Archive for 24 febrero 2009

Nota pre-póstuma

febrero 24, 2009

Todavia no he triunfado y ya voy a morir. Muchos de mis cuentos siguen inéditos. Comencé buenos libros, pero luego siempre los fui dejando. Empecé a escribir para llenar las paredes de algo. Estaba muy solo. Me liberó muchas veces. Luego escribir era mi única vía de comunicación. Era casi autista. Gané un premio, saqué adelante una colección de relatos. Pero la vida me puso vida en el camino. Y por diez años me olvidé de que era escritor.

Un día por fin me acuerdo y me pongo a escribir mucho. mejor: lo comparto. Escribo pidemeuncuento a todo el mundo. Ciento y pico. Me canso. Pero me publico un viejo libro y rompo mi timidez para presentar espectáculos en vivo. Estoy en un proceso de cambio. Todo lo que hago trato de llevarlo a la experiencia. Escribo menos, hago más performance, trato de romper mis límites. Hago terapia, todo para curarme la tristeza. Comprenderán que la literatura volviera a pasar a segundo plano. Además, ya no quiero hacer literatura. Sólo escribir cosas reales.

Un verano, en uno de esos cursos, me reconecto con mi poder de escritor y empiezo dos novelas. Son buenas, tienen futuro, pero a mi me espera otro ancho camino de vida por delante. No tiene tanto peso mi libro como mi vida, y de nuevo me aparco.

Ahora, de alguna manera, tengo que morir. Una parte de mí se va a morir. El ego del escritor se me quedó pequeño hace tiempo. Pero todavía creía que escribiría una novela de detectives textuales y teatro y cosas así. Pero no prosperaba. Pasaban los años y no, no lo había hecho. Entonces, ¿de qué me cuesta tanto desprenderme? De la escritura, sin duda. En cuanto se detenga esta escritura al final de este párrafo me habré muerto. Ahora comienza la lectura.

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Todo va muy deprisa

febrero 24, 2009

Todo ha ido muy deprisa, me digo. No he acabado de montar esto y ya tengo que ir por lo otro. Pero no. No es que todo vaya deprisa, que sí que va, es que yo he estado dormido. ¿Qué he levantado en este tiempo? Nada. Cosas a medio hacer.

Es el momento de recordar por qué he entrado en este ciclo. Para crecer creando. Para aprender a escribir bien mi vida.

Dejar de escribir

febrero 24, 2009

Estoy en una etapa de mi existencia en la que, a toda velocidad, se me caen las palabras. Una detrás de otra, todas las expresiones en las que creía poder invertir mi talento, caen caducas al suelo.

No hay lugar para el experimentador y el cronista en el mismo cuerpo. Cuando uno experimenta, experimenta. Cuando uno crea, crea. El cronista, en cualquier caso, es un ser desfasado en el tiempo, una suerte de Peñafiel de la retahíla de sucesillos en mi vida.

Lo que quiero decir es que con el esfuerzo de un topo he labrado mi caminito hasta la superficie de un personaje que escribe y es poeta, etcétera. Pero que ahora parece que ni eso sirve. Pesa. No deja fluir, estar presente. Demasiado esfuerzo en mantener el ego contento. Hace aguas por todos lados. No es buen negocio.

Es mejor soltarlo todo. Partir. Solo entonces, en la escucha verdadera de la página en blanco, el verdadero escritor dejará su huella.

Amor de pies

febrero 19, 2009

Eran amantes ocasionales. Solían encontrarse en las frías mañanas, bajo la ducha. O en los cálidos domingos de primavera, en los

que podían juguetear bajo las sábanas hasta bien entrada la mañana sin que nadie les molestase. Pero su época preferida era el

verano. Entonces sí que podían sentirse libres durante largos periodos de tiempo. Y se dedicaban a correr por la playa, rozándose, arañándose, salpicándose motas de arena con agua, para luego correr juntos a tumbarse al sol y frotarse la espalda.

Sin embargo el suyo era un amor furtivo, duramente perseguido. La mayor parte del tiempo la pasaban confinados. El encierro consistía normalmente en un calcetín de hilo, a veces más ligero, a veces grueso y asfixiante, que apretaba todos sus dedos unos contra otros. Por si fuera poco a su camisa de fuerza había que añadir una gruesa armadura que se aseguraba con cordones y nudos apretados. A veces eran zapatos, a veces sandalias y, en el casos extremos, botas.  Aunque lo peor no era estar encerrados, sometidos a prolongados periodos de oscuridad ni el calor que sufrían ni el trabajo forzado.

Lo peor para los amantes es que los condenaban por separados. Sendas prisiones habían sido diseñadas para incomunicarlos. Por alguna cruel razón también les castigaban con el aislamiento. Y aun a pesar de eso, a pesar de que no podían verse ni tocarse, sabían que su amante estaba cerca de ellos. Solían golpear las paredes de sus celdas para hacerse señales y les parecía que podían hablarse de esta manera.

Eran capaces de coordinarse, y habían planeado escaparse muchas veces. Ensayaban una y otra vez, ayudándose a descalzarse. Ah, el momento de salir del zapato era sublime. En cuanto caía la pesada carga se sentían liberados y la sangre volvía a excitar sus deseos. Tocarse, amarse, frotarse, rascarse, estrecharse el uno con el otro durante los breves permisos nocturnos o en los escasas horas de libertad condicional que les eran dadas. Sus fantasías más sublimes llegaban incluso a verse colmadas cuando en raras ocasiones se encontraban solazándose frenéticamente con otra pareja de pies desnudos.

Pero tras el orgasmo de libertad siempre volvían a capturarlos. ¿Qué extraño loco era capaz de divertise torturándoles de esa manera? En sus sueños dentro del silencioso zapato practicaban para ser capaces de cruzar los dedos y desear que los pies desconocidos de la noche anterior lo hubieran logrado, que hubieran conseguido huir y correr lejos, muy lejos, hasta un lugar secreto donde poder gozarse interminablemente hasta que la muerte o una pierna les separe.