Archive for 16 enero 2006

El espantapalabras

enero 16, 2006

Dedicado a Cola de Paja

Era una escoba que espantaba palabras que no le gustaban. Su cola de paja barría los insultos y las desgracias. Los empujaba debajo de las camas, los escondía en los felpudos y en las cornisas de las ventanas.
Cuando la escoba barría palabras no sabía distinguir las buenas de las malas. Eso dependía de quien la usaba, que a veces paraba para recoger del suelo una monedita de plata.
Pero las palabras espantadas siempre regresaban. Aunque con constancia las mantenía el espantapalabras a raya. De hecho, le bastaba con plantarse en medio del piso con la cola levantada y ninguna se acercaba. Pero claro, tampoco venían pájaros ni flores ni nada.
En realidad el espantabalabras espantaba a las letras porque le asustaban.
Hasta que descubrió que sólo movía las cosas de sitio, no las borraba.
Desde entonces empujaba mejor las palabras, las buenas a un lado y al otro las malas. Y a veces las mezclaba. Porque tanto orden le mataba. Aprendió a ponerlas en sitios donde resaltaran. En jarrones del japón, en el fueguito de la chimenea, en la mesa junto al pan y la sal, bajo la ducha helada.
Poco a poco las palabras dejaron de temerle y acudían en masa a pedirle por favor, que las pusiera en un sitio lleno de gracia. Y desde ese momento, el atraepalabras se plantaba en medio del piso y venían a él pájaros y flores y una bruja muy dulce que voló con él en la madrugada.

Libro de magia

enero 16, 2006

Dedicado a Sombra

Capítulo 1: el obstáculo
Había un obstáculo que no se quitaba de enmedio. Todo el tiempo se lanzaba delante de un pié o de una cabeza para que se dieran un golpe con él. El obstáculo tenía vocación de subsistencia. Y era obstinado el tío. Aparecía en las conversaciones profundas para interrumpirlas, se intercalaba entre dos buenas razones para hacerlas malas, disimuladamente separaba el hambre de las ganas de comer, y en general causaba mucho estropicio en la cadena alimenticia.
Eso sí, el obstáculo tenía una identidad profunda y definida que se manifestaba repetidamente. Quiero decir que siempre tenía la misma forma: un punto y una coma, uno encima del otro, como en una actitud de burla. ¿Te paras o continúas?, parecía preguntar todo el tiempo. Y claro de tanto dudar uno se daba de tropezones todo el tiempo y al final acababa en trastazo: ¡zas,….(recorrido del individuo en el aire) amén! (exclamaban las viejas cuando oían el golpetazo). Era un obstáculo muy pesado.

Capítulo 2: el limbo
Algunos viajeros que tropezaron con el obstáculo cayeron en un limbo donde no existían las direcciones, sólo los círculos. Y como el ambiente ya hacía tiempo que estaba creado no resultaba difícil, en el fondo, sentirse cómodo, aunque el local fuera oscuro y borroso. Allí los viajeros, en plena parada técnica confiaban en que sus medios de transporte fueran arreglándose. Que se reparara el motor, que se reparara la abolladura, que arreglaran el espejo retrovisor o limpiaran el tubo de escape. Pero en el fondo no tenían la menor confianza en el taller, que por otro lado nunca habían visto. ‘Llegará mi turno’, decían como mucho entre copa y copa de vino.

Capítulo 3: se levanta el telón¿Has visto El discreto encanto de la Burguesía, película de Buñuel? Cuando se levanta el telón el susto no se lo lleva el público, sino los actores, que de pronto ven que habían estado existiendo en márgenes muy estrechos. La taberna de locos queda al descubierto y por un momento se miran entre ellos: las manos alzando las copas, la mirada perdida, una rima compleja, otra sencilla. De pronto se caen todos los nombres y los apellidos, por un instante todos ellos son el mismo. Han estado repitiéndose como el famoso obstáculo, insistiendo para ser vistos. Y ahora están a la vista de todo el mundo. Por fin todo su atrezzo cobra sentido pues tiene testigos. Y ahora que el actor ha transmitido su mensaje ya puede dejar la obra, dejar su ropa y cambiar de escenario. Porque los buenos actores usan el punto para representar a su personaje y la coma para abandonarlo.

