Esperando a Kafka en Nueva York

Kafka en Praga

 

Ni he estado en Nueva York ni podré conocer en persona a uno de mis escritores favoritos, Franz Kafka, pero por fortuna para eso están los sueños. Anoche tuve uno muy especial que constituye, entre otras cosas, un principio del homenaje que le debo al genial autor checo. El sueño era más o menos así:

Por alguna razón había estado viviendo en Argentina y ahora me trasladaba a vivir a Nueva York, a principios de los años 20 (del siglo XX). Por lo visto iba a iniciar una nueva vida en la Gran Manzana y estaba muy ilusionado. Me encuentro paseando de noche por la ciudad en compañía de dos individuos alemanes que representan a un importante científico para quien voy a trabajar. El científico en cuestión desea abrir un laboratorio para sus inventos en Estados Unidos y me ofrezco como el hombre adecuado (aunque siento en lo íntimo que mucho tendré que aprender). Andamos paseando con estos alemanes y comentan que en la ciudad vive Franz Kafka, un conocido suyo, y que tendrán mucho gusto en presentármelo. Estoy de suerte, lo admiro desde hace tiempo y ahora tendré la ocasión de conocerle.

Paseando llegamos a una pequeña plaza de suelo empedrado que no tengo ni idea de que sea propia de NY. El caso es que en la esquina hay una típica taberna española. Les animo a tomarnos unos vinos para celebrar el acuerdo y mi llegada, así como para esperar a Kafka en un buen lugar. Soy consciente de que estoy en el extranjero y podría ir a cualquier otro lugar autóctono, pero de esta manera puedo ofrecer algo de mi cultura a estos amables extranjeros -de hecho, somos todos extranjeros en un país extranjero-.

La taberna está llena de gente ‘española’, fornidos hombres de aspecto gallego, murciano o castellano. La barra parece vasca y nos sentamos a esperar. De pronto pierdo de vista a los alemanes y a mi lado aparece uno de mis hermanos, procedente de Alemania (donde vive realmente). Le digo, ‘Alex!, que alegría verte! ¿Sabes quién va a venir? ¡Franz Kafka!

En ese momento me doy cuenta de lo mucho que aprecio al escritor checo. Tantas veces sentí empatía con él. Ahora se abre la posibilidad de establecer una bella amistad y le cuento a mi hermano la ilusión que tengo de traducirle algunos cuentos, de darle mis impresiones sobre los suyos, y me imagino que nos hacemos buenos amigos y damos largos paseos por Manhattan. En el sueño lo imagino vestido de negro, con su bastón y bombín, sonriente y simpático. Sencillo. Me digo,’Y la gente, ¿no lo reconocerá?’. En ese momento no caigo en la cuenta de que soy su contemporáneo en el sueño.

Pero el caso es que no llega. Quienes sí aparecen, en cambio, son más hermanos (tengo 7). Llega una hermana y luego vienen otros dos. Todos se sientan alrededor de la barra y hablan poco. Así que ahí estamos 5 de los hermanos, en silencio. Para animarme pido un vaso de vino. Lo que me sirven es un vaso con 4 gotas de vino, literalmente. Yo miro a la camarera y le digo: “Vamos, lléneme el vaso, que esto se evaporará antes de que me lo lleve a la boca”. Por lo visto se les había acabado el barril.

Y yo esperando a Kafka”.

Le he explicado el sueño a mi compañera, que es una fabulosa astróloga, y me ha dicho que este sueño me acerca a mi arquetipo. Es curioso, porque justo ayer estuve leyendo por encima varios libros. “Arquetipos e inconsciente colectivo”, de Jung (otro a quien me encantaría conocer) y “Jung y el tarot”, de Sallie Nichols.

Del libro de Nichols me centré en su descripición del arcano número 3 del tarot, La Emperatriz. Escogí leerlo porque se me ocurrió sumar los dígitos de mi fecha de nacimiento y calcular mi número de nacimiento. Resultó ser el 3. Desde que leí a Jodorowsky soy aficionado al tarot, y sé que La Emperatriz tiene que ver con la expresión artística, con la femeneidad en su máxima expresión y poder como ente creativo. La Emperatriz representa el momento, como dice Nichols, en que “el papel que estaba en nuestra máquina de escribir se llena de palabras”.

Me permitirán que en el futuro abunde sobre el tarot, los arquetipos y la numerología, no tanto desde una perspectiva ocultista, sino más bien diáfana y artística. Así como los sueños son materia oculta que sale a la luz por la estrecha puerta que da paso a la vigilia, todo misterio tiende sus puentes con nuestro mundo material.

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