Archive for 13 septiembre 2005

El diccionario mágico

septiembre 13, 2005

Para muchos niños de su clase la manía de Claudia era típica de una empollona. A Claudia le gustaba leer el diccionario. Pero no era un diccionario cualquiera: era el Diccionario Ilustrísimo Universal de la Real Academia de todos los Diccionarios. Vaya, que era la mejor colección de palabras del mundo.

Aunque el libro era muy grande y pesado, Claudia lo llevaba consigo siempre que podía. Le gustaba aprovechar su tiempo libre para sumergirse en aquel océano de letras. En el patio, en la cafetería, por la noche antes de acostarse, justo después del baño, antes de morder la tostada, cuando iba de excursión, entre salto y salto a la comba.

El caso era que, a pesar de lo que sus compañeros y compañeras pensaban, Claudia no se pasaba horas leyendo ese pesado libro. Un diccionario no se puede leer como un libro. Aunque tiene capítulos (cada letra es uno), un principio (la A) y un final (la X), aunque tiene personajes (todos ya muertos), acontecimientos (hechos históricos) y toda clase de descripciones, no puede considerarse igual que una novela.

Lo que Claudia hacía, más bien, es abrirlo por cualquier página y leer una palabra. Era una pescadora de palabras, si es que se puede inventar esta profesión.

Cuando Claudia pescaba no tenía prisa. Esperaba pacientemente a que picaran. Ella paseaba el anzuelo de su mirada por las páginas, leyendo palabras, a veces sólo grupos de letras, a veces trozos de definiciones, hasta que pasaba. Y lo que pasaba es que una palabra le llamaba la atención más que las demás y la pescaba (todavía no estaba segura si ella era la pescadora o el pescado). Con la palabra ya en sus manos, Claudia cerraba el diccionario y sus ojos se iluminaban para alumbrar mejor cada una de las letras que tenía. Esa palabra era ahora un baúl lleno de tesoros, la punta de un iceberg, la gota que colma el vaso, una inspiración.

En vez de comerlas, Claudia danzaba con las palabras que pescaba. No las memorizaba, como hacían otros niños cuando querían aprender algo, sino que las soltaba al aire y miraba dónde se posaban. Cuando una palabra era muy rara le costaba mucho posarse sobre algo. Por ejemplo, la palabra ‘introvertido’ tardó mucho en caer sobre los cabellos negros de su compañero Carlitos. A otras no les costaba nada posarse y podían hacerlo muchas veces a lo largo del día: “conflicto”, “risa”, “estúpido”. Algunas palabras volaban alrededor de Claudia durante días o meses, jugando con su deseo de entenderlas, hasta que por fin la sorprendían una mañana cayendo del cielo los ansiados “copos de nieve”.

Además, las palabras no dejaban de danzar una vez claudia las había aprendido. Por el contrario, crecían y se transformaban, y la llevaban a otras palabras que la empujaban a nuevas aventuras y descubrimientos.

Naturalmente, esta costumbre hizo que Claudia creciera muy deprisa y se hiciera muy inteligente, pero al contrario de lo que sus profesores y padres pensaban, no se convirtió en una niña aburrida y solitaria. Al contrario, sus amigos la seguían a todas partes porque con ella siempre pasaban cosas. De pronto lo desconocido se hacía conocido y todos los exploradores encontraban a su Livingstone.

Lo que nadie sabía es que el diccionario contenía un buen número de palabras mágicas e iniciáticas. Palabras que una vez puestas en danza se posaban sobre cosas nunca vistas ni experimentadas, sobre misterios nunca revelados que se desvelaban por primera vez. “Sexo”, “Muerte”, “Odio”, “Locura”, “Crisis”. Cuando palabras como estas salían del diccionario en manos de Claudia, no se posaban hasta que ella no estuviera preparada para entenderlas del todo. Entonces sí se posaban y solía representar un montón de cambios en su vida.

Por suerte, Claudia la pescadora de palabras posee una palabra muy bien posada desde hace mucho tiempo. Fue uno de sus primeros trofeos cuando abrió el diccionario por la letra A. “Amor” es la palabra, y suele revolotear alrededor de ella para posarse caprichosamente en todas las cosas que le gustan, como por ejemplo este cuento.

Historia de una ráfaga de aire

septiembre 13, 2005

Como un pájaro descolgándose de la manada, la ráfaga de aire aprovechó la inercia del tornado para arrojarse lejos donde no pudiera acosarla misión alguna. O al menos ninguna en particular.

Al principio, la ráfaga recorrió cientos de kilómetros sin esfuerzo alguno, dejándose llevar por corrientes más poderosas que la conducían de norte a este y de este a oeste, turnándose unas con otras. Su cuerpo de ráfaga era tan sutil y ligero que podía acomodarse tranquilamente en un viento de poniente sin hacer el menor ruido ni llamar la atención para nada. Luego se pasaba a una tramontana y conocía las costas de una península. Viajaba así la corriente, cómoda y gratis, libre de programas, funciones y razones. Libre como quien se ha librado de ir a la guerra.
Su libertad la aprovechaba la ráfaga para hacerle el amor al mundo. Ora se enrollaba a un tronco de cedro, ora se dejaba degustar por las copas de los pinos. Cuando quería tomaba altura y se arrojaba contra las colinas de césped, o se paseba por las cumbres y se acurrucaba bajo un inmenso glaciar.

