Archive for 28 abril 2009

Falsas alarmas

abril 28, 2009

Supongo que el lector de esta página ya estará acostumbrado a mis mensajes alarmistas. Que si cierro la página, que si la reabro, que si me voy, que si me quedo. Disculpen que en cierto modo utilice mi propia página web para dirimir mis dudas o tribulaciones.

El caso es que estoy vertiendo nueva energía en este lugar y me gusta lo que pasa. Así que no voy a cerrar esta página. Espero hacerla más grande, más visitada, conocida. ¿Por qué nunca me he puesto a promocionar mi web? En parte por vergüenza, pero qué diablos. ¿De qué tengo yo que avergonzarme? Me gusta lo que escribo y le gusta a mucha gente. Pero esa no es la razón principal. Más bien ha sido la vagancia. Imagínate que tiene mucho éxito y te ves escribiendo cuentos sin parar.

He tenido que madurar mi camino como escritor y mi relación con este medio para saber lo que quiero y lo que no quiero. Ahora estoy más claro y estoy dispuesto a promocionar la página. Así que termine de ultimar qué es lo que quiero conseguir con ello, me pongo.

Encefalograma

abril 24, 2009

Para mi querida Mónica

El primer beep anunció que estaba viva. Con entusiasmo trepó por la señal, maravillándose del verde púrpura que dejaba tras de sí. Su mirada era cada vez más elevada y en la inocencia de su trayecto no imaginaba que existiera un límite. Pero lo había. Sintió una profunda frustración cuando sintió decaer su energía y se deslizó sin remedio línea abajo, abandonando toda fuerza e intención. Su vida había sido corta, a penas un leve pitido, y cuando ya estaba dispuesta a aceptar la recta final, sonó otro beep. Lanzada como una llama volvió a emprender la subida, convencida de que todo había sido un error y que dependía de ella y de nada más continuar creciendo hasta el cielo y más allá. Sin embargo, volvió a suceder. Y con el tiempo comprobó que el ciclo de subidas y bajadas se repetía de forma regular.

Un día se detuvo para reflexionar. Durante unos segundos el puntito verde discurrió en perfecta horizontal, dándose la oportunidad de mirar atrás. A sus espaldas había dibujado un hermoso trayecto, constante y luminoso, donde las caídas eran el perfecto reflejo de las alturas alcanzadas.

Un cambio de conciencia aconteció y se dio cuenta de que el viaje no era hacia arriba o hacia abajo, sino adelante sin más. Que cada latido eléctrico era el regalo de una montaña más. Así, alternando su luz y su sombra, su vida y su muerte, su ying y su yang, se relajó por completo y se dejó llevar.

El apostador

abril 22, 2009

Dedicado a Javier

Nació con el don de apostarlo todo, siempre, a cada instante. Apostó su vida a que saldría del vientre de su madre, se jugó su futuro en los exámenes escolares, arriesgó su corazón con cada enlace amoroso y desafió a la muerte más de doce mil veces, es decir, cada día.

No le gustaban, sin embargo, los juegos de azar (“el azar es para quienes no dirigen su vida”, rezaba). No era un jugador, sino un apostador. Tomaba su existencia como una prueba continua de fuego, consciente de que una mañana cualquiera podría perder.

En consecuencia vivía una vida intensa y a ratos ansiosa que le empujaba hacia adelante como una explosión. Apenas tenía una pasión que le ayudaba a olvidarse de sus apuestas: las carreras de caballos.

En el hipódromo quien corría, quien competía y lo apostaba todo era el caballo, no él. Cuando los veía competir se relajaba y olvidaba los retos que la muerte sembraba a su paso cotidianamente.

Hay apostadores y apostadores, y también caballos y caballos. Él no podía tener cualquier favorito. De hecho, no confiaba en los ganadores. Eran previsibles. Conocía a fondo los participantes e invertía cantidades simbólicas en aquellos que le ofrecían un estímulo mayor. Caballos luchadores, para quienes llegar entre los cinco primeros era todo un logro. Tenía un favorito, “Lucho”, que no había ganado nunca una carrera y, sin embargo, era el más luchador de todos. En pocos años había escalado de la undécima posición a la sexta, y no prometía ir mucho más allá, pero en cada carrera lo daba todo.

“Los caballos son como yo”, solía decir, “no piensan en el dinero, ni en la gloria efímera de sus jinetes. Para ellos no importa cómo llegues, pues lo único que importa es llegar”.

