Cordón umbilical

A punto de nacer todos dudaban ya de quién había alimentado a quién. ‘La mujer al feto, por supuesto’, diría el médico pediatra. ‘El cordón umbilical es unidireccional !’. El médico se explicaba muy bien con términos científicos y académicos. Podía recitar de memoria la composición química de todos los nutrientes y la raíz cuadrada de todo el oxígeno que había consumido el feto. ‘Que no es poco’, añadía. ‘Desde mi posición de experto digo que es la madre quien alimenta al niño y no al revés’, dijo con los ojos entornados para zanjar la discusión.
Nadie de la familia carecía de sentido común y aceptaban el criterio médico, pero entonces ¿por qué dudaban tanto? ‘Pues yo sigo pensando que aquí pasa algo raro’, dijo el cabeza de familia. ‘Mi mujer dice que el bebé le devuelve cosas. Dice que selecciona. A ver como vamos a consentir nosotros esto ! No ha nacido todavía y ya está faltándonos al respeto !’.
En casa eran todos muy religiosos. ‘Al pan pan y al vino vino !’, solía decir el cabeza de familia en cuanto se había leído el periódico de la primera a la última página. ‘Existe un orden de cosas, un principio, un medio y un fin. Vivan las secuencias !’. Al hombre le fascinaba la creación de la vida. Él era el impulso primigenio, el VERBO que, en forma de semen había puesto en marcha una nueva existencia con sus cadenas de ADN, sus causas y consecuencias, sus días seguidos de sus noches, su tiempo contante y sonante, su nacimiento y su muerte. Para él, el gran Inseminador, la muerte era parte del programa que legaba. Por eso al principio hizo broma pero luego fue palideciendo al darse cuenta de que el bebé tenía preferencias, tomaba decisiones e incluso, para desgracia del nombre familiar, había estado en huelga de hambre.
‘No me come, Paco, te digo que no me come’, decía entre sollozos la mujer embarazada
‘Pues ciérrale el grifo de verdad y ya verás como se le pasa !’, tronaba severo el hombre.
A los nueve meses la situación se había hecho insostenible. La mujer no paraba de engordar y de tener sueños extraños en los que su hija crecía para atrás, desde muy viejecita, para terminar metiéndose en su tripa, alimentar su placenta y hacerse tan, tan pequeña, que al final, en una noche de pasión, lograba escapar y volver al sexo del hombre, donde por lo visto tomaba acomodo.
Mientras, el cabeza de familia no paraba de dar vueltas de pie sobre la cama, con las manos en la espalda. ‘Ya verá cuando salga, ya. Le voy a leer la papeleta’, le decía indignado a su mujer, que se mareaba.
Por fin llegó el día del parto y el médico les aseguró que no había nada raro. Se hicieron los preparativos y el matrimonio acabó relajándose y confiando en el buen criterio del médico, que estaba muy bien considerado en la comunidad. ‘Bah’, dijo el marido justo cuando el pediatra sacaba a la niña del vientre de su mujer, ‘seguro que todo ha sido una fantasía’. Pero en cuanto estuvo fuera, y antes de que nadie pudiera hacer nada, abrió sus enormes ojos para dar a luz a sus nuevos padres.

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