El Mandala permanente

Casi todos los mandalas habían desaparecido ya. Las corrientes de aire habían esparcido las arenas de colores por la gompa y los monjes ya se disponían a barrer. A penas quedaban restos de un buda que sonreía ante la impermanencia de su materia, o la esquina de un complejo microcosmos recortado por un paisaje volátil.

En aquel templo el viento era el encargado de la destrucción de los dibujos. Mediante un estudiado sistema de corrientes que se ponía en marcha abriendo ciertas ventanas, el aire penetraba con fuerza en la gompa y descomponía los mandalas durante la noche. Los monjes se limitaban a pasar la escoba al día siguiente.

Pero aquella mañana los monjes se llevaron una enorme sorpresa cuando descubrieron que un pequeño mandala destinado a complementar otro más grande había quedado intacto.

Ni un solo grano de arena se había movido de su sitio a pesar de las fuertes ráfagas de viento que habían soplado aquella noche. Era como si el espíritu del viento lo hubiera ignorado o hubiera decidido respetarlo a su paso. No era muy propio de un agente de lo efímero.

“Este mandala no está terminado, por eso no se puede ir”, dijo el abad del monasterio después de examinar el fenómeno.

No era fácil determinar qué faltaba en el dibujo. Lo habían ejecutado con asombrosa precisión, ni mayor ni menor que la empleada con los demás. Tras estudiarlo detenidamente, el abad determinó que no era la forma, ni las figuras, ni el contenido, ni tampoco el material. No era un mandala distinto en esencia a todos los demás.

El abad ordenó a los monjes que se sentaran alrededor del mandala a meditar. Él ocupó el trono y también comenzó a meditar. “Lo que no es visible en la forma, se manifiesta en el vacío”, dijo antes de hacer sonar el gong.

Sumidos en profunda meditación, los monjes comenzaron a identificarse con el mandala hasta darle vida y respirar con él. Al cabo de unas horas, uno de los monjes en trance comenzó a temblar. Inmediatamente otro monje apretó los dientes y dos más se contorsionaron, uno empezó a gruñir, otro a levantar la barbilla y el más joven a llorar. En poco tiempo los monjes estaban comportándose de las formas más extrañas junto al mandala.

El abad abrió los ojos y miró con atención a sus discípulos. El mandala estaba en crisis. Más allá de la perfección de su forma parecía sufrir una falta de armonía interna. Los granos de arena, como los monjes, sufrían una evidente ansiedad.

El abad añadió una frase al estado meditabundo de los monjes: “El mandala estará acabado cuando esté en paz. Pacificad vuestros corazones y el polvo descansará”.

Era cierto que entre los monjes había no pocas tensiones. Puñados de celos, restos de envidias, iras azules y verdes orgullos. Ser monjes no los hacía menos humanos y aquel pequeño mandala, aparentemente imperfecto por su caprichosa permanencia, les demandaba más. Demandaba ser terminado de verdad. Demandaba alcanzar el fin de su existencia antes de echarse a volar.

“El mandala permanente”, lo llamaron los monjes del templo desde aquel dia. Y a partir de entonces muchos otros mandalas fueron dibujados y desdibujados en la gompa, mientras que aquel resistía una tras otra ventisca.

Los monjes acudían a diario al mandala permanente y se sentaban a meditar. Cada grano de arena correspondía a una célula de su ser. Y cada esquina, ángulo, rostro o área de color se relacionaba de la misma manera que los monjes lo hacían entre sí. De manera que la tensión más sutil, silenciosa e ínfima entre varios de ellos tenía su equivalencia en algún lugar del mandala permanente.

Pasaron los años y los monjes obtuvieron un profundo conocimiento de aquel mandala indestructible, pero también de sí mismos y de sus compañeros. Poco a poco se hicieron conscientes de cada grano, ya fuera claro u oscuro, al tiempo que asumían su intricada relación con los otros. Cuanto más se conocían más ligeros parecían los granos de arena del mandala, de suerte que algunos desaparecían durante la noche en completa paz.

Fue así que muy lentamente la arena del mandala comenzó a volar. El corazón se les engrandecía a los monjes cuando por la mañana comprobaban que se había reducido un poquito más. Hasta que al final tan sólo quedó un granito minúsculo sobre el suelo de la gompa. Bien podría haber sido una mota de polvo, pero en honor a la verdad todos los monjes admitieron al unisono que esa mota era el único karma que les quedaba por limpiar.

Lo contemplaron en grupo durante unos minutos,  y mientras meditaban en el grano de arena le agradecían que los hubiera esperado a ellos, dándoles tiempo de mejorar.

En ese instante, un viento imprevisto se llevó la arena y a todos los monjes a la mar.

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