Tarde de lluvia

abril 7, 2009

Un caminante venía de lejos. De tan lejos que ni siquiera recordaba su origen. Con el tiempo que había pasado caminando, incluso olvidó a dónde iba. Llegó a un cruce y, con él, a la obligación de decidir. ¿Derecha? ¿Izquierda? ¿Avanzar? ¿Retroceder? Quedó parado durante mucho rato bajo una lluvia que recién comenzaba a caer. Y mientras se mojaba y se hacía más imperativa su elección, el caminante se miró los pies. “Aquí”, dijo, y entonces supo que nunca más se volvería a perder.

La noche de los truenos rotos

abril 7, 2009

Dedicado a Jesús Bravo

La tormenta y la tierra tenían un pacto. La tormenta siempre avisaría de su llegada con relámpagos y truenos. A cambio, la tierra se abriría para recibir su furia y transformarla en calma. Mantuvieron el trato durante mucho tiempo, siendo ajenos a él los seres humanos, que consideraban los rayos del cielo un presagio de muerte y no de vida.

Solo unos pocos sabios tenían el entendimiento de la relación entre el cielo y la tierra. Ellos sabían que el primero era el alma y el segundo el cuerpo de todos los seres. Sabían que era la luz rugiente de la tormenta la que abría las puertas del espíritu para que pudiera trascender la materia. Comprendían que, de alguna manera, todas las manifestaciones externas lo eran también del espíritu humano. El hombre corriente, sin embargo, se refugiaba y rezaba para que la tierra no le entregara al castigo divino.

En una ocasión el cielo escuchó los rezos de los humanos y compasivo deseó para ellos una tormenta pacífica y silenciosa. Una tormenta que no se advirtiera ni asustara, que transformara sin ser notada. En consecuencia, una noche llegó a las puertas de la tierra sin avisar. No hubo rayos, ni luces, ni truenos. Descargó su fuerza sin hacer el menor ruido. Los habitantes de la región salieron sin miedo de sus casas y se sentaron en los porches a contemplar la tranquila lluvia.

Sin embargo la tierra estaba desprevenida y no se abrió para recibirla. El agua resbalaba sobre los terrenos como lo hiciera sobre las rocas y pronto se formaron gigantescos ríos que buscaban el camino al mar. Los campos se anegaron y las cosechas se malograron. Una gran inundación asoló la tierra y muy pocos sobrevivieron.

Los hombres lloraban y elevaron sus quejas a la pachamama y al padre cielo por igual. “¿Por qué ahora la muerte no es anunciada?”, preguntaron. La tierra y el cierlo tuvieron una agria discusión matrimonial: “El cielo ha roto su pacto y ahora me oculta sus intenciones”. El cielo, con un brevísimo relámpago replicó: “Son tus hijos los que me han rogado. Hazles tú entender que no hay vida sin destrucción”.

Cielo y tierra son una familia antigua y sabia, solo se discuten para encontrar una solución. Al cabo de la noche el cielo reunió todas sus fuerzas y lanzó un poderoso rayo que abrió una profunda zanja en la tierra. Todo el agua se precipitó en ella, devolviendo a sus hijos el sustento para sus pies.

Desde entonces, en esta tierra, la tormenta avisa a la tierra con sus rugidos y la tierra a los hombres con sus heridas.

Mensaje a los lectores

abril 6, 2009

Queridos lectores,

De alguna manera esta web está totalmente dedicada a vosotros. Yo sigo las estadísticas de mi página y no me puedo quejar. Estoy teniendo cada vez más visitas, pero lo que no sé es si son visitas de paso o realmente me leen.

Hace tiempo que he tomado la escritura como un camino personal, por lo que no siento depender de halagos ni de críticas. Sin embargo, me haría ilusión que nos conociéramos mejor. O sea, conoceros.

Como todo lo que escribo lo regalo, lo que me gustaría recibir a cambio son vuestros comentarios. Si alguna vez os he escrito un cuento, si os gusta lo que leéis o simplemente os caigo bien, por favor dejad comentarios. Es mi moneda de cambio, si?

Un abrazo y obrigado

Marcos

Brenda

abril 6, 2009

Dedicado a Jesús Bravo


La nota se prendió de un hilo y comenzó a volar con él. Pronto advirtió que el hilo viajaba en un grupo de cinco y que sujetas a ellos iban otras notas como ella. Se le parecían bastante y, aunque algunas eran tricornias o bicéfalas, concluyó que pertenecían a su misma familia.

Los hilos estaban electrificados y cada cierto tiempo la nota era sacudida por un chispazo que la hacía vibrar. A ella y a todas las que estaban a su altura. Parecía ocurrir cíclicamente y en orden. Es decir, las notas que se encontraban al principio de lo hilos sonaban primero y a continuación las demás, de forma ordenada y por turno de llegada. La nota sabía cuándo iba a sentir el chispazo porque la vecina más cercana le avisaba.

“Ahí viene la melodia”.

