Posts Tagged ‘AMOR’

El brindis

mayo 14, 2009

Dedicado a Anónimo

En el brindis se le rompió la copa. Todo el champán se derramó sobre su muñeca y resbaló por su brazo colándose en su vestido de boda. Algunas gotas se alojaron bajo la axila. En aquel momento lo apropiado era tomárselo a broma y alabar la fortaleza de la novia, pero ella sabía que no era un buen presagio.

Por eso, cuando diez años después su matrimonio se deshizo, se acordó de la fatídica señal. “Ya lo decía el brindis ya”.
En los siguientes años de divorciada se siguió acordando del brindis cuando dejó de encontrarse atractiva, cuando alcanzó los cuarenta, cuando le negaron el ansiado ascenso, cuando quiso ser madre y era tarde.

En su mente se rompían los mismos cristales que el día de su boda, porque una estridencia así en el día más importante de su vida tenía que reverberar para siempre, reproduciendo como en un lago las ondas de su infortunio.

Acudió desesperada a una chamana, que le confesó: “Los presagios, una vez se han visto, no se pueden deshacer. Pero se pueden reinterpretar”.

Entonces vio con claridad que su matrimonio había sido una farsa y que el brindis no había hecho más que anunciarlo.Que no era la copa, sino ella, la quebradiza, la que tenía todos los números para sucumbir a una crisis. Y así ocurrió, su vida se fracturó en mil pedazos, liberando de su prisión a todo el champán.

El apostador

abril 22, 2009

Dedicado a Javier

Nació con el don de apostarlo todo, siempre, a cada instante. Apostó su vida a que saldría del vientre de su madre, se jugó su futuro en los exámenes escolares, arriesgó su corazón con cada enlace amoroso y desafió a la muerte más de doce mil veces, es decir, cada día.

No le gustaban, sin embargo, los juegos de azar (“el azar es para quienes no dirigen su vida”, rezaba). No era un jugador, sino un apostador. Tomaba su existencia como una prueba continua de fuego, consciente de que una mañana cualquiera podría perder.

En consecuencia vivía una vida intensa y a ratos ansiosa que le empujaba hacia adelante como una explosión. Apenas tenía una pasión que le ayudaba a olvidarse de sus apuestas: las carreras de caballos.

En el hipódromo quien corría, quien competía y lo apostaba todo era el caballo, no él. Cuando los veía competir se relajaba y olvidaba los retos que la muerte sembraba a su paso cotidianamente.

Hay apostadores y apostadores, y también caballos y caballos. Él no podía tener cualquier favorito. De hecho, no confiaba en los ganadores. Eran previsibles. Conocía a fondo los participantes e invertía cantidades simbólicas en aquellos que le ofrecían un estímulo mayor. Caballos luchadores, para quienes llegar entre los cinco primeros era todo un logro. Tenía un favorito, “Lucho”, que no había ganado nunca una carrera y, sin embargo, era el más luchador de todos. En pocos años había escalado de la undécima posición a la sexta, y no prometía ir mucho más allá, pero en cada carrera lo daba todo.

“Los caballos son como yo”, solía decir, “no piensan en el dinero, ni en la gloria efímera de sus jinetes. Para ellos no importa cómo llegues, pues lo único que importa es llegar”.

Brenda

abril 6, 2009

Dedicado a Jesús Bravo


La nota se prendió de un hilo y comenzó a volar con él. Pronto advirtió que el hilo viajaba en un grupo de cinco y que sujetas a ellos iban otras notas como ella. Se le parecían bastante y, aunque algunas eran tricornias o bicéfalas, concluyó que pertenecían a su misma familia.

Los hilos estaban electrificados y cada cierto tiempo la nota era sacudida por un chispazo que la hacía vibrar. A ella y a todas las que estaban a su altura. Parecía ocurrir cíclicamente y en orden. Es decir, las notas que se encontraban al principio de lo hilos sonaban primero y a continuación las demás, de forma ordenada y por turno de llegada. La nota sabía cuándo iba a sentir el chispazo porque la vecina más cercana le avisaba.

