Archive for 19 enero 2007

La alfombra voladora

enero 19, 2007

Dedicado a Mile

(En caravana parece que viajaban tus palabras)

De miedo estaba la alfombra hecha. Tenía la textura de la lana, era agradable al tacto con los pies, pero temblaba toda. Una no podía estar simplemente en ella sentada y esperar que no pasara nada. Al contrario, ¡todo pasaba! Una casa volando, otro árbol que la roza, y todo ese viento!

De terror estaba hecha la alfombra voladora. Si se caía, se mataba. Además que no había cómo pararla. No conocía su idioma. Como era mora! Inshaalá se pare el miedo!
Aunque en verdad no sabía que le daba más miedo: si volar en la alfombra sin dominarla o volver a la tierra. Aunque la alfombra a ras de suelo y despacio bajara, a ella le daría la sensación de que se hubiera estrellado. Imagínate, renunciar a los baños de nubes, a las carreras con gaviotas, a trascender las tormentas y a miles de cosas que se hacen sobre una alfombra voladora. Así que era dar un paso y acabar con los deseos más profundos. Porque, ¿y si la alfombra se iba volando? ¿y si no volvía? ¿Quién le aseguraba que era de ella? Al fin y al cabo se la había encontrado un día y en unos segundos ya estaba volando. A lo mejor pertenecía a alguien y ella se la había llevado por error. Quizá debería devolverla.

Se dejó caer de culo sobre la alfombra mientras sobrevolaba la riviera maya. El viento era frío a aquella altura y estaba atravesando una nube húmeda. Bajo sus manos la piel de la alfombra se enervaba, temblaba como un haz de neutrones sometidos a una presión extrema. Los sentía chillar bajo su piel. La alfombra estaba histérica de miedo. Quizá ella también temía por su destino. Quién sabe de dónde habría venido. Quizá perteneció a alguien que no hizo buen uso de ella, quizá estaba mejor ahora. Quizá simplemente se muera si no transporta a nadie.
Pero un día tuvo que decidirse y volver a tierra. La alfombra voladora pareció comprender lo que pasaba y no se resistió en absoluto. Envueltas en un triste silencio descendieron lentamente hasta el suelo. Estaban a un centímetro de separarse. Entonces la alfombra se posó en tierra y en cuanto la tocó estalló en un ramillete de perlas blancas que volaron por todas partes. Algunas se metieron en las plantas, otras se fueron hacia los animales, otra se metió en una escoba y en los vendavales, en los pensamientos alegres, en algunos oscuros… No podía creérselo, había visto desaparecer a la alfombra mágica, volatilizarse! De pronto le embargó la pena, era como haberla visto morir.

Comenzó a caminar descalza sobre el camino de tierra. Ahora todo en su vida iría mucho más despacio. Y ya no sería mágico.

Cuán equivocada estaba: a la vuelta de un pino se le apareció un duende, y junto a las peñas le saludaron varias hadas; antes de llegar al pueblo tuvo un encuentro con trasgos y se tuvo que desacer de varios ogros. Muchos peligros tuvo que enfrentar a partir de aquel día, pero por suerte siempre encontraría algún objeto mágico que la salvara. Un día en una escoba salía volando, otro recuperaba sus fuerzas con una planta, otro día hablaba con el río para que no la ahogara, y en una ocasión cruzó el desierto sana y salva.

Y es que por doquiera que pisaba podía encontrar las hebras de su querida alfombra mágica, que hacía volar todo cuanto tocaba.

Inventacuentos, esta vez sí

enero 18, 2007

Ha pasado un año desde la última vez que dije que volvía el Inventacuentos. No sabía que estaba a punto de meterme en una etapa convulsa de mi vida. Bueno, más bien agitada e intensa pero muy provechosa.
Sin embargo ahora sí puedo decir que estoy buscando local para actuar y que en cuanto lo tenga concertado avisaré a todos los que tenga en mi lista de correo y anden por Madrid.
El Inventacuentos volverá renovado, magnificado, dramatizado y muchas cosas más. Espero dejar huella!

