El túnel de los horrores

El dueño gritaba con los pelos al viento que necesitaba más hombres-lobo, más volumen en las batidas de murciélagos, menos palomitas que distraen a los niños, más pendiente en las bajadas, que quiten a la niña vampiro y metan un adulto. ‘La función no marcha ! La función no marcha !’, se desgañitaba el dueño de la parada.
Poco le importaba que los niños gritaran, o que los adultos que los acompañaban salieran sudando del Túnel de los Horrores. ‘Necesitamos más caña’, insistía. ‘Si se ríen es que algo estamos haciendo mal’. A menudo se sentaba en una silla de mimbre frente a las puertas de salida para ver de cerca los ojos de los visitantes. Si no leía genuino terror en sus ojos improvisaba algún susto final y blandía como un loco un machete sobre sus cabezas hasta que conseguía arrancarles chillidos y ruegos.
Con el tiempo se convirtió en un experto en detectar las fobias de cada cliente y se esforzaba en ponerlas en su túnel. Arañas, cuchillos afilados, serpientes, monjas diabólicas, acosadores, políticos de toda índole, cualquier novedad era buena si contribuía a provocar orines.
El éxito y el refinamiento en su Túnel de los Horrores hizo que cada vez se aventuraran menos clientes. ¿Quién tiene ganas de visitar sus peores pesadillas? Desde luego no era divertido.
Una noche, en un exceso de celo, despidió a todo su equipo. ‘Nadie mejor que yo entiende el miedo, por eso tendré que horrorizar yo mismo’, les dijo a modo de finiquito. Desmanteló las instalaciones, desclavó las telas de araña, arrancó las cortinas del cuarto de la poseída. Nada de todo eso le parecía ya horroroso. No eran más que expresiones pálidas del verdadero miedo. ‘El verdadero miedo consiste en la única pregunta que no queremos hacernos’, pensaba cada vez más ensimismado.
La feria tuvo que marcharse pero al dueño del Túnel le pareció más adecuado tomar su silla de mimbre y adentrarse en el pueblo. ‘Lo más frecuente es que el miedo venga a nosotros, no al revés’, dijo el dueño entrando en la plaza del mercado. Se acercó a un guardia urbano que parecía ensimismado en su misión de proyectar su autoridad frente a los ciudadanos. ‘Perdone, agente’, le dijo el maestro de los horrores, ‘¿Puedo hacerle una pregunta?’

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