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El apostador

abril 22, 2009

Dedicado a Javier

Nació con el don de apostarlo todo, siempre, a cada instante. Apostó su vida a que saldría del vientre de su madre, se jugó su futuro en los exámenes escolares, arriesgó su corazón con cada enlace amoroso y desafió a la muerte más de doce mil veces, es decir, cada día.

No le gustaban, sin embargo, los juegos de azar (“el azar es para quienes no dirigen su vida”, rezaba). No era un jugador, sino un apostador. Tomaba su existencia como una prueba continua de fuego, consciente de que una mañana cualquiera podría perder.

En consecuencia vivía una vida intensa y a ratos ansiosa que le empujaba hacia adelante como una explosión. Apenas tenía una pasión que le ayudaba a olvidarse de sus apuestas: las carreras de caballos.

En el hipódromo quien corría, quien competía y lo apostaba todo era el caballo, no él. Cuando los veía competir se relajaba y olvidaba los retos que la muerte sembraba a su paso cotidianamente.

Hay apostadores y apostadores, y también caballos y caballos. Él no podía tener cualquier favorito. De hecho, no confiaba en los ganadores. Eran previsibles. Conocía a fondo los participantes e invertía cantidades simbólicas en aquellos que le ofrecían un estímulo mayor. Caballos luchadores, para quienes llegar entre los cinco primeros era todo un logro. Tenía un favorito, “Lucho”, que no había ganado nunca una carrera y, sin embargo, era el más luchador de todos. En pocos años había escalado de la undécima posición a la sexta, y no prometía ir mucho más allá, pero en cada carrera lo daba todo.

“Los caballos son como yo”, solía decir, “no piensan en el dinero, ni en la gloria efímera de sus jinetes. Para ellos no importa cómo llegues, pues lo único que importa es llegar”.

El barril

diciembre 7, 2005

Empezó siendo un tubo de ensayo, ligero de cristal. Contuvo algún líquido extraño que con el aire empezó a reaccionar. Inquieto ante los posibles desperfectos el tubo se hizo de metal. Poco a poco el líquido se volvía a transformar, y de tubo paso a cubo y de cubo a barril de madera sin tratar.
El barril se propuso todo aquel líquido fermentar. Lo guardaba en unas condiciones propias de una mamá. Sólo había una cosa ante lo que el líquido reaccionaba mal: los clavos de hierro que en él se venían a mojar. Así que uno a uno los fue a quitar. Cambió los puntos por las comas y a veces por un espacio sin más.
Libres de clavos los tablones aguantaron un poco más, pero al final cedieron y todo el líquido se empezó a desparramar.
Tendido en el suelo, el barril despojado volvió a ser tubo de cristal, y agonizando pensaba si lo que había ocurrido estaba bien o estaba mal. Temió que de pronto todo fuera a estallar.
Pero el líquido era agua. Sin más.
Los clavos, descolocados, se comenzaron a oxidar. Habían estado vigilando algo que no se tenía que guardar. Pronto los demás clavos los comenzaron a imitar. Saltaron los clavos de los cuadros y de las vigas de metal. Saltaron los de las sillas y las mesas, los de los mapas y las herramientas. Saltaron también los que servían para grabar en las piedras la ley natural. Todos llovieron sobre el tubito de cristal, pero protegido por el agua que le rodeaba no lo pudieron tocar.
Sin clavos la madera volvió a echar raíces y los paisajes de los cuadros se fueron a mezclar. En el suelo el agua era como el alta mar.
Y como un barquito flotaba en ella un pequeño tubo de cristal.