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Amor de pies

febrero 19, 2009

Eran amantes ocasionales. Solían encontrarse en las frías mañanas, bajo la ducha. O en los cálidos domingos de primavera, en los

que podían juguetear bajo las sábanas hasta bien entrada la mañana sin que nadie les molestase. Pero su época preferida era el

verano. Entonces sí que podían sentirse libres durante largos periodos de tiempo. Y se dedicaban a correr por la playa, rozándose, arañándose, salpicándose motas de arena con agua, para luego correr juntos a tumbarse al sol y frotarse la espalda.

Sin embargo el suyo era un amor furtivo, duramente perseguido. La mayor parte del tiempo la pasaban confinados. El encierro consistía normalmente en un calcetín de hilo, a veces más ligero, a veces grueso y asfixiante, que apretaba todos sus dedos unos contra otros. Por si fuera poco a su camisa de fuerza había que añadir una gruesa armadura que se aseguraba con cordones y nudos apretados. A veces eran zapatos, a veces sandalias y, en el casos extremos, botas.  Aunque lo peor no era estar encerrados, sometidos a prolongados periodos de oscuridad ni el calor que sufrían ni el trabajo forzado.

Lo peor para los amantes es que los condenaban por separados. Sendas prisiones habían sido diseñadas para incomunicarlos. Por alguna cruel razón también les castigaban con el aislamiento. Y aun a pesar de eso, a pesar de que no podían verse ni tocarse, sabían que su amante estaba cerca de ellos. Solían golpear las paredes de sus celdas para hacerse señales y les parecía que podían hablarse de esta manera.

Eran capaces de coordinarse, y habían planeado escaparse muchas veces. Ensayaban una y otra vez, ayudándose a descalzarse. Ah, el momento de salir del zapato era sublime. En cuanto caía la pesada carga se sentían liberados y la sangre volvía a excitar sus deseos. Tocarse, amarse, frotarse, rascarse, estrecharse el uno con el otro durante los breves permisos nocturnos o en los escasas horas de libertad condicional que les eran dadas. Sus fantasías más sublimes llegaban incluso a verse colmadas cuando en raras ocasiones se encontraban solazándose frenéticamente con otra pareja de pies desnudos.

Pero tras el orgasmo de libertad siempre volvían a capturarlos. ¿Qué extraño loco era capaz de divertise torturándoles de esa manera? En sus sueños dentro del silencioso zapato practicaban para ser capaces de cruzar los dedos y desear que los pies desconocidos de la noche anterior lo hubieran logrado, que hubieran conseguido huir y correr lejos, muy lejos, hasta un lugar secreto donde poder gozarse interminablemente hasta que la muerte o una pierna les separe.

La trapecista hipersensible

diciembre 11, 2004

Cuando de niña se la llevó el circo una de las primeras cosas que hizo fue visitar a la Madame Adivina. Encerrada dentro de su máquina de cristal, comunicada con el exterior exclusivamente a través de una ranura para monedas, la Madame Adivina tenía muchas ganas de que una niña le pidiera un deseo. Por eso, aunque Rosanna no tuviera monedas escuchó atentamente lo que su ánimo pedía.
A la mañana siguiente ya era una niña hipersensible. Todo la emocionaba: el roce de una sábana, la humedad de la mañana, una brizna de hierba entre los dedos, cada paso, cada gesto, cada sonido del universo. Pasó años viviendo un estado tan tremendo de exaltación. La hacía muy feliz pero al mismo tiempo la desesperaba. Como si un rey midas fuera, no podía tocar nada sin que la removiera en lo más hondo. Estaba muy cansada. ¿Qué tal un poco de silencio?
Pero incluso el silencio la embriagaba y en el circo todos la conocían por los tumbos que daba.
Se hizo trapecista para atenuar tantos estímulos. El aire ofrecía poca resitencia y los segundos que pasaba suspendida en él eran los más pacíficos del mundo. No tenía miedo al aire, porque la mera idea de navegar durante unos instantes por el espacio la llenaba de gozo, con lo que se hizo una extraordinaria trapecista.
Empezó a pasar cada vez más tiempo en el trapecio y menos en el suelo. Tanta sensibilidad le dolía. Ingenió mil excusas para no bajarse nunca. Tuvieron que trasladar el circo sin desmontar la carpa porque ella insistía en que su próximo número requería mucho entrenamiento. Cada vez la conocían menos. Y al final se olvidaron de ella.
Las funciones continuaban, pero ya ni siquiera anunciaban su número. Ella iba y venía de trapecio en trapecio y el público de vez en cuando creía ver una sombra furtiva cruzar bajo el techo de la carpa. Pero como ya no apuntaban los focos, todo quedaba en nada.
Una noche, desesperada, la trapecista Rosanna buscó un poco más de silencio. Dio cinco volteretas mortales y todavía tuvo tiempo de un medio giro antes de golpearse duramente contra el suelo. ‘Este dolor que siento’, pensó, ‘es por todo el que me he ahorrado’. Y sonrió dulcemente antes de perder el sentido del tiempo.