El camarero

Llevaba una bandeja por vocación, y aunque no servía mesas transportaba en ella toda clase de refrescos, de alegrías de menta, de sorpresas, de tazas llenas de curiosidad y cucharadas de afectos.
A veces, de vuelta de sus paseos de camarero, volvía cargado con los platos sucios, pero era un profesional y no se desanimaba, porque sabía que, cuando menos, su bandeja estaba impoluta.
“Eso hace que te guste cualquier cosa que transportes”, declaró el camarero en una entrevista. “Pero también te cansas y piensas, ¿para qué mesa era este servicio?”. Así que a veces se veía, en sus múltiples viajes, cargando en la bandeja cosas que para nada quería. Y las fue regalando, de terraza en terraza, de ciudad en ciudad, descargando un cortado aquí, un ristretto allá, sirviendo tés a la menta y chupitos de canela por muchos rincones.
Y ya hubo un momento en que se sintió ligero y sintió el placer intenso de llevar únicamente la bandeja vacía. Entonces le vino a la cabeza esta pregunta: “Si de pronto nadie pidiera nada, ¿para qué servirías?”
La bandeja no contestó, pero con un gesto veloz se puso a las espaldas del camarero, lo levantó por el trasero y lo sirvió en bandeja de plata.

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