Archive for 27 marzo 2008

El cristal roto

marzo 27, 2008

Dedicado a Lara Alegre

Era un vaso de la dinastía Ming de fino cristal soplado. Estaba cuidadosamente colocado sobre un mantel de punto en el centro de una mesita del salón. Un pelotazó lo rompió en novecientos pedazos exactos. Antes de encontrar su lugar en el suelo de mármol, los pedazos volaron separados cada uno por su lado.

Por un momento fueron únicos y singulares, individuos de vidrio que reflejaban la luz a su modo: algunos la dejaban pasar añadiéndole a penas matices de blanco; otros la desviaban con descaro y manchaban paredes con repentinos reflejos de color ron, perla, azules dignísimos, rotunda púrpura y amarillos histéricos; pero la mayoría de pedazos trataron de beberse la luz como siempre habían deseado y la mantuvieron dentro un buen rato, bailando en sus estómagos de cristal hasta que la vomitaron.

Un instante antes del impacto la niña estaba mirando el vaso de la dinastía Ming: sus colores ordenados, su delicada manufactura, su fragilidad.

os cristales desordenados y volátiles compusieron para ella una breve danza con la luz. Y aunque sus ojos a penas tuvieron tiempo, su alma registró cada giro y cada reflejo, el dibujo de una virgen en movimiento, un caleidoscopio vivo en acción.
A la niña aquello le gustó. Y probó a romper también la vasija del período Chang, los vidrios tintados de la época Mullaidín y algunos cuencos de rojo fumado que procedían del reinado de Luis XVI. Obtuvo resultados asombrosos, verdaderas obras de arte efímero. Sin embargo, a pesar de haber destrozado la tienda de antiguedades de su tío, no consiguió que nada se pareciera al espectáculo del vaso Ming.

Cuando el tío entró en la tienda y vio el estropicio se mostró incómodo y reprendió a la niña por tanto alboroto. Pero cuando descubrió que entre los cristales había algunos de la dinastía Ming, se llevó las manos a la cabeza y exclamó enrojecido:
¡Mi vaso de la dinastía Ming!

¡Ah, el vaso!, respondió la niña recuperando la calma, Pues me puedes castigar por todo lo demás, pero ese, querido tío, ese se echó solo a volar.

El emperador (arcano IIII)

marzo 27, 2008

emperador.jpgNo llega el emperador verdadero a su trono por designio divino, aunque en su coronación la divinidad esté presente. De igual manera que no florece la semilla que no halla sus condiciones o que no se esfuerza en alcanzar el vacío.

Pasar de lacayo a emperador representa un cambio de naturaleza. ‘Cambio’ parece un término inalcanzable para una roca, aunque incluso ella se doblega ante la impermanencia. Lo más permanente es la impaciencia. Ésta multiplica los años y transforma las horas en siglos. No está hecho el tiempo para ser contemplado, sino vivido. Por eso el tiempo no tiene forma y sus representaciones son meras conjeturas.

Toma el mando el emperador en un prado y se lleva la mano al cinto con gesto satisfecho. Siempre mira atrás el emperador, hacia lo conquistado, pues es lo conquistado lo que le hizo emperador de verdad y no lo que pueda especular acerca del futuro que, por otro lado, acaso contenga su infortunio.

Podría el emperador mirar al frente y con ello conquistar la mirada de sus observadores. Pero sabe que su trono es leve y por eso ya tiene un pie en el suelo.

El navegante en tierra

marzo 27, 2008

Autocuento

Un navegante en tierra se comporta como lo haría en el mar si es buen capitán. Sigue los mapas, pero confía en su intuición para tomar los caminos. Y aunque sabe que llegará a algún puerto, no lo espera. El puerto debe esperarlo a él.

A veces la marea está tan baja que la quilla amenaza con rozar las rocas de corales. Entonces el navegante sabe que un hilo de agua le separa del desastre. “Puedo sentir la madera crujir al contacto con la piedra. Madera y piedra, una de las dos ha de perder”.

Pero siempre logra posar el barco y no estrellarlo, pues la mar le tiene estima.

“El mar es mi dueño en sus dominios y a él me entrego. Si ha de arrojarme, que me arroje. Si ha de llevarme en volandas, que me lleve”.

El navegante en tierra no echa de menos la mar, porque el aire lleva la misma sustancia y es el medio que letransporta. La tierra es la madera. Tierra y aire, una de las dos ha de perder. Pero el navegante logra posarse y nunca estrellarse, pues el aire le tiene estima.

