Posts Tagged ‘CORAZÓN’

Ricardo Corazón de Balón

abril 6, 2009

Una vez habitó en esta tierra un hombre llamado Ricardo Corazón de Balón. Cuando niño descolgó una pelota de fútbol de un árbol al que nadie había logrado nunca trepar. Su mentor, el mago Balín, le educó en las artes del regate, la defensa y el cabezazo. Alcanzó tal grado de maestría que nadie podía derrotarle en un partido de fútbol.
Muchos equipos grandes quisieron comprar sus servicios, pero Ricardo Corazón de Balón sólo jugaba para su pueblo, para el bienestar de toda su familia. En vez de aceptar escandalosas ofertas, los retó públicamente a enfrentarse a él. Formó y entrenó un equipo, los Once, que tenía un león como emblema.
Ricardo Corazón de Balón tenía la pelota en el alma. Por eso la bola iba donde su alma quería. Cuando se concentraba y enfocaba, le bastaba un pensamiento para que el esférico atravesara la red. De hecho, estaba siempre tan seguro del gol que siempre los metía todos en el primer tiempo -ocho, diez, quince, según lo sintiera- y luego se dedicaba a crear preciosas fintas y fabulosas combinaciones con sus compañeros. El estadio enmudecía en el segundo tiempo. La euforia y celebraciones dejaban paso a un sentimiento íntimo y silencioso dada la belleza de las jugadas que ni siquiera necesitaban terminar en gol. Ricardo Corazón de Balón solía ‘marcar’ el posible gol con un gesto del pie, para mandar luego el esférico a la banda.
El equipo contrario siempre atravesaba las mismas fases: soberbia (te vamos a ganar), rabia (te vamos a machacar), frustración (no puedo contigo), sumisión (eres todopoderoso) y agradecimiento (amo cómo juegas).
A medida que obtenia victorias con su fútbol prodigioso, se iba ganando la fama de imbatible. Equipos todopoderosos como el Manchester United o el Barça tuvieron que hincar la rodilla. Era el mejor equipo del mundo y él el mejor delantero.
Nadie se explicaba cómo un portento de su naturaleza no fichaba por un gran equipo y se hinchaba a ganar millones. Ni que fuera, como él decía, para el bienestar de su familia.
Pero Ricardo Corazón de Balón ganaba suficiente con los partidos de exhibición. Lo que Ricardo buscaba no era la gloria, ni el dinero, ni la fama. Nadie supo nunca qué escondía su corazón -a parte de un balón-, qué intenciones le movían. Lo cierto es que todos los equipos que se enfrentaban con él vivían luego una transformación. El fútbol ya no era para ellos un negocio, ni una competición. Él les enseñó el verdadero arte del Balón. El arte del Corazón.

El zigurat

enero 16, 2007

Dedicado a Falcom

Como llegaron las palabras:

El sentimentalismo solo no hace nada|es tambien racionalismo (calidad literaria pura y dura). Unicamente mi opinion.|la literatura no solo es corazón

El cuento:

Para ser una torre de babel sólo tenía dos pisos. El constructor tenía planeadas muchas más plantas, tantas como miles, pero no se decidía a dar las órdenes necesarias. Quería llegar al cielo y verle las barbas al señor, como todo buen arquitecto, pero sentía una opresión en el pecho cada vez que depositaba una pesada piedra sobre la base del templo. Era que le hacía sufrir tanto peso encima de la cámara secreta donde se guardaban las reliquias. “Cuando lleve cinco pisos el techo de la cámara correrá peligro”, se decía murmurando, y con los dedos jugando a sus espaldas caminaba a grandes zancadas de un lado para otro gritando: “Mejoraré la estructura ! Mejoraré la estructura!”

Pero a pesar de sus intenciones y de las amenazas de muerte de los sacerdotes no encontraba el valor suficiente para levantar los ciento ochenta niveles que faltaban. “¡Que no llegamos! ¡Que no llegamos!” le decían los sacerdotes alzando sus uñas con estudiados gestos de amenaza. Sin embargo el arquitecto resistía alegando que la misión del templo era preservar la pureza, no amenazarla.