El insaciable

enero 16, 2006

El simple avistamiento de un plato de comida le recordaba que tenía hambre, mucha hambre. ‘A veces se me olvida’, pensaba, ‘si no fuera por mi trabajo en este restaurante me olvidaría de mi apetito’. Cuanta más comida veía, más hambre sentía, al revés que los clientes, que solían dejar de lado la mitad de sus copiosos platos.

“¿No le ha gustado el estofado?”, preguntaba a un señor con barba mientras su estómago palpitaba emocionado ante la perspectiva de terminarse el plato en la cocina. “Es que he comido mucho”, respondía el cliente mirando al camarero como si no le entendiera y separando mucho las manos para dar a entender la dimensión de la bandeja de carne que le habían puesto delante.

Sin embargo el camarero no se saciaba para seguir dando alimento a su hambre. “Al hambre hay que tenerla bien viva y contenta. Si acabo con ella, ¿quién me recordará que debo comer?”, era su filosofía. Por eso comía lo justo para estar siempre hambriento, nunca saciado. Una vez comió tanto que temió no volver a ver jamás al hambre que tan buenos deseos le había proporcionado. Sin hambre no hay deseos y sin deseos, ¿de qué sirve la vida?
Es un tiempo muerto de espera, un letargo, un dormitar como un bárbaro con una cerveza en la mano. Es preferible estar rabioso de hambre y sentir que la abundancia está al alcance de la mano.

‘Hambre insaciable, siempre quieres estar despierta’, le cantaba el camarero a su estómago cuando se iba a la cama. Incluso en sueños roncaba la hambruna. El camarero sabía que por la mañana su Hambre le despertaría, luego le llevaría a la ducha para acortar el tiempo del desayuno, luego le llevaría al trabajo para hartarse de servir platos a otros estómagos, y cuando estuviera bien muertita, se deleitaría con lo justo para convertirse en un rumor de fondo. ‘El Hambre ahora está dormida’, decía el camarero después de la comida. ‘Pero tiene el sueño ligero’.

El camarero no lo sabe pero su Hambre tiene un sueño ligero porque se le escapa: y es que sueña con llegar algún día a la meta.

La cruz

enero 16, 2006

Bien hundida en la tierra la cruz sostenía un alma moribunda. ‘La sostengo’, decía, ‘porque el alma moribunda quiere volver al suelo, donde siempre ha encontrado el alimento; y yo la ofrezco al cielo, donde podrá beber hasta saciarse del cáliz divino. ¡Tengo muy claro mi propósito!’
Un romano que por ahí pasaba le preguntó a la cruz, no sin cierta sorna: “Sí, claro, te entiendo. ¿Pero por qué necesitas las cuerdas?”
“Las cuerdas son para el cuerpo, que es rebelde, yo ya me entiendo con el alma”, contestaba la cruz y se ponía toda altiva y apretaba la carne contra la madera.
El mismo romano pasó un día más tarde y se sentó junto a la cruz para jugar a los dados. “Cruz, dime”, dijo el romano, “¿cómo sabes que este alma quiere beber del cáliz divino y no la estás obligando?”
“A mí no me vengas con trucos”, le dijo la cruz al romano, “Las almas no van ni vienen si no es por propia voluntad. Ellas saben cómo hacerlo. Es el cuerpo el que se resiste a creerlo”.
“Y no te parece que si el alma fuera tan poderosa podría ocuparse ella misma de su cuerpo y no entregártelo a ti para que lo tortures?”
“Hay muchas almas a las que les da pereza hacerse daño y prefieren que otros les mortifiquen. ¡Ya te dije que tengo una misión muy importante!”
“Pues a mí me parece”, dijo el romano bajando la visera del casco y sacando dos seises con los dados, “Que si le hubieras preguntado al pobre tipo que tienes colgado te habría dicho que lo que quiere su espíritu es bajar aquí y jugar conmigo a los dados”.
“Eso nunca lo sabremos”, dijo la cruz satisfecha, “porque mi cliente acaba de expirar y alzarse hasta lo divino. Y ahora, si no te importa, retira el cadáver que tengo que acompañar a otro”.
El romano se levantó, recogió su espada y se marchó colina abajo murmurando: “¿Sabes qué te digo? Que cada cruz aguante a su muerto”.