Un loco

marzo 27, 2008

Enterrado en escritos antiguos, estaba este que recupero hoy para ilustrarme:

Un loco

Un loco es loco porque no sabe que todo está bien como está. Más bien le parece que el mundo está desordenado y que no encaja en él. El loco anda desnudo porque teme que la vestimenta le traicione y no le deje ser quien es. Solo siendo él mismo puede asegurarse de que no deja escapar la oportunidad de encontrar su lugar, hasta que, al cabo de toda su vida, si la sobrevive, se da cuenta de que su locura consiste en buscar.

– Si, pero hay que vivir, ¿no es cierto?

– Respira un momento y dime qué hay en tu corazón. El corazón está unido al lenguaje del mundo y sabe en todo momento dónde tiene que estar.

– Me preocupa que mi corazón no sepa dar órdenes ni tampoco explicarse

– Tú espera. No hagas nada, no fuerces nada, pero tampoco te distraigas. La distracción es la perdición de los marineros que están a punto de alcanzar la costa. Hoy has hecho cuatro cosas, cuatro. Pero las cuatro las querías hacer.

– Es cierto

– Ahora espera, estás donde quieres estar y llegarás donde quieres llegar. En el mundo no hay laberintos excepto en la mente. El mundo es una metáfora por donde navegan los egos. Suelen ir buscando faros que les guíen, puertos donde atracar, misiones que cumplir, pescado que faenar. ¿Y si todo fuera navegar y nada más?

– Entonces, ¿debo aceptar quedarme sin casa ni comida ni futuro profesional?

– ¿Sin casa ni comida? ¿Cuándo has tenido tú esa experiencia?

– Nunca, hasta hoy

– Entonces espera a tenerla y habrás logrado, cuando menos, una experiencia más y otro lugar desde el que partir. En cuanto a tu futuro profesional, simplemente no existe. Sólo se hace camino al andar. Renuncia a los futuros, a los deseos de la mente y déjate llevar. El mar te pondrá donde debas estar.

– ¿Y el pasado?

– El pasado es una canción de cuna, o de piratas, o de bardos que existieron en otro tiempo y otro lugar. El pasado es un rumor de la ola que acaba de romper. Puedes mirarlo con cariño, pero AHORA hay tanto que ver! Además, el pasado sabe cómo volver.

 

Yo amo

marzo 27, 2008

No puedo evitarlo. Yo amo. Como si de una maldición se tratara, yo amo. De mí sale el amor como tañidos de campana. No hay ventanas que pueda cerrar, ni válvulas. No tengo forma de detener este río que de mí se vierte. Me ofenden y amo. Me insultan y amo. Me han retorcido el brazo y herido. No observo cambios: amo.

Cuando no amo la hermosa compañía, amo su rostro dañado, su herida, el dolor que carga. Yo amo. Estoy sujeta a un verbo ya conjugado. A veces creo que, por fin, estoy a punto de vaciarme. Ya no más compasión intempestiva, ya no más mejillas después de mejillas. Por instantes creo alcanzar la paz muerta de quien por sí mismo no hace nada: Yo.

Pero sólo es una fugaz ilusión. Vine a este cuento con dos palabras: Yo y Amo. Yo amo. Sólo puedo hacer la lectura más lenta, pero no menos clara. No me dolería si no me doliera. No me cansaría si no me cansara. ¿Cómo se amansa esta entrega? ¿Cómo descansar mi amor exhausto?

No puedo cambiar mis palabras, pero sí puedo moverlas. Amo Yo.

Y, de pronto, todo el río vuelve a la montaña.

Nuevas energías

marzo 23, 2008

Morir es sano. Recientemente he participado en un sobrecogedor Taller Vivencial de Integración de la Propia Muerte, que promueve el Sr. Fericgla. Después de eso, nunca me he sentido tan vivo, ni tan centrado. Y aún estoy dando vueltas cerca del eje.

Entre otras cosas, ha despertado en mí una nueva manera de mirar mi arte. Quererse y responsabilizarse son la misma cosa.  Si yo quiero mi literatura me tengo que hacer responsable de ella. Eso por un lado, pero es que además me siento muy energético, con ganas de soltar a los perros y que corran.  Claro que no quiero que sean perros agresivos, que muerdan a todos. Quiero que sean simples canes que corren en el campo.

Estoy emprendiendo nuevos proyectos literarios que tienen que ver con el teatro (‘en vivo’ diría yo) y esto me da ánimos para dedicarle un poco de esa energía a Pídemeuncuento. Sigo pensando que, con el tiempo, Pidemeuncuento es un trabajo válido. Donde además quien quiera podrá siempre encontrarme. Es como una ciudad en un mapa. Y es mía.

