Ricardo Corazón de Balón

Una vez habitó en esta tierra un hombre llamado Ricardo Corazón de Balón. Cuando niño descolgó una pelota de fútbol de un árbol al que nadie había logrado nunca trepar. Su mentor, el mago Balín, le educó en las artes del regate, la defensa y el cabezazo. Alcanzó tal grado de maestría que nadie podía derrotarle en un partido de fútbol.
Muchos equipos grandes quisieron comprar sus servicios, pero Ricardo Corazón de Balón sólo jugaba para su pueblo, para el bienestar de toda su familia. En vez de aceptar escandalosas ofertas, los retó públicamente a enfrentarse a él. Formó y entrenó un equipo, los Once, que tenía un león como emblema.
Ricardo Corazón de Balón tenía la pelota en el alma. Por eso la bola iba donde su alma quería. Cuando se concentraba y enfocaba, le bastaba un pensamiento para que el esférico atravesara la red. De hecho, estaba siempre tan seguro del gol que siempre los metía todos en el primer tiempo -ocho, diez, quince, según lo sintiera- y luego se dedicaba a crear preciosas fintas y fabulosas combinaciones con sus compañeros. El estadio enmudecía en el segundo tiempo. La euforia y celebraciones dejaban paso a un sentimiento íntimo y silencioso dada la belleza de las jugadas que ni siquiera necesitaban terminar en gol. Ricardo Corazón de Balón solía ‘marcar’ el posible gol con un gesto del pie, para mandar luego el esférico a la banda.
El equipo contrario siempre atravesaba las mismas fases: soberbia (te vamos a ganar), rabia (te vamos a machacar), frustración (no puedo contigo), sumisión (eres todopoderoso) y agradecimiento (amo cómo juegas).
A medida que obtenia victorias con su fútbol prodigioso, se iba ganando la fama de imbatible. Equipos todopoderosos como el Manchester United o el Barça tuvieron que hincar la rodilla. Era el mejor equipo del mundo y él el mejor delantero.
Nadie se explicaba cómo un portento de su naturaleza no fichaba por un gran equipo y se hinchaba a ganar millones. Ni que fuera, como él decía, para el bienestar de su familia.
Pero Ricardo Corazón de Balón ganaba suficiente con los partidos de exhibición. Lo que Ricardo buscaba no era la gloria, ni el dinero, ni la fama. Nadie supo nunca qué escondía su corazón -a parte de un balón-, qué intenciones le movían. Lo cierto es que todos los equipos que se enfrentaban con él vivían luego una transformación. El fútbol ya no era para ellos un negocio, ni una competición. Él les enseñó el verdadero arte del Balón. El arte del Corazón.

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