La válvula

enero 16, 2006

A la válvula le daba igual para qué lado la empujaran, pero le gustaba estar abierta. Adoraba los momentos en que no obstruía nada. De hecho prefería ser una válvula rota a una nueva. Ojalá en una de estas una corriente furiosa la partiera! Como a toda válvula lo que más le disgustaba de su existencia era la ambigüedad.
¿Ahora abierta? ¿Ahora cerrada? ¿Qué clase de práctica seria es esa?, parecía decir cuando vibraba. ¿Qué caprichoso destino me maneja?
Un día, viendo pasar un clavo en medio de un chorro de agua, la válvula lo tomó de la cabeza y lo convirtió en una llave maestra. Cuando quería relajarse colocaba el clavo de manera que la vía quedaba abierta o experimentaba estar a ambos lados del vacío y la plenitud si lo quitaba. Este libre albedrío le trajo, sin embargo, serios problemas.
“Esta válvula no funciona, habrá que cambiarla”, oyó que decían los mecánicos.
“No es que no funcione”, decía otro, “Es que va cuando le da la gana”.
¡Eso no podía ser! ¡Una válvula que funcionara según le rotara! ¿qué clase de mecanismo aguanta eso? Y además, las motivaciones de la válvula para abrirse o cerrarse, ¿coincidían con las de todo el sistema? Si no coincidían, más le valía a la válvula no tener libertad para no cagarla.
“Una simple válvula no está preparada para saber cómo debe comportarse libremente”, explicaba el ingeniero jefe a sus mecánicos para que entendieran por qué había que cambiarla. “Carece de visión de conjunto”.
“Pero la válvula no está deteriorada”, replicó un mecánico que era muy cuidadoso. “¿Qué tal si la fijamos nosotros mismos en la posición que nos convenga?”.
“Claro, pero ¿en qué posición exactamente?”, preguntó el otro mecánico.
Después de pasear un rato arriba y abajo por la habitación, el ingeniero jefe se dio cuenta de que la pregunta no era tonta. Si estaba abierta podía entrar cualquier cosa en el sistema. Si cerrada, la presión haría estallar la caldera.
‘Yo no quiero ser responsable de un estropicio. Supongo que ella sabrá lo que hace’, concluyó el ingeniero abandonando la sala.
Los demás mecánicos se miraron entre sí, luego miraron a la válvula y se marcharon.
Cuando estuvo sola la válvula pensó que era un buen momento para un baño y abrió la compuerta. Un agradable chorro de agua fría le recorrió el espinazo.

Un claro en el bosque

enero 16, 2006

Una ardilla volaba de rama en rama en su bosque. Era trapecista de las ramas y no había salto con el que no pudiera. Viajaba libremente por los confines de su bosque, siempre y cuando los árboles estuvieran suficientemente cerca los unos de los otros, porque ella nunca bajaba a la tierra. Decía que no era necesario pero podía ser peligroso, y que si quería comer el fruto todavía pendía de los árboles.

Dada su práctica, la ardilla no conocía todo el bosque ni podía salir de él. Había claros a los que no llegaba, y aunque conocía a la perfección cada recoveco de cada árbol y podía andar a tientas por entre las ramas más densas (donde ni la luz del sol llegaba), cuando veía el claro no podía más que detenerse y decirse: ¿qué misterio encerrará un lugar tan vacío? Durante unos minutos agitaba su hocico, mirando hacia unas rocas en el centro de la explanada a donde ella nunca podría llegar de un salto. “Quizá pueda llegar”, se dijo haciéndose la estupenda, “pero seguro que no puedo volver”. Y como era imposible se adentraba de nuevo en el bosque.