“Ahí viene la melodia”.

Lo cierto es que ese chispazo era agradable. Era más bien como una sacudida que la dejaba temblando de gusto un buen rato. El narrador omnisciente lo describiría como un orgasmo.

No había ni punto de comparación entre su existencia silenciosa y su vida ahora, a lomos del hilo volador. Sin embargo, la nota seguía sintiendo que le faltaba algo. No estaba segura de sonar todo lo bien que podría, y creía que otras notas sonaban mejor. Pensó que estaba allí por casualidad y que si se movía un poco, si buscaba un rincón mejor, cuando llegara la melodía saldría todo su potencial a la luz. Así que comenzó a desplazarse adelante y atrás, saltando incluso de hilo en hilo, probando a escucharse aquí o un poquito más allá.

En su periplo conoció a muchas otras notas de todas las especies: Síes, Laes, Does… Con todas esperaba la llegada de la melodía, que solía acudir al alba. Algunas veces la vibración era buena. Otras veces esperpéntica.

“¿cómo sonaré hoy?”, se preguntaba la nota que buscaba su lugar en el pentagrama.

Una mañana la melodía le sorprendió cuando pasaba distraídamente junto a un si bemol que colgaba discreto del último cordel. La vibración fue tan alta que todo se paró. Por unos instantes flotó en silencio y, al tiempo que se daba la vuelta para ver al sí bemol, la melodía las volvió a juntar. Parecía contenta la melodía, pues una y otra vez las hizo sonar, hasta que quedaron unidas.

Unisonaron a la perfección por mucho tiempo, pero su vocación era el camino, y llegó el día que debía continuar. La melodía, generosa, la dejó marchar. Ahora la nota sabia moverse con total libertad. Conocía los hilos, las vibraciones, los ritmos. Saltaba de un lado al otro, improvisando con la melodía.
Una noche que iba deambulando se encontró casualmente de regreso en su primer hogar, justo en la punta del hilo inferior. Lo encontró como lo había dejado: vacío. Se alegró de que nadie lo hubiera ocupado y tomó asiento.
Con el pie colgando del hilo miró a oriente y vio las primeras luces del amanecer. “La melodía no tardará en llegar”.

Renovación total

marzo 12, 2009

x-la-rueda-de-la-fortuna

Voy a cambiar totalmente Pidemeuncuento.com. A partir de ahora será, sobre todo, mi blog de escritor. Aquí es que puedo verter mi corazón en forma de escritura. Libre.

De momento mantengo el nombre de la página (pidemeuncuento), porque está circulando por la red desde hace tiempo y porque le tengo un cariño, qué se yo. Pero ahora Pidemeuncuento será mucho más. Será mi portal de conexión directa con mis lectores. Bajo WordPress se pueden implementar muchas tecnologías, servicios, etc… y creo que este canal me sirve.

Tengo muchas líneas lanzadas y no puedo seguirlas todas. Quiero publicar aqui algunos de los hilos que mi escritura está desenredando. Y seguiré escribiendo cuentos, claro, a quien me pida con interés. Un buen cuento es una eficiente medicina. O un alegrón envasado.

Mi arte es la escritura. Estoy en pleno crecimiento con ella. Es un don de Dios que me conecta cada vez más con el poder de la palabra. Y con mi poder. Es cuando uno se toma verdaderamente en serio que su poder se activa. La escritura es el arte (o el medio), pero mi verdadero poder es el amor. El amor incondicional por mis semejantes. Yo aspiro a morirme siendo todo amor. Y cuanto más me hago mayor y ‘maduro’, más claro lo tengo.

Lo que quiero decir es que, consciente de mi talento, si soy ‘escritor’ o no es lo de menos. Si tengo lectores o no es insignificante. Lo que importa es que pongo todo mi corazón al servicio de hacer de este mundo un lugar mejor. O de revelar lo maravilloso que es. A mí no me interesa la literatura porque sí. Me gusta el relato, la novela, el teatro… Pero ahora mismo sólo si sirve para algo. Para transformar el alma como mínimo. Traer la belleza y la sabiduría a este mundo sin parar. A mí no me interesa hablar de ninguna fantasía que no sea un camino para el alma. Ni novelas históricas ni cuentos ingeniosos para entretener algún intelecto engreído. Yo soy un narrador para personas que andan el camino del espíritu y del crecimiento. Un especialista si quieren.