Un día la presión de sus superiores fue tanta que temió por su vida y tramó un plan. Por la noche entró en la cámara secreta, tomó la reliquia entre sus blancas manos y se la llevó con él. A la mañana siguiente lo primero que hizo fue sellar la puerta del templo e hizo correr la voz de que el templo estaría terminado en 7 días. En efecto, los años de preparación dieron su fruto y la torre se elevó ciento setenta y nueve pisos más.

“Excelente trabajo, arquitecto”, le dijo el rey. “Seguro que las reliquias estarán ahora en contacto con el mismo Dios”.
“No le quepa la menor duda, señor”, respondió el arquitecto llevándose la mano al corazón.

El camino del Loco

enero 16, 2006

Dedicado a Raquel

Tiene el tarot una carta especial por dos motivos. Una porque no tiene número y no responde a ningún orden, aunque suele situarse al principio de la baraja. El otro motivo es que es pura energía y la contagia a las demás cartas.
En cualquier camino el Loco encuentra un destino y si cambia el rumbo también lo hace su sino. Es por eso que el camino del loco es simplemente creativo.
El Loco no se sitúa ni se ubica, tanto le da el mar como la montaña. El loco no mira donde pisa, sino que vuela mientras la tierra corre a sostenerle. “No soy yo quien anda, sino el mundo el que viene a mi encuentro”, diría.
También es una carta de principios, de inicios, y quien la lleva encima no conoce jamás el final de la historia porque antes de que la alcance ya ha empezado otra.
El camino del Loco comienza con un nombre que en seguida se desprende, como la memoria y las intenciones. Cuesta seguir a quien no tiene otro propósito que nacer de nuevo con cada amanecer.
El camino del loco no conoce el desaliento, porque incluso los espejismos sirvieron para llevarle lejos. El camino del loco tiene vida propia y se estira y se acorta, se retrasa, se acelera, serpentea bajo cada paso que el caminante pone en el suelo. El camino del loco desaparece tras sus pasos y no existe por delante. El camino del loco, tiene vida propia y busca quien le un sentido por el mero hecho de ser andado.
El loco y su camino han hecho un trato: el loco ama su camino, aunque no lo mira, porque confía. Y el camino ama al loco, porque cada pie que pone sobre su tierra es una semilla que le siembra.

El termómetro

enero 16, 2006

De pronto el planeta entero se contuvo. La inocente exploración de un niño en el jardín de su casa había dado con el agujero más profundo jamás descubierto. “No sabemos lo que se esconde ahí abajo”, dijo el General Tomas Hawks, responsable de las unidades de asalto de Minessota, “pero de una cosa sí estamos seguros: es de este mundo”.
En seguida los equipos de Seguridad Nacional se encargaron de establecer un perímetro de seguridad alrededor de la casita familiar y una corte de científicos aislados en sus trajes especiales empezó a hacer estragos en la cocina. “Es que este trabajo da mucha sed”, decían para justificar que no dejaban lata de cocacola con chispa de vida.
“Los análisis demuestran que nos encontamos ante un termómetro terrestre”, declaró a la TV el jefe de investigaciones. “Parece ser que hay una sustancia palpitando ahí abajo que responde a unos estimulos que no hemos identificado. Hemos detectado que dicha sustancia asciende cada vez a mayor velocidad hacia la superficie. America debe prepararse para lo peor”.
¿Será que la tierra tiene fiebre? ¿Será una amenaza? ¿Un volcán de cuello estrechísimo en medio de una urbanización rosada? Los medios de comunicación se encargaban de propagar un mensaje de inseguridad nacional. “Debemos estar todos acojonados”, se justificaba el director de Informativos, “porque si ocurre algo malo mejor estar protegidos que expuestos”.
Algunas voces civiles y científicas propusieron tapar el agujerito. Si es una mierdecilla de diez centímetros, decían. A eso se le mete un buen corcho y listo.
Pero uno de esos científicos borrachos que en las películas no tienen más remedio que ir a rescatar del desierto, dijo: “No recomiendo taparlo con corcho. Sin la ventilación adecuada la sustancia podría implosionar y provocar un desastre de consecuencias incalculables”.
¿Y qué sugieres que hagamos, listo?, le dijeron los demás.
“Hagamos lo único que podemos hacer como científicos”, respondió muy tranquilo. “Tomar la temperatura y punto”. Y dicho esto se bebió la última cocacola que quedaba en la nevera.