Con todo, el espacio vacío la llamaba con insistencia. La molestaba que hubieran lugares tan desaprovechados. ‘Si pudiera, plantaría un buen puñado de árboles para ampliar mi territorio’, y lanzaba semillas tan fuerte como podía con la esperanza de que un día germinaran y pudiera acercarse otro poquito a las rocas. Soñaba con un gigantesco bosque que la permitiera ir a cualquier país de salto en salto, un bosque que atravesara los mares y coronara los picos. Le fastidiaba que existieran lugares inexpugnables si no era marchando a pata. Y esas rocas, insolentes, calmas, mirándola desde su aislada distancia.
Pero las semillas no germinaban. ‘Debería enterrarlas o nunca adelantaré nada’, se dijo.

Una noche se armó de valor y bajó a la tierra. En el borde del claro la tierra estaba húmeda y había una densa alfombra de hojas caídas. Nunca había pisado algo tan agradable. Se entretuvo un rato y luego se puso manos a la obra. Cavó bien hondo y enterró profundo para que cuando asomaran la cabeza las raíces ya estuvieran bien sujetas a la tierra. Fue moviéndose con cautela, sembrando allí por donde le gustaría pasar en el futuro, examinando los mejores puntos de vista. ‘Será un bosque a mi gusto, eso seguro’, se decía para darse ánimos. Entonces se dio cuenta de que estaba junto a las rocas. Un impulso la llevó a trepar hasta arriba y miró a su alrededor. La noche estaba más en calma que nunca, no oía nada excepto los grillos, y por un momento no había tampoco nada de qué protegerse, ninguna sombra al acecho. Ahora que lo pensaba, esa explanada era el lugar más seguro de cuantos podía encontrar, porque tenía a la vista todo el territorio y suficiente espacio para correr si le hacía falta. Allí no necesitaba estar en tensión y se relajaba. ‘Roca, eres peligrosa, si me relajo no veré venir la amenaza y estaré muerta’.

La roca, serena y feliz de que por fin le dirigieran la palabra, le contestó: ‘Quizá sea un peligro, pero está en tus manos (dijo refiriéndose a las semillas) meterme dentro de tu bosque o que me dejes fuera !”

Un claro en el bosque (versión II)

enero 16, 2006

Era una ardilla que solo se andaba por las ramas. Todos sus recados los hacía saltando de árbol en árbol. No le gustaba bajar a tierra. “Es peligroso”, decía, “y además desde aquí se ve todo mucho más claro”. Como siempre encontraba fruto entre las ramas de los árboles y el bosque era denso, nunca había tenido que tocar el suelo.

Un día que se alejó mucho de su territorio llegó al borde de un claro y le molestó mucho no poder saltar al otro lado. “Si no voy a donde quiero ¿no estaré en una jaula?”
Enfadada con ese límite empezó a arrojar semillas al descampado para sembrar árboles que le permitieran volar al otro lado.

Pero el plan no prosperaba. “No bastará con tirarlas, habrá que bajar a enterrar las semillas”. Por primera vez se dejó caer al suelo. La primera semilla la plantó a un metro del árbol más cercano al claro. Antes de volver sintió el musgo entre sus dedos. La segunda la plantó un poco más lejos, y tuvo que pasar por una alfombra de helechos. Con la tercera se llegó hasta la yerba; la cuarta la hundió en el barro; la quinta en tierra dura y a la sexta estuvo frente a la gran piedra. Se subió a ella y miró en rededor.
Veía un círculo de árboles rodeándola, templos vegetales que la proveían de sustento y de protección, todos parados a unos metros de ella, como si la contemplaran. Pensó que nunca había tenido una vista tan bonita de su propia casa, ni su casa había tenido la ocasión de verla tan bien a ella.
Entonces imaginó que una hilera de abetos obstruía esta perspectiva y corrió a desenterrar las semillas para que no se adentraran en su nuevo templo.

