La noche de los truenos rotos

Dedicado a Jesús Bravo

La tormenta y la tierra tenían un pacto. La tormenta siempre avisaría de su llegada con relámpagos y truenos. A cambio, la tierra se abriría para recibir su furia y transformarla en calma. Mantuvieron el trato durante mucho tiempo, siendo ajenos a él los seres humanos, que consideraban los rayos del cielo un presagio de muerte y no de vida.

Solo unos pocos sabios tenían el entendimiento de la relación entre el cielo y la tierra. Ellos sabían que el primero era el alma y el segundo el cuerpo de todos los seres. Sabían que era la luz rugiente de la tormenta la que abría las puertas del espíritu para que pudiera trascender la materia. Comprendían que, de alguna manera, todas las manifestaciones externas lo eran también del espíritu humano. El hombre corriente, sin embargo, se refugiaba y rezaba para que la tierra no le entregara al castigo divino.

En una ocasión el cielo escuchó los rezos de los humanos y compasivo deseó para ellos una tormenta pacífica y silenciosa. Una tormenta que no se advirtiera ni asustara, que transformara sin ser notada. En consecuencia, una noche llegó a las puertas de la tierra sin avisar. No hubo rayos, ni luces, ni truenos. Descargó su fuerza sin hacer el menor ruido. Los habitantes de la región salieron sin miedo de sus casas y se sentaron en los porches a contemplar la tranquila lluvia.

Sin embargo la tierra estaba desprevenida y no se abrió para recibirla. El agua resbalaba sobre los terrenos como lo hiciera sobre las rocas y pronto se formaron gigantescos ríos que buscaban el camino al mar. Los campos se anegaron y las cosechas se malograron. Una gran inundación asoló la tierra y muy pocos sobrevivieron.

Los hombres lloraban y elevaron sus quejas a la pachamama y al padre cielo por igual. “¿Por qué ahora la muerte no es anunciada?”, preguntaron. La tierra y el cierlo tuvieron una agria discusión matrimonial: “El cielo ha roto su pacto y ahora me oculta sus intenciones”. El cielo, con un brevísimo relámpago replicó: “Son tus hijos los que me han rogado. Hazles tú entender que no hay vida sin destrucción”.

Cielo y tierra son una familia antigua y sabia, solo se discuten para encontrar una solución. Al cabo de la noche el cielo reunió todas sus fuerzas y lanzó un poderoso rayo que abrió una profunda zanja en la tierra. Todo el agua se precipitó en ella, devolviendo a sus hijos el sustento para sus pies.

Desde entonces, en esta tierra, la tormenta avisa a la tierra con sus rugidos y la tierra a los hombres con sus heridas.

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