Gracias Choan!

enero 18, 2007

Por fin pongo la página nueva online. Ya se pueden poner comentarios y demás. Queda trabajo por hacer, arreglos técnicos etc… pero estoy muy contento.

Quiero dar las gracias a Choan Gálvez, autor de Mundo Du (http://du.lacalabaza.net/), quien me ha regalado su tiempo para ayudarme a mejorar Pidemeuncuento.

Queda mucho por hacer, muchos proyectos por iniciar. Estoy lleno de ilusiones y, lo que es más importante, de energías para llevarlas a cabo.

Bienvenidos una vez más.
Marcos X

¿Qué puedes esperar de mis cuentos?

enero 17, 2007

Puede que te guste y puede que no, pero puedes estar seguro que detrás de cada palabra pongo todo mi amor. Puedes encontrarte con un cuento que hable de ti, de algo íntimo que puedes llegar a reconocer como propio. En esta página ya hay algunos ejemplos. No son adivinaciones, ni profecías, ni retratos surrealistas. Son historias que surgen de un punto de convergencia entre tus palabras y mi forma de interpretarlas. Espero disfrutar con este proceso creativo y haceros disfrutar también.

A medida que avanza mi conocimiento y experiencia en esta tarea se me ocurren algunos conceptos que me gustaría ir describiendo.

El autocuento

enero 17, 2007

A lo mejor ya se ha inventado, pero eso poco me importa. Yo he descubierto lo útil que resulta escribirse a uno mismo un cuento. Cuando algo me preocupa, cuando no sé qué decidir, me escribo un cuento. No siempre, sólo me he escrito un par. Ya se sabe que en casa de herrero cuchillo de palo. Pero es una especie de autorretrato: la imagen de un segundo concreto de mi existencia. Un puntito de referencia. Ni más, ni menos.

El escritor espejo

enero 17, 2007

Un día, reflexionando en un foro sobre la teoría de espejo, adopté la siguiente idea referida a mi trabajo: no soy más que un punto de vista. Un punto de vista del universo, sí, pero ni mejor ni peor ni más ni menos oportuno que otro. En cierto modo ofrezco mi punto de vista a quien me lo pide mediante palabras. Con esas mismas palabras otro escritor-espejo puede crear otra cosa distinta. ¿Es más cierto lo mío que lo suyo? ¡Para nada !

Esto hace que escribir resulte una actividad muy libre, pero hay que tener en cuenta algunas cosas. Para ser un verdadero y sincero espejo uno no puede manipular lo que le viene a la cabeza. El escritor-espejo tiene que reflejarlo tal y como lo ve, sin pretender maquillarlo para el gusto o la conveniencia del público ni de él mismo. A veces el autor se pregunta: ¿pero qué tendrá que ver esto con las palabras que me han dado? Pero no es una pregunta útil. Todo lo contrario. Lo que hace interesante y útil este ejercicio es que yo devuelva el cuento a partir de lo que yo he intuido espontáneamente. ¡No puedo fingir que soy otro! Para el lector también es importante saberlo.

Creo firmemente en la intuición como forma de pensamiento.

Hay espejos que te reflejan gordo, otros flaco, otros deforme, otros bello. Yo soy el espejo que soy, y me gusta reflejar lo bello, pero también aquello que dificulta la belleza.

Pienso que todo el mundo es un espejo, sea o no escribiendo. Con el tiempo me gustaría que aquí se escribieran cuentos, los unos a los otros. Espero animar a unos cuantos por lo menos.

El escritor empático

enero 17, 2007

Me he dado cuenta de que escribo cuentos en dos condiciones: una es utilizando la intuición pura y dura, sin aditivos. Pillo las palabras y lo primero que me viene a la mente es lo que funciona. Ahí dejo que la intuición me guíe y la historia se va escribiendo sola. Es muy importante permanecer inocentes en este proceso. Eso es lo que explico abajo del escritor-espejo.

