Archive for 22 diciembre 2005

Cuentos gatos

diciembre 22, 2005

Tengo un amigo que escribe cuentos que son como gatos que están en calma y luego se arquean. Escribe cuentos que salen repentinamente disparados. Y llegan.
Podrían parecer cuentos de serpiente, porque se estiran sinuosos y rodean el árbol antes de morder su presa. Pero no es el caso. Un cuento de serpiente es silencioso, se enrollaría y luego dormiría un buen rato. En cambio, los cuentos gato hacen como que no nos han visto, pero nos han calado. Y hacen lo que tengan que hacer los gatos, con lo que saben de los cuentos que les han contado.

La bailarina

diciembre 18, 2005

Sólo había tenido una sensación parecida en sus años de bailarina.
Podía ocurrir después de ejecutar un salto perfecto o de un minué o de algún gesto minúsculo con la barbilla.
Se elevaba sobre la punta de su zapatilla y giraba y giraba y volvía a girar con los brazos en arco y las yemas de los dedos acariciando el aire. Dentro del círculo no existía nada más. A los pocos segundos no oía los ruidos, al minuto y medio perdía de vista la luz, la sala, el público; y al cabo de un rato en su mente no había más que un silencio sin forma
y sin propósito.
Los pensamientos no la seguían a esa dimensión. Quedaban esparcidos como hojas arrancadas de una libreta sobre el escenario.
Los sentimientos tardaban más, pero uno a uno todos salían despedidos de la cintura de la bailarina.
Las emociones eran fieras y reclamaban su lugar, pero al final, incluso ellas eran mansos ríos que volvían a la mar.
Lo último que se perdía en los rizos de la danza era la carne. Como si de un reloj de arena se tratara, procedía a desemoronarse y a filtrarse por la ridícula ranura que quedaba entre el suelo y el pie.
Entonces quedaba desnuda. Ya no era una voz, ya no era un gesto, ya no era un modelo que se pudiera dibujar.
No era ni siquiera bailarina cuando se dejaba llevar.
Si acaso, un silencio prolongado, un hilo de aliento, el humo que se desvanece ya.
Pero aquello tenía su lugar. No era científico creer que aquel estado era natural. Más bien se debía a unas circunstancias
que sería tedioso relatar. En cualquier caso era un fenómeno con una explicación racional.
Y lo más importante: no era un fenómeno transportable. No se lo podía llevar cuando dejaba de girar.
Volvía sentir el cuerpo, primero desnudo, y luego apretado contra la tela ceñida y luego pesado y, entonces, una emoción.
A veces era el vértigo, a veces la risa, a veces una tristeza infinita. Y los sentimientos se desbordaban de nuevo y regaban al público que, de pronto, ella volvía a notar. Y un solo pensamiento se instalaba en su cabeza y ya no se lo podía quitar.
Practicó la odontología, pues era mucho más tangible, o mascable que diría en el ámbito profesional. Pero los dientes hacían un ruido muy desagradable cuando los tenía que juntar y había algo poco elegante en hacerlos rechinar.
Ni tan etéreo ni tan plástico, encontró una nueva profesión a la que poderse dedicar. Estudió psicología (entre otras cosas, para dar caza al pensamiento que no la dejaba volar) y devino una cazadora excepcional.
Buffy la cazapensamientos, la llamaban, y fue un hito subterráneo que muchos recordarán. Agazapada tras una sombra, o tendida sobre una urna de cristal, esperaba pacientemente ver pasar al pensamiento y le daba el final. Tuvo, claro, muchos pacientes que atrapados en viejas estructuras necesitaban quien los fuera a rescatar.
“Por favor, saque de la torre a una idea que me tiene secuestradas las ganas de vivir”, le solían decir.
Ella se armaba, nunca mejor dicho, con sus armas de mujer. Y como una fiera Amazona se lanzaba a recorrer valles deprimidos y bosques enredados, cuevas de dolores ocultos y picos de llenos de egos que la querían derrotar.
Sólo que había veces que ojalá supiera volar. Si tenía que atravesar las ciénagas de una mente descopuesta sentía el hedor del barro reptando por sus muslos, era sensible a la obscenidad, vulnerable al ardor del odio y víctima de la angustia vital. Era mortal.
Además los pensamientos, lejos de disminuir los hacía multiplicar, porque matándolos los dividía entre lo que está bien y lo que está mal.