Por eso Pidemeuncuento será la página vital de este escritor y su palabra. Al menos de momento.

El video

mayo 3, 2008

Debía funcionar mal aquel trasto, porque cada vez que metía una cinta, la rebobinaba.

– “No es normal”, le dije al dependiente de la cadena de electrodomésticos. “Se supone que cuando metes una cinta el vídeo la pone en marcha hacia adelante”.
– “Es el sistema”, respondió el amable empleado mientras se ocupaba de unos papeles pendientes, “El vídeo rebobina la cinta automáticamente para llevarla al principio”.

Pienso que el dependiente no me podía ayudar. No era que la rebobinara, sino que, literalmente, la ejecutaba hacia atrás. Se empezaba por el final y se acababa viendo el principio de todas las películas que metía. Al principio pensé que la culpa era mía por adquirir un VHS, cuando ya casi no los fabrican. Podía haber comprado un DVD o un MPG o algo con letras de esas. Pero le tenía un cierto cariño a la máquina.

Aquella tarde puse una cinta y la historia contaba:
“Un pensamiento suspendido en el vacío se dio cuenta de que nada lo ataba. Podía ir tan deprisa como él mismo y recorrer miles de millones de intuiciones en nada. También podía ir hacia atrás si lo necesitaba. De manera que se planteó regresar a su origen, al pasado, donde esperaba encontrar la razón de su existencia.
Temía que acaso no hubiera razón alguna, y por un momento, antes de lanzarse al pasado, temió por su vida. ¿Y si le esperaba el vacío al otro lado? ¿Y si se adentraba en la inexistencia? Dejaría de latir como pensamiento y acaso se transformaría en concepto o en nada.

Por eso el pensamiento se encogió de hombros y, antes de adentrarse en el camino sin retorno, mirando hacia atrás se despidió de su futuro.

De pronto se encontró contento, sonriente y optimista. Le había subido la bilirrubina. Una dulce corriente comenzó a arrastrarlo. Se sintió parte de una corriente que danzaba de vuelta a la fuente de su nacimiento. Mientras se deslizaba por meandros y cantinelas, el pensamiento fue sintiendo cada vez más y más fuerza. Se pensaba a sí mismo y se sorprendía mucho de que teniendo un origen tan luminoso hubiera pasado por etapas tan oscuras en su vida.
Pronto el río impetuoso del enamoramiento lo depositó en las faldas de su madre que, como olas, le acariciaban celebrando su regreso al origen: el amor”.

Naturalmente, la película es al revés. El argumento explica la historia de un pensamiento que nace del amor y que la vida aleja de su origen hasta que se olvida de quién es. Termina cuando se encuentra a sí mismo. Me pregunto por qué mi video se comporta de esta manera y lo único que entiendo es que es un electrodoméstico de inteligencia muy avanzada. Porque todos los demás reproductores del mundo creen que las películas empiezan y terminan, nacen y mueren, y todos sostienen que cuando llega el final, todo se acaba.

Pero mi video ha descubierto que la vida es redonda y que, si se parte de un sitio y se sigue recto, no importa en qué dirección, siempre se regresa al mismo punto.

Lea el lector las palabras de este cuento en la dirección que quiera, de dentro afuera, de fuera adentro, de derecha a izquierda o viceversa. Siempre encontrará la misma historia y, en ella, todas las palabras que no han dejado nunca de pertenecerle.

(ejemplo: AMOR Y PENSAMIENTO, DISTANCIA Y ENAMORAMIENTO, DESPEDIDA Y ATRÁS, SIN Y VUELTA, PASADO Y RAZÓN.

El pensamiento procede del amor. El enamoramiento se distancia del amor. Las despedidas siempre se quedan atrás. Sin y vuelta son un bucle donde uno se acaba y el otro empieza de nuevo. El pasado sólo existe en la razón.)