Lo cierto es que ese chispazo era agradable. Era más bien como una sacudida que la dejaba temblando de gusto un buen rato. El narrador omnisciente lo describiría como un orgasmo.

No había ni punto de comparación entre su existencia silenciosa y su vida ahora, a lomos del hilo volador. Sin embargo, la nota seguía sintiendo que le faltaba algo. No estaba segura de sonar todo lo bien que podría, y creía que otras notas sonaban mejor. Pensó que estaba allí por casualidad y que si se movía un poco, si buscaba un rincón mejor, cuando llegara la melodía saldría todo su potencial a la luz. Así que comenzó a desplazarse adelante y atrás, saltando incluso de hilo en hilo, probando a escucharse aquí o un poquito más allá.

En su periplo conoció a muchas otras notas de todas las especies: Síes, Laes, Does… Con todas esperaba la llegada de la melodía, que solía acudir al alba. Algunas veces la vibración era buena. Otras veces esperpéntica.

“¿cómo sonaré hoy?”, se preguntaba la nota que buscaba su lugar en el pentagrama.

Una mañana la melodía le sorprendió cuando pasaba distraídamente junto a un si bemol que colgaba discreto del último cordel. La vibración fue tan alta que todo se paró. Por unos instantes flotó en silencio y, al tiempo que se daba la vuelta para ver al sí bemol, la melodía las volvió a juntar. Parecía contenta la melodía, pues una y otra vez las hizo sonar, hasta que quedaron unidas.

Unisonaron a la perfección por mucho tiempo, pero su vocación era el camino, y llegó el día que debía continuar. La melodía, generosa, la dejó marchar. Ahora la nota sabia moverse con total libertad. Conocía los hilos, las vibraciones, los ritmos. Saltaba de un lado al otro, improvisando con la melodía.
Una noche que iba deambulando se encontró casualmente de regreso en su primer hogar, justo en la punta del hilo inferior. Lo encontró como lo había dejado: vacío. Se alegró de que nadie lo hubiera ocupado y tomó asiento.
Con el pie colgando del hilo miró a oriente y vio las primeras luces del amanecer. “La melodía no tardará en llegar”.

Ricardo Corazón de Balón

abril 6, 2009

Una vez habitó en esta tierra un hombre llamado Ricardo Corazón de Balón. Cuando niño descolgó una pelota de fútbol de un árbol al que nadie había logrado nunca trepar. Su mentor, el mago Balín, le educó en las artes del regate, la defensa y el cabezazo. Alcanzó tal grado de maestría que nadie podía derrotarle en un partido de fútbol.
Muchos equipos grandes quisieron comprar sus servicios, pero Ricardo Corazón de Balón sólo jugaba para su pueblo, para el bienestar de toda su familia. En vez de aceptar escandalosas ofertas, los retó públicamente a enfrentarse a él. Formó y entrenó un equipo, los Once, que tenía un león como emblema.
Ricardo Corazón de Balón tenía la pelota en el alma. Por eso la bola iba donde su alma quería. Cuando se concentraba y enfocaba, le bastaba un pensamiento para que el esférico atravesara la red. De hecho, estaba siempre tan seguro del gol que siempre los metía todos en el primer tiempo -ocho, diez, quince, según lo sintiera- y luego se dedicaba a crear preciosas fintas y fabulosas combinaciones con sus compañeros. El estadio enmudecía en el segundo tiempo. La euforia y celebraciones dejaban paso a un sentimiento íntimo y silencioso dada la belleza de las jugadas que ni siquiera necesitaban terminar en gol. Ricardo Corazón de Balón solía ‘marcar’ el posible gol con un gesto del pie, para mandar luego el esférico a la banda.
El equipo contrario siempre atravesaba las mismas fases: soberbia (te vamos a ganar), rabia (te vamos a machacar), frustración (no puedo contigo), sumisión (eres todopoderoso) y agradecimiento (amo cómo juegas).
A medida que obtenia victorias con su fútbol prodigioso, se iba ganando la fama de imbatible. Equipos todopoderosos como el Manchester United o el Barça tuvieron que hincar la rodilla. Era el mejor equipo del mundo y él el mejor delantero.
Nadie se explicaba cómo un portento de su naturaleza no fichaba por un gran equipo y se hinchaba a ganar millones. Ni que fuera, como él decía, para el bienestar de su familia.
Pero Ricardo Corazón de Balón ganaba suficiente con los partidos de exhibición. Lo que Ricardo buscaba no era la gloria, ni el dinero, ni la fama. Nadie supo nunca qué escondía su corazón -a parte de un balón-, qué intenciones le movían. Lo cierto es que todos los equipos que se enfrentaban con él vivían luego una transformación. El fútbol ya no era para ellos un negocio, ni una competición. Él les enseñó el verdadero arte del Balón. El arte del Corazón.