Henchida, de tantos pensamientos que no había podido matar, un día cansada se dejó impregnar.
Bajada la guardia, estallaron en revuelta las ideas y la mente se puso a trabajar:
especuló del derecho y del revés, se encogió y se estiró hasta formar bucles infinitos, se complicó y se volvió a ordenar.
La veda estaba abierta para el ego de su majestad. Los pensamientos pronto saturaron el cerebro y comenzaron a invadir el resto de su cuerpo. Se acomodaban en sus caderas y en el trasero, en los antebrazos y los dedos de los pies. Con los años el cuerpo le fue pesando cada vez más y se hizo gorda gorda como una catedral. Aquello la hizo lenta, pesada y triste y estuvo a punto de abandonar.
Pero antes que amedrentarse, optó por la solución final. Si no podía gobernar los pensamientos al menos los haría reventar. Tomó a uno cualquiera por la cola y lo comenzó a hinchar. Sopló y sopló y de pronto lo hizo explotar.
Pasó un instante de silencio. Y explotó todo lo demás.
Fue entonces cuando lo volvió a sentir. O mejor dicho, dejó de sentirlo todo y echó a volar.

Sombra de un gato

diciembre 15, 2005

Era un gato largo como lo era la noche. Donde se terminaba su cola su sombra se estiraba hasta doblar varias esquinas.
Caminaba lento, educado en el sigilo, porque tenía que arrastrar metros y metros de sombra delgada.
Las luces esquivas de la madrugada se la multiplicaba.
Le gustaban los lugares oscuros, dónde su sombra no se distinguía de otra y sus ojos eran faros para algún barco perdido.
Y se quedaba quieto, con la vaga esperanza de que su sombra se durmiera y pudiera despistarla.
Pero con frecuencia el que se dormía era él y soñaba.
Soñaba que su cuerpo recortado en la luz de una ventana era silueta y no sombra,
que era perfectamente negro sobre blanco y no sombrío,
que la cola le pesaba menos y que desde entonces, daría saltos de alegría.

Cuando un gato no quiere a su sombra,
la sombra tampoco quiere al gato.

Cuando despertó el minino ya no tenía sombra. Se había evaporado.
Cruzaba los tejados y las luces de las ventanas no lograba alterar su tamaño.
Más rápido, con menos sigilo, se sintió más libre y más ligero.
Ebrio de contento el gato pegó un salto para pasar de tejado a tejado,
cuando de pronto se vió cayendo por un mal cálculo.
Iba a caer derecho en cuanto viera a su sombra darle la alarma desde el suelo.
Pero esta vez no la encontró por ninguna parte

El trayecto de la lagartija

diciembre 13, 2005

Se diría que la lagartija es un animal que se mueve rápido. Nada más lejos de la verdad. Una lagartija no se mueve en absoluto. Puede decirse, en todo caso, que la lagartija se traslada a toda velocidad de quietud en quietud, de silencio en silencio, de impermanencia en impermanencia. Un animal con necesidad de desplazarse podría hacerlo con suma lentitud cuando no encuentre ningún motivo para la prisa. La lagartija, sin embargo, no tiene esa necesidad. Si por ella fuera permanecería inmóvil, sustentada por sus dedos prensiles a una larga pared de yeso expuesta a la luz del sol.
Es un animal observador. Quizá esa sea su máxima función. Tan sólo la obliga su sentido de la supervivencia (no ignora que habita un mundo depredador) y un azaroso impulso por cambiar de vez en cuando su punto de vista sobre la realidad que contempla. A diferencia de otras especies para quienes la inmovilidad es una defensa, para la lagartija es un estado natural. Como especie contemplativa que es, deja que el mundo transite libremente ante su mirada, que no busca ni desea.

Se ha hablado y escrito mucho acerca de las pequeñas y frecuentes realizaciones de la lagartija. Son momentos luminosos en su existencia en los que de pronto, fruto de su contemplación, comprende algo en su más íntima esencia. Esto suele suscitar un nuevo desplazamiento o, en algunos casos, un rotundo cambio de piel. De esto podría deducirse que este ser evoluciona y sigue, por tanto, alguna suerte de proceso o camino espiritual. De nuevo debemos matizar mucho la manera en que esto sucede.