Gemelos

noviembre 10, 2007

Si bien de pequeños no podían ni compararse, cuanto más crecían más se parecían.

Para haber nacido gemelos y al mismo tiempo, constituían un fenómeno científico. No se parecían en nada. No sólo tenían distinto sexo, sino también distinta raza. Él era blanco, ella era negra.

Desde el principio mostraron una radical aversión al otro. Como si hubieran deseado nacer para poder separarse.

Quizá se tratara de una disputa doméstica dentro de la matriz. Acaso fuera sólo química. El caso es que ambos hermanos se repelían como dos contrarios. Antagonistas eran hasta en el carácter; arisco el de ella, complaciente el del chico, valiente el de la niña, cauto el del niño.

Con los años desarrollaron aun más diferencias: de intereses, habilidades, estudios. Lo único en que llegaron a parecerse fue en los gustos sexuales. A ambos les gustaban los hombres. Pero a ella le gustaban más jóvenes y a él fuertotes.

Cuando pasaron la mediana edad, sin embargo, algo comenzó a cambiar. Se sentían cada vez más inclinados a llamar al otro, a encontrar una excusa para visitarle. Comenzaron a frecuentarse.

Él tenía que desplazarse a Nueva York, donde su gemela negra había triunfado con su negocio de moda. Ella tenía que volar a Barcelona, donde su gemelo blanco y gay tenía un buen cargo en el Ayuntamiento.

Con los años esta tendencia comenzó a agudizarse. Ahora también tenían sueños esporádicos con su gemelo; de pronto ella estaba en una reunión y sentía un golpe en el pecho. Al otro lado del océano su hermano acababa de sufrir un disgusto. O él estaba cenando con unos amigos y, sin saber por qué, arrancaba a llorar y no podía parar hasta que le mencionaban a su hermana.

Los dos acudieron al médico por separado. Les explicaron que cada vez eran mayores las casualidades, que cómo era posible, que ellos nunca se habían parecido en nada.

“Gemelismo Inverso”, diagnosticó el doctor Font en Barcelona. “Es un caso claro, aunque muy excepcional, de gemelismo inverso”.
“The Reverse Twins Syndrom”, diagnosticated Dr. Fountain in New York. “This is a quite clear, though very exceptional, Reverse Twins case”.

Les dijeron que no tenía cura. Era irreversible. Con el paso de los años se irían pareciendo más y más, atrayéndose irremediablemente hacia una unión placentera.

Aquella noche se llamaron y se confesaron que estaban preocupados. Toda la vida sintiéndose distintos y ahora su reunión parecía irremediable.

A los 60 ella volvió a Barcelona y a los 65 volvían a vivir juntos, en una casa grande a las afueras. Ella trajo consigo su familia, que empezó a unirse a la de su hermano. A los 70 sus hábitos eran los mismos. Él se había vuelto un poco más gruñón, pero ella mantenía la calma. Antes de cumplir 80 incluso sus pieles se habían acercado. La tez de la gemela se aclaraba y la del gemelo se iba tornando tostada.

Llegaron juntos al día de su muerte. Atrás quedaba toda la vida que les había mantenido separados.

La cruz de San Andrés

septiembre 20, 2007

Cada vez eran más estrechas las callejuelas del cementerio que había creado en el jardín trasero de su casa. Había levantado tumbas de todas clases. Algunas eran sólo un montón de tierra; otras tenían bellos adornos o estaban escoltadas por ángeles; había una tumba que colgaba de un árbol con serpentinas; las había modestas, elaboradas, una colección de nichos y hasta un mausoleo.

Ésta era la más grande de todas las tumbas. Presidía el jardín desde su pleno centro, y entorno a él se articulaban las vías principales del cementerio. De cada una salían no menos de cinco callejuelas, algunas intrincadas, otras confusas o retorcidas, muchas sin salida. Bajo el mausoleo había incluso una cripta y la proximidad de un antiguo pozo hacía pensar a la propietaria que podría no tener fondo.