Pero por otro lado también escribo desde el sentimiento. Quiero decir que si estoy bien presente leo las palabras con empatía, me adentro sensiblemente en ellas y entonces describo lo que veo. Es como pintar un lienzo, creo (no soy pintor, pero si lo fuera pintaría así). Para hacer esto hay que estar bien equilibrado, bien pleno de amor por dentro, porque si no difícilmente voy a entrar en la sensibilidad del otro. Cuando estoy inquieto por algo (como por ejemplo por este proyecto) mi preocupación hace que lea las palabras como desafíos, no como sentimientos ! Y el conflicto asciende hasta el intelecto, donde se emite la orden de bloquearse hasta que no se resuelva el enigma. El problema es que no hay ningún enigma, tan sólo una línea de sentimientos unidos por comas o por lo que sea. ¿De qué tengo miedo? No me propuse demostrar nada ni defraudar a nadie. Lo único que busco es empatía, contacto, aunque se mezclen de por medio todos los aspectos de mi ego. A veces, como hoy, tengo que recordarme que deseo ser un escritor-empático también. Alguien que te encuentras por ahí, que le REGALAS unas palabras y que te las devuelve con una hermosa forma. Es como hacer figuritas de papel. Sólo de este modo puedo sentirme artista. Y me gusta, porque considero que el arte sólo puede proceder del amor (‘a’ y ‘r’ estaban demasiado lejos y quisieron juntarse y levantar un templo, ”t’).

¿Por qué escribo cuentos?

enero 17, 2007

Estos cuentos son un regalo. Son mi tributo al mundo por dejarme existir en él. Los escribo para uno pero los publicaré todos aquí, abiertamente. Si queréis copiarlos, copiadlos. Si queréis regalarlos, regaladlos. Pero que no se vendan, que no se publiquen en un medio que no esté abierto, sin cargo. Están todos aquí y en vuestras manos, son libres fruto de un intercambio sagrado. Si las vendéis ni que sea por un duro las habréis matado. No importa, la verdad, porque puedo poner más huevos que una Hormiga Reina. ¿Pero renunciaríais a una semilla de ternura por unos duros?

Una tarde de otoño

enero 16, 2007

Sus ojos dejaban caer sonrisas como hojas lanzadas al viento. La joven temía a veces quedarse desierta, imaginarse como un árbol de ramas secas. Y sin embargo era mucha la abundancia. Eran perennes sus ganas. Además que le gustaba. Perder sonrisas no es como perder cabello. Se decoran los caminos por los que se pasa. Se tiende un manto de simpatías y algunas sonrisas se disparan.

Si Gustavo Adolfo Bécker hubiera pasado a su lado, sumido sombríamente en sus desamores, a su mente habría venido volando una de sus sonrisas y este poema habría inventado:

“Mi vida es un edén, flor que toco que florece, que en mi camino fetén, voy sembrando el bien, para quien lo merece.”

Sin embargo, por su naturaleza generosa y otoñal, no dejaba de acompañarla nunca cierta nostalgia. Trataba de identificarla, pero no sabía qué podía ser. ¿Ir por ahí perdiendo sonrisas la hacía sentir más pobre? ¿Se hacía mayor su alegría? ¿Falta de vitalidad, nivel bajo de hematocontentos? Era por eso que, aunque la hacía feliz desprenderse de sonrisas allí donde iba y hacía felices a muchos transeúntes, estaba triste.

Un día en un camino se cruzó con un campesino que con un rastrillo agrupaba hojas en varias montañas. Como era de esperar, la joven comenzó a dejar el suelo perdido de sonrisas. Las sonrisas, mezcladas con las hojas, provocaron un remolino y las montañas del campesino se hicieron montecillos.