Soy el alcalde de Pídemeuncuento. Y puedo publicar bandos, y censurar, y ser arcaico. O bien puedo romper normas y dejarlo totalmente abierto. Que Pídemeuncuento termine siendo de todos.

Hoy, en este precioso domingo, celebro que me siento bello y pleno, preparado para afrontar la primavera.

Historia de una O

marzo 22, 2008

Cuando la O empezó a ser O, allá por el punto número uno, no sabía lo que le esperaba. Había sido vagamente informada de que daría una vuelta a algo, y de que se avecinaba un viaje. Pero ignoraba si su viaje sería sano y salvo, o si volvería a casa.
Con la primera curva ya vio que su camino era torcido. ¡Qué distinto habría sido si hubiera seguido recto! ¿Por qué se desviaría? ¿Sería por soberbia? ¿Sería por torpeza? Además que sabía que quien mal anda mal acaba.
Como seguía girando de manera armoniosa y siempre con el mismo ángulo, comenzó a calmarse. Pronto llegaría al eje vertical de su punto de partida. A medio camino ya se encontraba, en esos momentos en los que una letra es según para dónde vaya.

O
Por un lado quería soltarse, dejar de orbitar como un planeta y encenderse como meteorito para cruzar el firmamento exhalando fuego.
Pero por otro no deseaba perder de vista su casa, su origen, su raíz, su sustento.
Para evitarse disgustos, siguió girando mientras se lo pensaba. Y ya llegaba, y temía el momento en que su viaje terminara, con su padre diciendo: “Ya te dije que esta niña volvería a casa”. Y se veía a si misma tiesa como una espada.

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Pero en el último momento, un golpe de gracia. Se dijo a sí misma, “Ahora que ya conozco el camino de vuelta a casa, ¿por qué en vez de terminarme no elijo una vuelta un poco más larga? ¿Qué prisa tengo en quedar terminada?”

Y dicho y hecho, en el último segundo dio un volantazo y la O siguió girando en otro plano. Y desde entonces se dice que por una espiral mal no se anda, porque nunca se acaba.

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La herida abierta

marzo 22, 2008

Diablo (así le llamaban aunque fuera humano) era especialmente sádico con su cuerpo. Por ejemplo, le gustaba llevar una herida abierta, de unos 5 centimetros de largo, que se había hecho a sí mismo con un cuchillo hace años. Nunca dejaba que se curara. Volvía a abrirla una y otra vez con cuchillos, cuchillas, cristales o cualquier cosa que cortara.

En una ocasión estuvo a punto de cicatrizar, pero sólo fue un respiro. Cuando más segura estaba la herida de que por fin se cerraría, Diablo la estaba esperando. Se ensañó especialmente con ella, arrancando el trabajo de su piel y musculatura a puntazos, y sellando después algunas zonas con un cigarrillo.

Tenía un arte inigualable para mantener abierta su herida sin que se infectara. A Diablo le hacían gracia los tatuajes. “Eso son heridas muertas”, decía. “Lo mío son heridas vivas”.

Diablo era un tipo duro y cada día se jugaba la vida. “Cuanto más al borde de la muerte te sitúas más se te acerca la vida”, solía decir. Pero hay un momento en que si te inclinas un poco más, la cagas”. De ahí que los bordes sanguinolentos de su herida le recordaran el filo de la navaja sobre la que caminaba.

Algunos consideraban que Diablo era un peligro y estaba al borde de la locura. Pero él siempre les contestaba: “Todo depende de una palabra y de una coma. Si te quedas corto no la alcanzas, pero si te pasas ya no regresas”.

“Por eso mantengo mi herida abierta, para que salga. Porque si la encierro, seguro que me come el alma. “

Quejica !!

marzo 22, 2008

Cuántas quejas Dios mío! Que si buaaaa voy a cerrar buaaaa, que si buaaa no me visitan buaaaa, que si buaaaa no he escrito los cuentos que me pidieron buaaaa, que si lo otro buaaaa.

Es paupérrimo. Ahora mismo me pongo recto. Si todo se resume en que me he vuelto vago para escribir, o que como vago me di vacaciones sólo por un tiempo.

Pero ahora es NOW, ahí vamos. Cuentos cuentos cuentos, para alegrar los cuerpos y a sus habitantes.