Ella solía mirarlas todos los días desde la ventana. Si bien no tenía por costumbre cuidar de ellas ni alimentarlas de flores. No era la beatitud un comportamiento que le gustara. Después de crearlas con el máximo cuidado, las dejaba reposar libremente entre su jardín y no se oponía a que las acosaran las enredaderas o las levantaran las raíces de los árboles.

De vez en cuando se olvidaba de su cementerio. Conocía a un hombre y se enamoraba de él locamente. Le dedicaba su vida. Pero luego alguien ejecutaba el programa fatal y ese buen chico la abandonaba. Entonces sólo tenía que darse la vuelta y allí le estaba esperando su cementerio, ofreciéndole a pesar de sus estrecheces un rincón donde enterrar al muchacho. No al ser humano mismo, claro, sólo su recuerdo.

Efectivamente, lector, todas las tumbas estaban vacías. La mujer las había ido levantando para enterrar allí sus pequeñas muertes. Aquella ocasión no era muy diferente de las otras. De hecho dudó si merecía la pena cavar la tumba. Pensó que bastaría con poner un par de ladrillos a modo de nicho y echar ahí algunas cenizas de emails impresos.

Mientras meditaba en ello comenzó a pasear por su cementerio. Eran decenas de tumbas que ya nunca visitaba. ¿Tanta gente la había matado? En cada lápida, o trozo de cartón o muro de piedra, ella había anotado a penas unas letras. Fechas y palabras. 4 de febrero, fin. 15 de agosto, desilusión. 13 de septiembre, sola. La mayoría no eran más que las fechas de caducidad de una experiencia vivida.

La fecha más grande y también la más antigua era un 22 de junio. La había tallado en el frontispicio del mausoleo. Su siniestra verja de hierro con pinchos y cadenas se alzaba amenazante varios palmos sobre su cabeza. Se agarró de los barrotes y traspasó con su nariz la verja. Delante suyo todo era oscuro. Podía oler la humedad que venía de la cripta y, quién sabe, quizá del pozo sin fondo. El corazón se le encogía y pensaba que no existía tumba lo bastante grande para albergar el dolor que le había dejado su primer amor. Olía los hongos en las paredes de la cripta y se imaginaba precipitándose por accidente en ese inmenso mausoleo vacío y cayendo sin remedio hacia las simas profundas. Por suerte le había echado un candado y esa clase de accidentes no podían producirse. Pero si el mausoleo parecía la puerta a los infiernos, también era al mismo tiempo una frontera para el amor. Después de aquella vez, ningún otro había sido tan intenso ni, por supuesto, le había hecho tanto daño. De ahí que las tumbas fueran cada vez más pequeñas, menos elaboradas, más suscintas y ya sin ganas. Como mucho una sepultura con una cruz y basta.

Alejándose del mausoleo y contemplando su evidente poder, la mujer tomó una ramita del suelo. Se detuvo en seco en el primer rincón de tierra que vio libre y trazó con rapidez y frialdad una cruz en el suelo. Iba a ser cristiana y cuadrada, pero al hacerla medio girada quedó como una cruz de San Andrés, con forma de X. Visto sin cuidado no era más que un tachón en la tierra. Entonces ocurrió algo.

Se dio cuenta. Sería por lo simple que había llegado a ser dejar atrás una experiencia amorosa, sería porque ya no elevaba grandes panteones ni tallaba angelitos de madera. Sería porque se había hartado, pero en aquel momento vio la tumba más sencilla que había hecho nunca. Era tan simple que era plana y ni un milímetro de su corazón cabía en ella. En cierto modo, era la que más alegría daba de ver. Porque a penas contenía dolor, a penas una molestia.

Cuando volvió a mirar el cementerio desde su ventana, aquella noche, la mujer pensó en hacerse con una pala. Había mucho amor propio que exhumar por la mañana.

