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La trapecista hipersensible

diciembre 11, 2004

Cuando de niña se la llevó el circo una de las primeras cosas que hizo fue visitar a la Madame Adivina. Encerrada dentro de su máquina de cristal, comunicada con el exterior exclusivamente a través de una ranura para monedas, la Madame Adivina tenía muchas ganas de que una niña le pidiera un deseo. Por eso, aunque Rosanna no tuviera monedas escuchó atentamente lo que su ánimo pedía.
A la mañana siguiente ya era una niña hipersensible. Todo la emocionaba: el roce de una sábana, la humedad de la mañana, una brizna de hierba entre los dedos, cada paso, cada gesto, cada sonido del universo. Pasó años viviendo un estado tan tremendo de exaltación. La hacía muy feliz pero al mismo tiempo la desesperaba. Como si un rey midas fuera, no podía tocar nada sin que la removiera en lo más hondo. Estaba muy cansada. ¿Qué tal un poco de silencio?
Pero incluso el silencio la embriagaba y en el circo todos la conocían por los tumbos que daba.
Se hizo trapecista para atenuar tantos estímulos. El aire ofrecía poca resitencia y los segundos que pasaba suspendida en él eran los más pacíficos del mundo. No tenía miedo al aire, porque la mera idea de navegar durante unos instantes por el espacio la llenaba de gozo, con lo que se hizo una extraordinaria trapecista.
Empezó a pasar cada vez más tiempo en el trapecio y menos en el suelo. Tanta sensibilidad le dolía. Ingenió mil excusas para no bajarse nunca. Tuvieron que trasladar el circo sin desmontar la carpa porque ella insistía en que su próximo número requería mucho entrenamiento. Cada vez la conocían menos. Y al final se olvidaron de ella.
Las funciones continuaban, pero ya ni siquiera anunciaban su número. Ella iba y venía de trapecio en trapecio y el público de vez en cuando creía ver una sombra furtiva cruzar bajo el techo de la carpa. Pero como ya no apuntaban los focos, todo quedaba en nada.
Una noche, desesperada, la trapecista Rosanna buscó un poco más de silencio. Dio cinco volteretas mortales y todavía tuvo tiempo de un medio giro antes de golpearse duramente contra el suelo. ‘Este dolor que siento’, pensó, ‘es por todo el que me he ahorrado’. Y sonrió dulcemente antes de perder el sentido del tiempo.

Esperanza

diciembre 11, 2004

Cuando la Esperanza llegó a los 21 años no sabía el trabajo que se le venía encima.
Hacía muy poco que había dejado de ser Confusión, cuando en su adolescencia algunos lunares habían teñido de negro sus ojos grandes y azules. Pero a pesar de ello su mirada brotaba con tanta fuerza que aún arrastraba las penas a los lados y construía un lecho de buenos rollos para sus amigos.
Más joven aún, cuando era Ilusión, tocaba los objetos con los dedos animándolos y convirtiendo los huesos en carnes. Había venido disparado.
Acababa de dejar a sus espaldas el Dolor y, como quien escapa de una cueva de cíclopes, su piel tierna se olvidó de todo y se entregó al gozo de otras pieles.
Y es que antes fue feto maltrecho
y antes una variación subatómica
y antes un ente sufriente que vagaba en busca de un propósito y que, de pronto, recordando sus existencias pasadas, se dijo:
‘Ya lo tengo: en la próxima vida seré Esperanza’.