Posts Tagged ‘DESILUSIÓN’

La cruz de San Andrés

septiembre 20, 2007

Cada vez eran más estrechas las callejuelas del cementerio que había creado en el jardín trasero de su casa. Había levantado tumbas de todas clases. Algunas eran sólo un montón de tierra; otras tenían bellos adornos o estaban escoltadas por ángeles; había una tumba que colgaba de un árbol con serpentinas; las había modestas, elaboradas, una colección de nichos y hasta un mausoleo.

Ésta era la más grande de todas las tumbas. Presidía el jardín desde su pleno centro, y entorno a él se articulaban las vías principales del cementerio. De cada una salían no menos de cinco callejuelas, algunas intrincadas, otras confusas o retorcidas, muchas sin salida. Bajo el mausoleo había incluso una cripta y la proximidad de un antiguo pozo hacía pensar a la propietaria que podría no tener fondo.

Ella solía mirarlas todos los días desde la ventana. Si bien no tenía por costumbre cuidar de ellas ni alimentarlas de flores. No era la beatitud un comportamiento que le gustara. Después de crearlas con el máximo cuidado, las dejaba reposar libremente entre su jardín y no se oponía a que las acosaran las enredaderas o las levantaran las raíces de los árboles.

De vez en cuando se olvidaba de su cementerio. Conocía a un hombre y se enamoraba de él locamente. Le dedicaba su vida. Pero luego alguien ejecutaba el programa fatal y ese buen chico la abandonaba. Entonces sólo tenía que darse la vuelta y allí le estaba esperando su cementerio, ofreciéndole a pesar de sus estrecheces un rincón donde enterrar al muchacho. No al ser humano mismo, claro, sólo su recuerdo.

Efectivamente, lector, todas las tumbas estaban vacías. La mujer las había ido levantando para enterrar allí sus pequeñas muertes. Aquella ocasión no era muy diferente de las otras. De hecho dudó si merecía la pena cavar la tumba. Pensó que bastaría con poner un par de ladrillos a modo de nicho y echar ahí algunas cenizas de emails impresos.

Mientras meditaba en ello comenzó a pasear por su cementerio. Eran decenas de tumbas que ya nunca visitaba. ¿Tanta gente la había matado? En cada lápida, o trozo de cartón o muro de piedra, ella había anotado a penas unas letras. Fechas y palabras. 4 de febrero, fin. 15 de agosto, desilusión. 13 de septiembre, sola. La mayoría no eran más que las fechas de caducidad de una experiencia vivida.

La fecha más grande y también la más antigua era un 22 de junio. La había tallado en el frontispicio del mausoleo. Su siniestra verja de hierro con pinchos y cadenas se alzaba amenazante varios palmos sobre su cabeza. Se agarró de los barrotes y traspasó con su nariz la verja. Delante suyo todo era oscuro. Podía oler la humedad que venía de la cripta y, quién sabe, quizá del pozo sin fondo. El corazón se le encogía y pensaba que no existía tumba lo bastante grande para albergar el dolor que le había dejado su primer amor. Olía los hongos en las paredes de la cripta y se imaginaba precipitándose por accidente en ese inmenso mausoleo vacío y cayendo sin remedio hacia las simas profundas. Por suerte le había echado un candado y esa clase de accidentes no podían producirse. Pero si el mausoleo parecía la puerta a los infiernos, también era al mismo tiempo una frontera para el amor. Después de aquella vez, ningún otro había sido tan intenso ni, por supuesto, le había hecho tanto daño. De ahí que las tumbas fueran cada vez más pequeñas, menos elaboradas, más suscintas y ya sin ganas. Como mucho una sepultura con una cruz y basta.

Alejándose del mausoleo y contemplando su evidente poder, la mujer tomó una ramita del suelo. Se detuvo en seco en el primer rincón de tierra que vio libre y trazó con rapidez y frialdad una cruz en el suelo. Iba a ser cristiana y cuadrada, pero al hacerla medio girada quedó como una cruz de San Andrés, con forma de X. Visto sin cuidado no era más que un tachón en la tierra. Entonces ocurrió algo.

