Homenaje a Franz

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Era necesario. Algún día tenía que vencer la pereza y declararlo. Amo a Franz K.

Prefiero omitir su apellido porque, franKmente, está muy vapuleado. Hoy en día es sinónimo de muchas sensaciones desagradables y de ideas muy alejadas de la verdadera naturaleza de este magnífico ser.

Yo leí con profusión a K. durante años. Durante toda mi adolescencia y principios de mis veinte. Leí sus novelas inacabadas, todos sus relatos, diarios, cartas a Felice y a Milena, biografías, ensayos. Todo. Tenía más de 30 libros. No considero que fuera una obsesión, sino más bien una profundización.

Soy consciente de que dependía por entero de las traducciones, pero si he tenido un maestro profundo en el arte de escribir, ese ha sido Franz. Un maestro y además un amigo. Yo a Franz siempre lo he visto como un hombre simpático, afable, un caballero de buen humor. De hecho, su escritura está plagada de buen humor, como bien observa Jordi Llovet, uno de sus mejores estudiosos. Basta con leerle con cierta inocencia para darse cuenta de que hay mucho “expresionismo cómico”, como esos personajes que de pronto son gigantes y de pronto enanos.  De hecho, en alguna parte leí que Franz era el único que se reía a carcajadas mientras leía su cuento “La Transformación” a una audiencia de amistades asqueada.

Algún tiempo después de mis insistentes lecturas decidí que no era una buena influencia para mi oscuro estado de ánimo y con mucho mimo empaqueté casi todos sus libros -menos la biografía de Max Brod, que ya casi es un incunable- y los regalé anónimamente a un amigo. Un día contaré esa anécdota.

Y aunque hace tiempo que no le leo, lo he visto. Lo vi en Borges, lo he visto en Monzó, Tomeo, Auster y tantos otros. Y es que la sombra de K. es alargada. Mucho me gustaría hablar de él, pero en este escueto homenaje tan sólo quiero reivindicar su nombre de pila, Franz.

Además de ser uno de los primeros y más célebres neuróticos del siglo XX, para mí fue ese héroe que no llegó a tiempo a salvarse de su enfermedad, pero sí lo bastante lejos como para comprender que toda enfermedad merece ser sanada. Tengo una opinión muy particular sobre la ‘traición’ de su amigo Brod al no quemar sus escritos. También la quiero desarrollar, pero he aquí un apunte: Franz quería sobrevivir a sus escritos y no que sus escritos le sobrevivieran a él.

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