– Disculpe, fue sin querer, se disculpó la joven al ver al atribulado campesino llevarse las manos a la cabeza.

– Ja ja, respondió él, no se preocupe. Parece que las hojas y sus sonrisas se han enamorado! Están retozando por todo el campo!

Era verdad. A lomos de unas hojas de castaño un par de sonrisas se daban un beso. Bajo una de olmo, otra son (partía de) risa.

Aquello la sorprendió de veras. Normalmente confundía derramar sonrisas con estar llorando. Pero el revuelo con las hojas era todo lo contrario.

– Pensaba que mis sonrisas se morían cuando llegaban al suelo, dijo ella estornudando una carcajada.

– Pues ya ve que no señorita, dijo el campesino, que usté no pierde sonrisas, sino que las está sembrando!

El cuarto Mandamiento

enero 16, 2007

Dedicado a Inquieta

Como flor de loto que se sostiene en el barro, de igual manera
la inocencia se precipitará en el abismo para llevar la luz donde sólo hay oscuridad.

Su padre era cazador y su madre una santa. De pequeño cantaba en el coro del pueblo para la satisfacción de ella. Cantar con el coro era como zambullirse en el mar. Cuando las corrientes le eran propicias sus viajes sonoros extraviaban su identidad y su voz de niño, mezclada con las demás, era un puente de ecos que aspiraban a la eternidad.

Su madre lo miraba emocionada desde los bancos de la iglesia y movía los labios para acompañar a su angelito rubio de ojos azules en cada sílaba de cada verso. A ella le gustaba cerrar los ojos y perderse en el sueño de estrellas que su hijo hilaba para ella. Bien podía tomarle de la mano, a pesar de la distancia, y mostrarle en silencio el orden de los planetas. El firmamento era un segundo hogar para ellos y la música el caballo blanco que los llevaba a cabalgar.

Pero la vida en la tierra tiene reglas que no se pueden ignorar. Una mañana de domingo, en vez de ir a la Iglesia con su madre, su padre se lo llevó a cazar. Se internaron en el bosque por varios días y el muchacho conoció la sangre animal. Cuando su madre lo vio entrar en casa con el semblante dudoso, portando un tejón muerto colgado de la cintura se puso a llorar. Aquella noche marido y mujer tuvieron una larga discusión. “El espíritu no va a alimentar nuestros cuerpos”, oyó gritar a su padre. Nunca se discutió más, pero al poco tiempo la voz del niño empezó a cambiar y un día dejó de cantar. Mantener a la familia en aquel pueblo alejado era lo principal.

Amaba a sus padres por encima de todas las cosas y en su ansia por complacerlos echaba carreras consigo mismo para darles satisfacción. El inconveniente era que no podía honrarlos por igual. Su padre deseaba para él un brazo fuerte, ganas de triunfar, un corazón noble y las presas más grandes que pudiera atrapar. Temía que un si sólo perseguía conejos se convirtiera en conejo en el momento de la verdad. Su madre, en cambio, añoraba su voz de niño, las manos limpias y un alma sin terrores para atraer la luz del sol. Entre ambos mundos el joven oscilaba sin cesar. Al igual que su madre, detestaba la sangre fuera de su lugar, pero admitía la necesidad. Si el cielo sonríe siempre a los niños buenos, la tierra es más difícil de contentar. Entre ambos mundos existía un abismo de fatalidad y parecía que lo que tomaba de uno, del otro lo tenía que dejar. Poco a poco, el niño se fue tiñendo de leña y de campo y de ciervo en mano y del sudor de trabajar: se hizo un hombre con cabello de tierra y ojos meditabundos que sondeaban la oscuridad.

