desea ser conquistado y toda bestia domada por su legítima Señora, y si el ramaje se abalanza de nuevo sobre tus espaldas no es para cerrarte el paso o dificultar tu trabajo, sino para seguirte con todo el amor que se le pueda suponer a las zarzas.