El Mandala permanente

marzo 22, 2008

Casi todos los mandalas habían desaparecido ya. Las corrientes de aire habían esparcido las arenas de colores por la gompa y los monjes ya se disponían a barrer. A penas quedaban restos de un buda que sonreía ante la impermanencia de su materia, o la esquina de un complejo microcosmos recortado por un paisaje volátil.

En aquel templo el viento era el encargado de la destrucción de los dibujos. Mediante un estudiado sistema de corrientes que se ponía en marcha abriendo ciertas ventanas, el aire penetraba con fuerza en la gompa y descomponía los mandalas durante la noche. Los monjes se limitaban a pasar la escoba al día siguiente.

Pero aquella mañana los monjes se llevaron una enorme sorpresa cuando descubrieron que un pequeño mandala destinado a complementar otro más grande había quedado intacto.

Ni un solo grano de arena se había movido de su sitio a pesar de las fuertes ráfagas de viento que habían soplado aquella noche. Era como si el espíritu del viento lo hubiera ignorado o hubiera decidido respetarlo a su paso. No era muy propio de un agente de lo efímero.

“Este mandala no está terminado, por eso no se puede ir”, dijo el abad del monasterio después de examinar el fenómeno.

No era fácil determinar qué faltaba en el dibujo. Lo habían ejecutado con asombrosa precisión, ni mayor ni menor que la empleada con los demás. Tras estudiarlo detenidamente, el abad determinó que no era la forma, ni las figuras, ni el contenido, ni tampoco el material. No era un mandala distinto en esencia a todos los demás.

El abad ordenó a los monjes que se sentaran alrededor del mandala a meditar. Él ocupó el trono y también comenzó a meditar. “Lo que no es visible en la forma, se manifiesta en el vacío”, dijo antes de hacer sonar el gong.

Sumidos en profunda meditación, los monjes comenzaron a identificarse con el mandala hasta darle vida y respirar con él. Al cabo de unas horas, uno de los monjes en trance comenzó a temblar. Inmediatamente otro monje apretó los dientes y dos más se contorsionaron, uno empezó a gruñir, otro a levantar la barbilla y el más joven a llorar. En poco tiempo los monjes estaban comportándose de las formas más extrañas junto al mandala.

El abad abrió los ojos y miró con atención a sus discípulos. El mandala estaba en crisis. Más allá de la perfección de su forma parecía sufrir una falta de armonía interna. Los granos de arena, como los monjes, sufrían una evidente ansiedad.

El abad añadió una frase al estado meditabundo de los monjes: “El mandala estará acabado cuando esté en paz. Pacificad vuestros corazones y el polvo descansará”.

Era cierto que entre los monjes había no pocas tensiones. Puñados de celos, restos de envidias, iras azules y verdes orgullos. Ser monjes no los hacía menos humanos y aquel pequeño mandala, aparentemente imperfecto por su caprichosa permanencia, les demandaba más. Demandaba ser terminado de verdad. Demandaba alcanzar el fin de su existencia antes de echarse a volar.

“El mandala permanente”, lo llamaron los monjes del templo desde aquel dia. Y a partir de entonces muchos otros mandalas fueron dibujados y desdibujados en la gompa, mientras que aquel resistía una tras otra ventisca.

Los monjes acudían a diario al mandala permanente y se sentaban a meditar. Cada grano de arena correspondía a una célula de su ser. Y cada esquina, ángulo, rostro o área de color se relacionaba de la misma manera que los monjes lo hacían entre sí. De manera que la tensión más sutil, silenciosa e ínfima entre varios de ellos tenía su equivalencia en algún lugar del mandala permanente.

Pasaron los años y los monjes obtuvieron un profundo conocimiento de aquel mandala indestructible, pero también de sí mismos y de sus compañeros. Poco a poco se hicieron conscientes de cada grano, ya fuera claro u oscuro, al tiempo que asumían su intricada relación con los otros. Cuanto más se conocían más ligeros parecían los granos de arena del mandala, de suerte que algunos desaparecían durante la noche en completa paz.

Fue así que muy lentamente la arena del mandala comenzó a volar. El corazón se les engrandecía a los monjes cuando por la mañana comprobaban que se había reducido un poquito más. Hasta que al final tan sólo quedó un granito minúsculo sobre el suelo de la gompa. Bien podría haber sido una mota de polvo, pero en honor a la verdad todos los monjes admitieron al unisono que esa mota era el único karma que les quedaba por limpiar.

Lo contemplaron en grupo durante unos minutos,  y mientras meditaban en el grano de arena le agradecían que los hubiera esperado a ellos, dándoles tiempo de mejorar.

En ese instante, un viento imprevisto se llevó la arena y a todos los monjes a la mar.