El bosque que se extendía desde el pueblo era mágico. Un bosque de cuento, podríamos resumir. Existía una ley secreta donde el equilibrio era fundamental: todo cuanto cazaba por el día de noche lo venía a buscar. Cada vez que un cazador mataba una pieza, otra de igual tamaño y fuerza nacía en lo más recóndito de su mente dispuesta a regresar. Agazapado, el animal dormía durante la vigilia hasta que llegaba la noche y salía a rondar por los sueños del cazador. No siempre tomaban la misma forma con la que había vivido. En los sueños los ciervos aullaban, el jabalí era una roca escarpada y los lobos abatidos una jauría de corceles negros que se acercaban al galope hasta despertarlo violentamente, de madrugada.

Su padre había tenido esas pesadillas y ahora su hijo también. Era el precio de ser hombre y matar para vivir en aquel lugar. Su madre lo comprendía todo y le cantaba para ayudarle a dormir. Empleaba voces tan dulces que en el bosque sombrío de sus sueños se abrían claros y un río largo y sinuoso reflejaba la luz. Las bestias callaban para escuchar. No todas las noches un ángel las venía a visitar en su soledad.

En sus sueños se esforzaba por ser fuerte y no temer. Pero todo el valor que tenía en el bosque se desvanecía al anochecer. Contra las sombras intangibles de sus sueños no tenía armas para luchar. A medida que se hizo hombre aprendió a tranquilizar a su mamá y a no gritar cuando las dentelladas de una pantera le hacían levantar. Poco a poco las canciones se fueron alejando más. Primero se apartaron del lecho, más tarde del umbral, y con el tiempo sólo oía a su madre musitar desde la sala de estar. Era el precio de convertirse en hombre en aquel lugar.

Pasó el tiempo y cumplía sus deberes sin rechistar. Empleaba el día para la caza y la noche para purgar. No tenía tiempo ya el muchacho para cantar y lentamente la balanza de la tristeza se comenzó a llenar.

Habían pocas cosas, ciertamente, que le rescataran de su soledad. Amores furtivos, la cocina de mamá (siempre aprovechaba para ponerle en la sopa una nota musical), algunas risas con papá, y sus propios pensamientos cuando los echaba a volar. Uno de ellos debió triunfar, porque un dia trajo de vuelta un pajarillo singular. Era todo fragilidad, azul de cuerpo, el pico rojo y tenía un canto celestial. Siempre se lo acompañaba en el bosque cuando iba a trabajar. A veces incluso en sus sueños aparecía para alumbrar las sombras a donde ya no llegaba su mamá. Cuando la espera entre los matorrales se hacía tediosa, el pájaro siempre tenía un trino que lo arrancaba de la mortalidad.

Una madrugada que salió a cazar el bosque estaba más inquieto de lo normal. Se crispaban los cuervos y las ranas no dejaban de croar. Escopeta en mano, el cazador anduvo hasta la falda de la montaña nevada. Llevaba meses siguiendo las huellas de una furiosa bestia que estaba sembrando el terror entre sus vecinos ganaderos. Caminaba convencido de la necesidad de atraparlo, aunque también sabía que cuando lo hiciera nacería en su mente una pesadilla más.

Su padre lo había preparado bien: prudencia, serenidad y respeto por el rival. Gracias a su entrenamiento, no le costó mucho divisar al animal, un lobo gigantesco con ojos de satán. Apuntó con cuidado pero el disparo salió mal. Tuvo que acercarse más. Curiosamente la bestia no se parecía inmutar. Encaramado a una roca volvió a preparar su arma pero erró otra vez. Aquel animal infernal parecía conocer las balas, las intenciones y todos sus movimientos de cazador. Se movía en el bosque como lo hacían sus pesadillas durante el sueño. Intentó de todo, pero nada de lo que su padre le había enseñado parecía funcionar. Cuanto más empeño e instinto cazador ponía, más esquivo era el lobo que incluso parecía disfrutar. “Quizá me estuve preparando para este momento o quizá sea mi momento final”, pensó el cazador impotente al ver que sus artimañas no daban resultado. Como un fantasma, el lobo gigantesco desaparecía de su vista y volvía asomar, un poco más allá, impidiéndole apuntar. El miedo empezó a cundir en su ánimo y llegó un momento en que no supo si el bosque era real o un sueño más. Meditaba en todo esto cuando, de pronto, el lobo surgió frente a él. En un enfrentamiento cuerpo a cuerpo no tenía la menor posibilidad. Si no era capaz de detener las furias de sus sueños, ¿cómo iba a hacerlo en la realidad? El primer zarpazo le hizo sangrar. La herida abrió paso a un torrente de dolor. La bestia, invencible, se dio la vuelta para asestar el mordisco final. Se tomaba su tiempo el animal, mirándole sereno, incluso con curiosidad. Una pena infinita lo vino a subyugar. Nunca era dueño de sus noches y ahora tampoco de su realidad. Sentía impotencia el cazador, los ojos negros como el carbón, el costado ensangrentado y la esperanza herida. Finalmente el bosque quería cobrar.