La bibliotecaria

enero 16, 2007

La bibliotecaria recorría los estrechos pasillos de una gigantesca biblioteca de Babel. Había ido a buscar un libro que le habían pedido. Para encontrarlo tenía que subir cientos de escaleras, atravesar pasadizos, abrir puertas secretas que requerían paciencia y estudio. Las rutas eran complejas y nunca podía volver por el mismo camino. Lo único con lo que contaba era su pequeño farolillo de metal, con el que arrancaba luces a las sombras y a penas iluminaba los lomos de los libros. Cada paso que daba le descubría un mundo y le ocultaba otro y su corazón sentía al mismo tiempo la emoción del hallazgo y el peso de la renuncia inmediata.
Empleaba mucho tiempo y esfuerzo en dar con el libro preciso, tal era su deseo de ser eficiente en su trabajo. Quizás era por eso que no tenía muchos clientes la biblioteca, porque tenían que armarse de paciencia. Pero su verdadero dilema era por el camino encontraba muchos otros que le interesaban y a penas se daba el tiempo de mirarlos. Un título por aquí, el lomo desprendido de otro por allá. Y cuando terminaba con su encargo no recordaba nada. Desesperaba porque el celo en su trabajo la torturaba. “Si me detengo aquí pierdo el hilo de mi destino. Si me distraigo con estos estímulos podría olvidar el encargo y ¿Cómo volver con las manos vacías?”. Por eso en cada encargo que cumplía perdía mil mundos.
Un día un cliente le propuso un encargo extraño: “Quiero que me traiga el libro que más le guste. Escójalo con tiempo y no se preocupe por mí. Estaré esperando”. La bibliotecaria se esforzó en no poner cara de asombro, pero algo la removió por dentro. Salió del mostrador y se planto delante de los primeros veinte pasillos. Tendió el farolillo por encima de su frente y escogió uno al azar. Luego se detuvo frente a un título que le gustaba y comenzó a leerlo. Al principio se sentía preocupada. “No sé cuánto esperará ese señor tan raro”, se dijo. Pero poco a poco se dejó impresionar por la lectura y sin darse cuenta terminó leyéndolo entero. “Ha sido maravilloso”, sintió rejuveneciendo de pronto. “¿Pero cómo sé que no me gusta más otro?”. Y dicho esto emprendió un camino sin tiempo ni destino en busca de su propio libro.

La playa

enero 16, 2007

Era una playa que tenía dos orillas, de un lado le venían olas de mar en calma, suaves, redondas, tendiendo espuma blanca. Del otro lado le venían rudas, ásperas, escapaban de un océano en llamas.

La playa mantenía un digno equilibrio entre las dos. Bueno, más que digno, era titánico. Tenía las dunas mareadas. ‘¡Más a la derecha!’, les gritaba, ‘¡No! Reagruparos a la izquierda !”. Pero es que todas las olas, vinieran de donde vinieran, eran caprichosas.

Consciente de su situación la playa se preguntaba para qué servía. Primero pensó que servía para separar el mar del océano. Pero se dijo que si el océano quería adueñarse del mar podía hacerlo, porque de todos era el más grande.

Luego creyó que quizá estaba allí para unirlos, desapareciendo, soltando cada vez un poquito más de arena. Se imaginó uniendo al océano y al mar como un hermoso sacrificio. Pero en esto se le derrumbó una duna y dijo a ambos lados con un gran grito: “¡No me toquéis la duna! Os dejo acercaros, pero no para que me robéis la arena, sino para que vosotros yo tome lo que quiera. Está clarito?”
Y dicho esto la playa se sumió de nuevo en sus hermosos sueños bañados de luna.

Dos ramas

enero 16, 2007

¿Por qué no un árbol con una sola rama? O mejor dicho, con todas las ramas en una? Crecería recto, firme, seguro, de punto a punto. Y sería vertiginoso. Pero no, tenía que dividirse. Tanto trecho juntos, tanto ser la misma cosa cuando empezamos, la misma semilla, para tener que dividirnos ahora. Y tú ser rama y yo ser rama. Y cada uno con sus propias hojas. ¡Que es el colmo! Entiendo que para dar fruto tengamos que dividirnos, que así cubriremos más territorio, tendremos más experiencia, pero coño, ¿no podríamos entrelazarnos?
‘Ya lo hacemos’, me contestas, serena. ‘Cuando el viento sopla fuerte nos besamos’