Una noche la ráfaga vagaba sin rumbo entre las ramas de un bosque. Llegó a un claro y decidió rodearlo para adquirir una experiencia acerca de su tamaño. Era un claro enorme. La rágafa percibió un calor que provenía del claro. Como narrador omnisciente revelaré que se trataba de una hoguera. Las ráfagas de viento no entienden la realidad como la nosotros, de manera que su experiencia de una hoguera pasaba por entrar en contacto con ella. La ráfaga se lanzó hacia la hoguera y pasó silbando entre los troncos de madera que la sostenían. Ambos, hoguera y ráfaga, notaron al mismo tiempo el efecto de su encuentro. Estaban hechos el uno para el otro. Volvió la ráfaga a lanzarse contra el fuego, pero esta vez se detuvo a danzar con él, cuyas brasas se abrían gozosas y ardientes para iluminar su llegada. Fuego y aire danzaron aquella noche y la ráfaga conoció el sexo.

Tiempo más tarde la misma ráfaga volvió a percibir calor cerca de ella y corrió a lanzarse de cabeza para avivarlo. Sin embargo, por extraño que parezca, esta vez el calor se extinguió en vez de excitarse. Como narrador omnisciente revelaré que esta vez el fuego provenía de una vela y que aquella noche la ráfaga conoció la muerte.

La cara franca de la realidad

septiembre 1, 2005

Los últimos acontecimientos han sido intensos. Para ser estrictos, acontecimientos no ha habido ninguno. Me refiero al devenir de mi espiral de crecimiento (o decrecimiento o decrepitud o muerte racional). No sé si he comentado que hace unos meses dejé un buen trabajo. Estaba bien pagado y había sido muy entretenido (aunque en los últimos meses aquello parecía un cementerio). Lo dejé por muchos motivos, casi todos personales. Entre ellos, quería encontrar una fórmula de vida, partiendo de cero, que me permitiera hacer lo que me gusta: escribir, aprender, conocer, compartir. Pues bien, en estos últimos meses he lanzado y mantenido esta página y me he entregado a algunos experimentos personales. Pero ya ha llegado Septiembre y estoy sin un puto duro. Me he puesto a buscar curro.

Quiero decir con esto que soy consciente de mi naturaleza impulsiva y un tanto irracional y me hago cargo de ella. Yo ya sabía que esto iba a pasar. Parece incluso que he ido de cabeza intencionadamente. A lo mejor es que quería llegar al límite donde residen mis necesidades básicas y hacerme consciente y humilde frente a ellas. Ya he comentado que soy escritor. Vengo de una cueva profunda de introversión. Recién salgo a ver el mundo.

Me he dado cuenta de que si algo sé, es sobre todo acerca de mí, acerca de las emociones, de las conductas y de lo que tiene que ver con el inconsciente. Naturalmente que me queda mucho por aprender, pero digamos que en los últimos 25 años me he hurgado a fondo (en el último año lo he hecho en forma de crecimiento y sanación emocional). Eso me convierte, técnicamente, en un especialista en emociones, especialista de campo podríamos decir. Esto me ayuda mucho a empatizar, a escribir y a comunicar.

En cambio, tengo TODO por aprenderlo del mundo material, del mundo en general. No es que naciera ayer, tengo mis recursos, pero solo ahora estoy aprendiendo a mirar hacia fuera. Debo decir que, a diferencia de los niños, yo ya tengo una experiencia de vida, pero me gusta pensar que no he perdido del todo la inocencia o que la estoy recuperando.

Después de muchos tiros en falso (que siempre he dado para tratar de ser ALGUIEN) he llegado a la conclusión (siempre provisional) de que en vez de tratar de encarnar héroes que se valen por sí mismos sea humilde y mientras no encuentre y disponga de los medios vuelva al redil del trabajo por necesidad. Hasta ahora, he saltado periódicamente de los empleos porque algo me llamaba a salir afuera. Hoy he vivido el mismo proceso pero conscientemente para averiguar con todas las consecuencias a dónde quiero ir a parar. Como es mi vida y mi experimento no he dañado a nadie en este tiempo y es mi entera responsabilidad. Ahora me planteo las cosas de la siguiente manera: trabajo para vivir pero sé lo que me cuesta mantener un espacio para mí (para escribir, para el crecimiento, para la exploración) y no actúo a la ligera con él.

También me parece importante anotar que a estas alturas no me permito quejarme de una situación o de un trabajo que no me gusta. Simplemente, porque he experimentado la libertad de dejarlo o de convivir con lo que me voy encontrando. Trabaje en lo que trabaje ahora para ganar dinero, para mí es una suerte poder hacerlo porque me permite conquistar tiempo para hacer lo que siento. Creo que en el fondo todos deberían plantearse para qué están conquistando tiempo con tanto esfuerzo. Yo no he sabido aprovechar mi tiempo libre hasta ahora. No he sabido qué quería hacer a parte de sobrevivir. Como mínimo ahora tengo deseos de aprender algo distinto y de escribir sistemáticamente y por placer.

A continuación, si algo deseo es encontrar un propósito claro y sincero al que entregarme. No quiero inventármelo, me gustaría verlo salir de mí.

Mientras tanto, seguiré escribiendo cuentos, que es una magnífica forma de viajar a otros mundos.