Malherido y de rodillas se dispuso a entregarse al animal en justo pago por sus años de caza. Lejos estaba su padre para defenderlo y lejos su madre para consolarlo ante tan triste final. Ni siquiera sentía odio hacia la verdugo que lo iba a sentenciar. Tarde o temprano sus pesadillas lo habrían atrapado igual. Y pensó que si moría ahora todos sus demonios y los de su padre se irían con él.

Pero ya dijimos que el bosque era mágico y que un secreto hilo unía a los árboles con los sueños del cazador. Todo era silencio entre el lobo y él. Ni un gruñido, ni un reproche, todo era resignación. Sólo un murmullo de aire suave pasaba de rama en rama oliendo a mar. Y en aquel momento una dulce melodía comenzó a sonar. Era a penas un susurro musical. En una rama próxima el pequeño pájaro azul de pico rojo se había puesto a cantar. Fiel a sus encuentros en este momento no le podía abandonar. Pensó el cazador por un momento (el pelo rubio, los ojos azules, regresando a la infancia antes de morir) que sería un hermoso final. Arrojó su arma tanto como pudo lejos de sí y se puso a cantar. Se acordó del coro, de su madre junto al lecho y de una canción. De alguna parte, quizá de su misma herida, se levantó la voz del niño que nunca quiso hacer mal y con las manos manchadas de barro y nieve se dejó sentir la sangre, la carne y los huesos de todos sus demonios y les cantó deseando como nunca la paz. Cerró los ojos mientras elevaba la voz más sincera que había tenido jamás. Si el lobo le perdonaba el cuello esperaba poder cantar hasta que dejara de respirar. Por unos instantes en aquel bosque sólo se oyó la voz de un pájaro y el trino de un cazador. Pero nada más ocurrió.

Cuando abrió los ojos, azuzado por el dolor, el lobo sanguinario se había ido ya. En su lugar sólo quedaban las huellas de un malsueño real. Tan sólo la presencia del pájaro y la sangre le indicaba que todo había sucedido de verdad.

Aquella noche, entre dolores y delirios, el niño bueno supo diferenciar lo necesario de lo esencial. Cazar era necesario, pero ser poeta más. Desde entonces, pájaro en mano, dejó a los demás volar. Rescatado de la muerte se dedicó a cantar (pelo rubio o moreno, eso ya daba igual), fue trovador en ese pueblo y en muchos más. Su fama se extendió por varios confines y nunca más él ni sus padres pasaron necesidad.

Puede creer el lector que esto es un cuento para niños. Nada más lejos, sin embargo, de la realidad. Nunca comieron perdices ni todo fue felicidad. Al poeta mucho le quedaba por cazar. Los demonios que le habitaban no se esfumaron sin más. Pero cada verso que atrapaba en la vigilia, de noche lo venía a encontrar. Y fue así como armado de rimas y pertrechado de arpegios, escoltado a veces por un pájaro azul, todas sus pesadillas llegaron un día a zozobrar.