Se dio cuenta. Sería por lo simple que había llegado a ser dejar atrás una experiencia amorosa, sería porque ya no elevaba grandes panteones ni tallaba angelitos de madera. Sería porque se había hartado, pero en aquel momento vio la tumba más sencilla que había hecho nunca. Era tan simple que era plana y ni un milímetro de su corazón cabía en ella. En cierto modo, era la que más alegría daba de ver. Porque a penas contenía dolor, a penas una molestia.

Cuando volvió a mirar el cementerio desde su ventana, aquella noche, la mujer pensó en hacerse con una pala. Había mucho amor propio que exhumar por la mañana.

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El camino del Loco

enero 16, 2006

Dedicado a Raquel

Tiene el tarot una carta especial por dos motivos. Una porque no tiene número y no responde a ningún orden, aunque suele situarse al principio de la baraja. El otro motivo es que es pura energía y la contagia a las demás cartas.
En cualquier camino el Loco encuentra un destino y si cambia el rumbo también lo hace su sino. Es por eso que el camino del loco es simplemente creativo.
El Loco no se sitúa ni se ubica, tanto le da el mar como la montaña. El loco no mira donde pisa, sino que vuela mientras la tierra corre a sostenerle. “No soy yo quien anda, sino el mundo el que viene a mi encuentro”, diría.
También es una carta de principios, de inicios, y quien la lleva encima no conoce jamás el final de la historia porque antes de que la alcance ya ha empezado otra.
El camino del Loco comienza con un nombre que en seguida se desprende, como la memoria y las intenciones. Cuesta seguir a quien no tiene otro propósito que nacer de nuevo con cada amanecer.
El camino del loco no conoce el desaliento, porque incluso los espejismos sirvieron para llevarle lejos. El camino del loco tiene vida propia y se estira y se acorta, se retrasa, se acelera, serpentea bajo cada paso que el caminante pone en el suelo. El camino del loco desaparece tras sus pasos y no existe por delante. El camino del loco, tiene vida propia y busca quien le un sentido por el mero hecho de ser andado.
El loco y su camino han hecho un trato: el loco ama su camino, aunque no lo mira, porque confía. Y el camino ama al loco, porque cada pie que pone sobre su tierra es una semilla que le siembra.

El termómetro

enero 16, 2006

De pronto el planeta entero se contuvo. La inocente exploración de un niño en el jardín de su casa había dado con el agujero más profundo jamás descubierto. “No sabemos lo que se esconde ahí abajo”, dijo el General Tomas Hawks, responsable de las unidades de asalto de Minessota, “pero de una cosa sí estamos seguros: es de este mundo”.
En seguida los equipos de Seguridad Nacional se encargaron de establecer un perímetro de seguridad alrededor de la casita familiar y una corte de científicos aislados en sus trajes especiales empezó a hacer estragos en la cocina. “Es que este trabajo da mucha sed”, decían para justificar que no dejaban lata de cocacola con chispa de vida.
“Los análisis demuestran que nos encontamos ante un termómetro terrestre”, declaró a la TV el jefe de investigaciones. “Parece ser que hay una sustancia palpitando ahí abajo que responde a unos estimulos que no hemos identificado. Hemos detectado que dicha sustancia asciende cada vez a mayor velocidad hacia la superficie. America debe prepararse para lo peor”.
¿Será que la tierra tiene fiebre? ¿Será una amenaza? ¿Un volcán de cuello estrechísimo en medio de una urbanización rosada? Los medios de comunicación se encargaban de propagar un mensaje de inseguridad nacional. “Debemos estar todos acojonados”, se justificaba el director de Informativos, “porque si ocurre algo malo mejor estar protegidos que expuestos”.
Algunas voces civiles y científicas propusieron tapar el agujerito. Si es una mierdecilla de diez centímetros, decían. A eso se le mete un buen corcho y listo.
Pero uno de esos científicos borrachos que en las películas no tienen más remedio que ir a rescatar del desierto, dijo: “No recomiendo taparlo con corcho. Sin la ventilación adecuada la sustancia podría implosionar y provocar un desastre de consecuencias incalculables”.
¿Y qué sugieres que hagamos, listo?, le dijeron los demás.
“Hagamos lo único que podemos hacer como científicos”, respondió muy tranquilo. “Tomar la temperatura y punto”. Y dicho esto se bebió la última cocacola que quedaba en la nevera.