El rezo

Estaba muy abajo, con el cabeza totalmente inclinada hacia atrás para apreciar la altura de la torre. Si quería que su canto llegara a la princesa, tendría que elevar al máximo su voz.
Gritó y gritó hasta casi desgañitarse, pero nada. La princesa no se asomaba. Se conoce que a determinadas alturas las palabras se las llevaba el viento. Es más. Si las palabras son muy bellas y altisonantes, esas son las primeras en volar. Por alguna razón el viento las elige primero, pues hay muchos seres en otros lugares que las quieren oír.
Finalmente se derrumbó. Bajó la cabeza y se inclinó de rodillas frente al muro. Apoyó su entristecida cabeza contra la piedra y comenzó a murmurar: “Oh amada princesa, si tan solo estas palabras pudieras escuchar. Si supieras que me muero por verte y que eres la razón de mi existir. Oh amada, si tan solo pudieras oirme”.
El murmullo trepó por la pared como una hiedra, adentrándose en sus huecos y reverberando por toda la torre de una manera tan sutil, que ningún viento la llegó a advertir. Solo la princesa, que en aquel momento dormía, sintió un rezo en la piel y se despertó.

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