Amor de pies

Eran amantes ocasionales. Solían encontrarse en las frías mañanas, bajo la ducha. O en los cálidos domingos de primavera, en los

que podían juguetear bajo las sábanas hasta bien entrada la mañana sin que nadie les molestase. Pero su época preferida era el

verano. Entonces sí que podían sentirse libres durante largos periodos de tiempo. Y se dedicaban a correr por la playa, rozándose, arañándose, salpicándose motas de arena con agua, para luego correr juntos a tumbarse al sol y frotarse la espalda.

Sin embargo el suyo era un amor furtivo, duramente perseguido. La mayor parte del tiempo la pasaban confinados. El encierro consistía normalmente en un calcetín de hilo, a veces más ligero, a veces grueso y asfixiante, que apretaba todos sus dedos unos contra otros. Por si fuera poco a su camisa de fuerza había que añadir una gruesa armadura que se aseguraba con cordones y nudos apretados. A veces eran zapatos, a veces sandalias y, en el casos extremos, botas.  Aunque lo peor no era estar encerrados, sometidos a prolongados periodos de oscuridad ni el calor que sufrían ni el trabajo forzado.

Lo peor para los amantes es que los condenaban por separados. Sendas prisiones habían sido diseñadas para incomunicarlos. Por alguna cruel razón también les castigaban con el aislamiento. Y aun a pesar de eso, a pesar de que no podían verse ni tocarse, sabían que su amante estaba cerca de ellos. Solían golpear las paredes de sus celdas para hacerse señales y les parecía que podían hablarse de esta manera.

Eran capaces de coordinarse, y habían planeado escaparse muchas veces. Ensayaban una y otra vez, ayudándose a descalzarse. Ah, el momento de salir del zapato era sublime. En cuanto caía la pesada carga se sentían liberados y la sangre volvía a excitar sus deseos. Tocarse, amarse, frotarse, rascarse, estrecharse el uno con el otro durante los breves permisos nocturnos o en los escasas horas de libertad condicional que les eran dadas. Sus fantasías más sublimes llegaban incluso a verse colmadas cuando en raras ocasiones se encontraban solazándose frenéticamente con otra pareja de pies desnudos.

Pero tras el orgasmo de libertad siempre volvían a capturarlos. ¿Qué extraño loco era capaz de divertise torturándoles de esa manera? En sus sueños dentro del silencioso zapato practicaban para ser capaces de cruzar los dedos y desear que los pies desconocidos de la noche anterior lo hubieran logrado, que hubieran conseguido huir y correr lejos, muy lejos, hasta un lugar secreto donde poder gozarse interminablemente hasta que la muerte o una pierna les separe.

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