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Esperanza

diciembre 11, 2004

Cuando la Esperanza llegó a los 21 años no sabía el trabajo que se le venía encima.
Hacía muy poco que había dejado de ser Confusión, cuando en su adolescencia algunos lunares habían teñido de negro sus ojos grandes y azules. Pero a pesar de ello su mirada brotaba con tanta fuerza que aún arrastraba las penas a los lados y construía un lecho de buenos rollos para sus amigos.
Más joven aún, cuando era Ilusión, tocaba los objetos con los dedos animándolos y convirtiendo los huesos en carnes. Había venido disparado.
Acababa de dejar a sus espaldas el Dolor y, como quien escapa de una cueva de cíclopes, su piel tierna se olvidó de todo y se entregó al gozo de otras pieles.
Y es que antes fue feto maltrecho
y antes una variación subatómica
y antes un ente sufriente que vagaba en busca de un propósito y que, de pronto, recordando sus existencias pasadas, se dijo:
‘Ya lo tengo: en la próxima vida seré Esperanza’.

Determinación

diciembre 11, 2004

Entró en la oficina con paso firme pero sin la dirección clara. Tuvo que doblar cuando llegó frente a un escritorio y luego volverse hacia la izquierda para no chocar con la fotocopiadora. Esto le obligó a dirigirse de nuevo al punto de partida. Así que, con paso firme y un mapa de la oficina en su cabeza, volvió a darse la vuelta y a caminar. Esta vez torció a la derecha y esquivó la mesa, luego tomó un pasillo y frunciendo los puños anduvo decidido hacia los baños. Ahí haría una pausa. La cuestión era aprovechar la monstruosa determinación con que se había levantado aquella mañana para algo útil. No se nos aparece una determinación así en el ánimo todos los días.

Sin dudarlo, abrió la puerta del baño al tiempo que empezaba a alagar la mano para abrir el grifo, cualquier grifo. Se detuvo frente al espejo y empezó a frotarse las manos bajo el agua. Esto le dio unos segundos valiosísimos para reflexionar en qué podía volcar toda la determinación que llevaba encima. Temía que si se distraía por un momento de la sensación ésta le abandonase y le sumiese de nuevo en un mar de dudas. ‘Es como un buen viento en medio del océano’, se decía, ‘hay que desplegar velas y ver dónde nos lleva’.

En ese preciso instante entró en el baño su jefe. Le dio los buenos días a medias y se colocó a sus espaldas, donde se dispuso a orinar. Mientras tanto, él seguía frotándose las manos, pero el grifo se había detenido y durante unos segundos se lavó las manos con aire frío. Era el momento adecuado. Ahora o nunca.

Se dio la vuelta con las manos todavía húmedas, las tendió con calma a los lados y fijó su mirada en la coronilla de su jefe. Éste estaba estirándose la piel del pene para despejar el trayecto de su orina. ‘Señor encargado’, dijo él clavándole la voz en el cuello, ‘Debe usted saber que soy poeta’. Y dicho esto se marchó relajado y satisfecho.

El jefe se quedó un rato sosteniendo su pene fláccido. El mensaje lo había alcanzado en la situación más incómoda y delicada. No pudo maniobrar (no podía girarse, no podía hablar de lado, no podía mirarle a los ojos para humillarle), porque todo el poder que tenía en sus manos se había vaciado en aquel preciso instante.

Sutilmente el agua de la cisterna susurró el final de la esclavitud.