La comba

enero 16, 2006

Dos niñas jugaban a la comba. Con ellas sosteniéndola en los extremos, la comba trazaba hermosas parábolas. Una mano la tendía fuerte y la otra la destendía; una la elevaba, la otra la hacía volar a ras de suelo. Pero no permitían que los niños saltaran a la comba. No querían ver torcer el gesto a la cuerda y que, de pronto, transformara su sonrisa en silencio.

“Lo que hacemos es magia”, decía una de las niñas a uno que por ahí pasaba. “Y la magia tiene un precio”.

“Entonces, decía el niño, “¿Qué precio debo pagar para saltar con vosotras a la comba?”

“Nuestra cuerda es sutil”, comenzaban, “Tiene una vibración especial y es muy fácil que la interrumpas. Además es muy sensible a nuestra naturaleza. Se mueve según quién de nosotras la mueva, pero nunca sabes a quién de las dos obedece, si no es que la obedecemos nosotras a ella.

A veces se afloja y a veces se tensa. A veces la cuerda quiere que subas al cielo y otras, en cambio, quiere ver tus pies sobre la tierra; en ocasiones lo mejor es que sepas aguantar la respiración o bien lo adecuado es gritar como un poseso; puede que corras, puede que vueles, puede que hagas pasos tan lentos que sientas que no estás saltando; ¿Podrás tú hacer todo eso?”

El niño se quedó pensando un rato, y al fin dijo: “Pues no puede ser tan mágica cuando no puede hacer saltar a cualquiera”.

Las niñas se miraron, miraron la cuerda, la tiraron y se fueron de paseo con el niño cagándose de la risa.

El hombre que ya no podía escribir

enero 16, 2006

Un escritor que no escribe no es nada. Y a los escritores no les gusta la nada, porque en ella no hay palabras. Bueno, solo hay una pero ni siquiera se pronuncia. Este escritor, que pensaba que la página en blanco no existía, se encontró de pronto con un paquete de cien folios sin abrir.
“Sin palabras, ¿qué va a ser de mí?”, se decía compungido. Ya ni siquiera podría cambiar palabras por alimentos.
“Ya no me salen las rimas, ya no siento la magia de las palabras, ya no me siguen las musas, ya no tengo limpia la mirada”, cantaba noche y día el escritor destronado.
Las pocas palabras que le quedaban fueron marchándose una tras otra, agobiadas por el estado de ánimo del creador.
El escritor cayó en una profunda depresión y eso aceleró el proceso. Poco a poco el abecedario se hizo analfabeto.
Un día que el escritor deprimido estaba asomado a la ventana, un pensamiento oscuro emergió. “Ya sólo me queda una palabra: Escritor. Si la dejo caer será como suicidarme, de manera que da igual si me tiro yo o la tiro a ella”.
Y riendo a carcajadas la arrojó por la ventana.

El monolito

enero 16, 2006

Dedicado a Guillermo

Un flamante monolito estaba erguido en la sala principal de un museo de arte.

“La gente me ve como una pieza de piedra”, decía el monolito. “Pero dentro de mí han habido muchas cosas. Yo he sido adorado, venerado, devocionado. Ante mí se han cometido sacrificios y se han castigado pecados, he sido testigo de ceremonias secretas sólo para iniciados. He sido parte de la tierra y del cielo, cuando estaba a solas. También me han fotografiado, medido, calculado; conmigo han especulado y me he convertido en oro. He sido transportado (por una vez permanecí tumbado, aunque un poco incómodo), clasificado y almacenado. En el almacén no era nada. De pronto me he visto en esta sala de un museo, próximo a otros monolitos, aunque ninguno es tan grande como yo. Desde entonces nunca soy el mismo. Un día un joven me hace pasar por su padre, otro una señora por su anhelado amante, ayer el vigilante me miraba con miedo. Me pregunto si realmente soy sólido como el granito, o estoy hecho de una materia que penetran todas las cosas”.