Una lagartija, por su comportamiento, carece de trayectoria. Ni siquiera reúne inteligencia para establecer la diferencia temporal y espacial entre un punto A y un punto B. No la necesita. Tampoco necesita analizar lo que ve ni juzgarlo. Le basta con mirar. Al no hacer distinción entre un lugar y otro ni considerarse nunca más cerca o más lejos de una meta, puede afirmarse que la lagartija permanece ‘fija’ en un infinito donde las coordenadas son indiferentes. De la misma manera que no importa el lugar que ocupe un punto dentro de una línea, que no deja de ser por ello fundamental para que la línea exista.

Pero si hay algo realmente interesante en el comportamiento de un ser tan ascético es que le gusta mostrarse a nuestros ojos. Existe algo mágico y poético en su exhibición de fragilidad. Sin miedo, su débil constitución se muestra y se deja examinar, a veces incluso atrapar. Y en estas ocasiones, escasas, en las que una caza de lagartijas ha dado su fruto, se produce un fenómeno que no es ni extraño ni poco extraordinario: somos testigos de su capacidad de desapego cuando sacrifica su cola para desaparecer sin dejar huella entre la maleza.

Lo cierto es que todas sus desapariciones las vive el observador espontáneo como una pérdida. No sin pesar se queda frustrado con una cola entre sus dedos cuando lo único que quería era sostenerla un rato. Entonces, al sentimiento de pérdida se le une otro de culpa.

Sin embargo, la lagartija, que es una seductora nata, nunca deja rastro cuando se marcha. Sin huellas no puede trazarse una línea ni un camino, no hay origen ni destino, no existe otro tiempo que el presente. Si la lagartija encontrara sus propias huellas las seguiría y viviría en círculos por el resto de su vida. En cuanto al Hombre al que sedujo, por un lado borra el sentimiento de pérdida al entregarle una parte de sí misma y por el otro borra el sentimiento de culpa al darle a entender que volverá a crecerle otra cola.

Vuelve El Inventacuentos

diciembre 11, 2005

En enero vuelve El Inventacuentos. Nueva temporada. Seguirá siendo un espectáculo experimental gratuito, dos veces al mes en Barcelona. Contará con colaboraciones de toda clase. Ven a ver!

Próxima renovación de Pidemeuncuento.com

diciembre 11, 2005

Muy pronto la página quedará totalmente remodelada. Con la ayuda de un amigo el próximo enero la página se parecerá a un blog. Cambiará el diseño y, lo más importante, se podrá opinar. Además me ayudará a clasificar los cuentos, crear una base de datos… bueno. Y muchas cosas más. Gracias de todo corazón, Choan.

El barril

diciembre 7, 2005

Empezó siendo un tubo de ensayo, ligero de cristal. Contuvo algún líquido extraño que con el aire empezó a reaccionar. Inquieto ante los posibles desperfectos el tubo se hizo de metal. Poco a poco el líquido se volvía a transformar, y de tubo paso a cubo y de cubo a barril de madera sin tratar.
El barril se propuso todo aquel líquido fermentar. Lo guardaba en unas condiciones propias de una mamá. Sólo había una cosa ante lo que el líquido reaccionaba mal: los clavos de hierro que en él se venían a mojar. Así que uno a uno los fue a quitar. Cambió los puntos por las comas y a veces por un espacio sin más.
Libres de clavos los tablones aguantaron un poco más, pero al final cedieron y todo el líquido se empezó a desparramar.
Tendido en el suelo, el barril despojado volvió a ser tubo de cristal, y agonizando pensaba si lo que había ocurrido estaba bien o estaba mal. Temió que de pronto todo fuera a estallar.
Pero el líquido era agua. Sin más.
Los clavos, descolocados, se comenzaron a oxidar. Habían estado vigilando algo que no se tenía que guardar. Pronto los demás clavos los comenzaron a imitar. Saltaron los clavos de los cuadros y de las vigas de metal. Saltaron los de las sillas y las mesas, los de los mapas y las herramientas. Saltaron también los que servían para grabar en las piedras la ley natural. Todos llovieron sobre el tubito de cristal, pero protegido por el agua que le rodeaba no lo pudieron tocar.
Sin clavos la madera volvió a echar raíces y los paisajes de los cuadros se fueron a mezclar. En el suelo el agua era como el alta mar.
Y como un barquito flotaba en ella un pequeño tubo de cristal.